17/05/2009APORTES CRÍTICOS
Argentina 2009: Crisis económica y disputa política, dos caras de una misma moneda[1]
Por Ignacio Kostzer - Las abundantes reservas internacionales en poder del Banco Central, el superávit fiscal y el crecimiento sostenido del