28/11/2010Charles et moi
Por Mabel Bellucci
Lo conocí a Carlos Jáuregui en 1993. No puedo precisar el mes. Fue un sábado lluvioso por la tarde de esos inviernos crueles con los que a veces nos sorprende Buenos Aires. Estábamos reunidos en un aula con vidrios rotos de un segundo piso de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en la calle Púan.
Poco tiempo antes, un grupo de intelectuales, profesores de la universidad, activistas de derechos humanos, estudiantes y referentes del feminismo habíamos constituido el partido del Frente por la Democracia Avanzada (FDA). Parte de su proyecto consistía en renovar a esa izquierda ortodoxa fascinada por los overoles, las fábricas con chimeneas humeantes, por la eficiencia de la industrialización y la producción en cadena, cuando nuestros Tiempos Modernos durante la estadía de Menem en la Casa Rosada fue todo lo contrario. Aggiornar la agenda para nosotros significaba por ejemplo entrar en diálogo con Carlos y con su agrupación Gays por los Derechos Civiles (Gays DC). Desde el supuesto universalista de la igualdad, queríamos ensanchar las fronteras del concepto de ciudadanía. Lo importante en aquel entonces y también por qué no en la actualidad, estaba en resignificar nociones clásicas para plantear nuevos problemas, lo cual convoca a todo espacio que se aprecie de rupturista al desafío. El grito del filósofo de los metadiscursos Jean-François Lyotard “hagamos la guerra a la totalidad” había golpeado en exceso.
Volvamos a la reunión de ese sábado lluvioso en 1993. Estaba Carlos Jáuregui con otra persona más. Silencioso y cauto escuchó la voz chillona de Jorge Makarz, que proclamaba las bondades de las llamadas political coalitions que él había corroborado durante sus años de exilio en Bélgica. Sin abrir la boca ambos se fueron sigilosamente antes de terminar el encuentro. Así pasó el tiempo y el FDA alquiló una oficina en el pasaje Carlos Ambrosio Colombo, en pleno barrio de Balvanera. Son treinta metros de veinte departamentos art nouveau, ese estilo decorativo privativo de la Belle époque europea. Se podría afirmar que mientras el pintor noruego Edvard Munch realizaba una exposición en la galería parisina “La maison del Art Nouveau”, en Buenos Aires, se construía este pasaje en 1890. El mismo dispone de dos desembocaduras, una por la avenida Rivadavia 2431 y la otra por Azcuénaga 34. En fin, allí pasamos gran parte de nuestros días de ese año y del siguiente también, treinta y nueve activistas encerrados como si ese departamento fuese nuestro bunker, nos abroquelaba un afronto: diseñar una campaña política en torno a las reivindicaciones gay- lésbicas junto con la despenalización del aborto.
Entonces Carlos empezó a venir una y otra vez pero nunca solo. La oferta era más que tentadora. A Gays DC se les abrían los portones del pasaje Colombo como a la clase obrera el paraíso. Yo siempre estaba por las tardes, intentando decorar sus paredes roídas por el descuido. Había colgado un poster de uno de los exuberantes modelos negros del fotógrafo Robert Mapplethorpe, de esa manera les dábamos una bienvenida homoerótica a nuestros colindantes. De Carlos recuerdo sus anteojos grandes de marcos marrones, sus mechones rubios, el bozarrón de locutor de radio mezclado con un seseo infantil. Era atento, observador y, por momentos, yo creía escuchar que hacía preguntas sobre mí a los demás. Le llamaba la atención que mi marca en el orillo fuese Bellu, una abreviatura de mi apellido paterno. En ese momento no tengo presente que hayamos entablado un diálogo. Con el pasar del tiempo y con el ritm vertiginoso y el ajetreo de la campaña política en plena parada gay, entre la avenida Santa Fé y la avenida Callao, con una remera puesta que decía “Todos somos homosexuales”,
pudimos hacernos compinches pero no amigos. Una prestigiosa consultora en opinión
pública y comunicación, no sé si ella quiere ser nombrada, se apiadó de los treinta y
nueve activistas que éramos más los ocho de Gays DC y nos ayudó a montar una
estrategia para nuestra cruzada sin cadenas ni floretes. Una noche también lluviosa y de invierno nos invitó a su estudio en pleno centro de la ciudad. Llegamos tres personas y en el hall había otras tres sentadas igual que nosotros a la espera de la gurú mediática. No los conocíamos, eran César Cigliutti, Marcelo Ferreyra y, posiblemente, Alejandro Modarelli. El ruido de unos tacones altos y el tintinear de las llaves anticiparon su llegada, al vernos a tres de un lado y a tres del otro, se vio obligada a presentarnos. Así se constituyó la primera campaña política de un partido en la Argentina que estaba arrojando una piedra en dirección opuesta a la coyuntura: “nos proponemos levantar las reivindicaciones de las distintas minorías sexuales como parte inseparable de un proyecto de democratización de la sociedad argentina. Avanzar por iguales derechos en lo social, en lo sexual, en la política, en el Congreso”, expresábamos en un volante de abril de 1994.
Demás está decir que los futuros perdedores de la progresía porteña a quienes luego los vimos renunciar a las corridas por los amotinamientos plebeyos de 2001, se reían a las carcajadas con denostaciones de tiro grueso por considerarnos ridículos e infantiles. Y ahora cuando está recién salida del horno la ley del matrimonio igualitario se olvidaron como mi abuelita por la amnesia y por los psicofármacos que fuimos unos y unas cuantos perejiles que nos jugamos a apostar por una utopía que iba a echar raíces. Pero no dejemos que el rencor invada nuestro espíritu, pese a que una alegoría ácrata dice que “el odio es socialmente revolucionario”. Tengo mis dudas. Mejor volvamos a la figura de Carlos. Esta lectura es para eso, volver a Carlos.
Pasó el tiempo y así, así, así, todo se volvió tan natural como el agua: las entregas de condones en las calles, las salidas nocturnas, los pubs gays, las acciones callejeras, las discusiones políticas. Falto a la verdad si no digo una cosa: si bien yo fui parte activa del polite bureau del FDA no así de las reuniones más íntimas que había con Carlos y su grupo. Ya eso era el “Club de Toby”: solo para varoncitos, gays y heterosexuales sensibles. Entonces fuimos haciendo tanto, tanto y tanto con Carlos, con César, con Marcelo, con Atilio Borón, con Eduardo Grüner, con Flavio Rapisardi, con Ilse Fuskova, con José Seoane, con Marcelo Matellanes, con Jorge Makarz, con Isabel Larguía, con Laura Bonaparte, con Nora Cortiñas, con Dora Coledesky, con Alejandra Sardá, con Lohana Berkins, con Nadia Echazú, que ahora con todo eso pude escribir un libro. Y lo debo presentar.
Aclaro que no es una clásica biografía de las que nos acostumbró el mercado editorial, mejor dicho, se podría definir como una biografía política del activismo de Carlos Jáuregui. No sé si existe ese género, ¿acaso importa? Para decirlo con claridad, yo no quería escribir su biografía stricto sensu, sino que él fuese una excusa, una caja de herramientas que le valga al activismo actual para entender el pasado de los movimientos que hoy integran, para leer nuestro presente. Pretendo hablar de su vida pública, es decir, de su militancia centrada en Buenos Aires alrededor de la Plaza de Mayo, en el departamento de la calle Paraná convertido en una usina de subversión creativa, hasta su muerte. Supongo que el género elegido es mestizo: cuenta la historia de la militancia de Jáuregui pegadita con la historia política de la Argentina desde el instante en que las botas y los uniformes se escondieron debajo de las camas hasta que los carritos del aeropuerto de Ezeiza llegaron atiborrados con la tecnología de punta de Miami y el champagne francés desplazaba al vino tinto Malbec.
Camino hacia Carlos tropecé y me reencontré con compañeros y compañeras de principios y de luchas. Hoy, al reconstruir estos hechos reconozco una tarea titánica que, por momentos, (debo confesar) me desbordó. Este libro nació, el 7 de noviembre de 2007, como un proyecto de mesa redonda para homenajear a Carlos. Esa era mi intención. Fue Martín De Grazia quien me propuso que escribiésemos juntos su biografía. La ruta de aquella idea inicial tuvo otro puerto, ni más ni menos auténtico que el diagramado en un comienzo, simplemente distinto.
Este libro comienza con un
bricollage del recorrido personal, laboral y político de Carlos, una apuesta resumida de su cronología de vida; lo bauticé
Vengo a valerte con mi acero y mi persona por aquel famosos verso de Calderón de la Barca en la Vida es sueño dicho en boca de la ambigua heroína Rosaura. Le sigue una segunda parte, Activismo gay y partidos políticos; una suerte de periplo de su participación en la arena política que supuso diferentes intervenciones y compromisos con partidos y coaliciones de la época. Este atajo se concibió primero cuando Carlos era presidente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), entre 1984 a 1987, y con posterioridad, entre 1991 a 1996, como integrante de la ya conformada agrupación Gays DC. Jáuregui comenzó desde un tímido acercamiento a la corriente Alternativa Socialista por la Liberación Sexual dentro del Movimiento al Socialismo (MAS), en 1984, hasta que su nombre quedó impreso tanto en la lista de candidatos de la Unidad Socialista, en 1994, como en la de Alianza Sur, un año después. Para dar fin a la segunda parte, analizo la II y III Marcha del Orgullo Lésbico-Gay, llevada a cabo el 28 de Junio de 1993 y 1994 respectivamente, en la ciudad de Buenos Aires. Sin proponérselo tales sucesos se insertaron en el marco de una lucha mayor al atraer a un arco importante de organizaciones políticas, de organismos de derechos humanos, de intelectuales y de agrupaciones feministas. Eran momentos febriles de confrontación. Los efectos de la revolución neoconservadora en su versión local con el despilfarro y la expoliación que hizo nuestra casta política ocasionó inconmensurables tragedias y quebrantos. Lo dominante fue configurar un frente táctico de controversia. En esa dirección, otros rostros levantaron aquellas propuestas que hasta ese instante eran causas genuinas de las minorías sexuales, a pesar de que para muchos de los adherentes recién llegados les resultaban ajenas, no correspondían a su cuño. Era un hecho irreversible que esos dos espacios que habían logrado configurarse aceptaran mutuamente converger en un mismo día, el orgullo y la protesta social. En cuanto a la tercera parte tallo una cartografía tentativa de los distintos movimientos sociales que con sus protagonismos construyeron la historia de la Argentina última, pero con una distinción: será el desempeño de Jáuregui que guareció el palpitar de esa polifonía de voces. Leyó la coyuntura y en consecuencia descubrió quiénes podían ser sus potenciales interlocutores. El Jáuregui de las vísperas de los años noventa fue el paladín del entramado de estrategias conjuntas: entendía la acción, por un lado, como un modo de visibilizar las demandas de las minorías sexuales en el campo de la política y, por el otro, articular su lucha específica con la de movimientos tales como los de derechos humanos, el feminismo, el lesbianismo, los estudiantes universitarios y las víctimas de la represión policial. Así, la confluencia originaria de gays y lesbianas exploró una amalgama de articulaciones que permitieron extender sus propios márgenes. Eran los primeros pasos para la constitución en un futuro cercano del movimiento Lésbico Gay Travesti Transexual (LGTT) en la Argentina.
Pero esta es la historia y el producto final del libro que hoy sale a la luz se parece bastante a lo que por mucho tiempo imaginé. Ojalá que estas páginas sean disparadoras para continuar reconstruyendo los múltiples rostros del entrañable Carlos, cuya mayor virtud fue su ética, su compromiso de “honestidad brutal” con causas que aun hoy despiertan vigilias. Las palabras que siguen son también un homenaje a un aliado político y a un respetado referente de ayer, de hoy y de siempre.
Mabel Bellucci. Buenos Aires, 6 de Abril de 2010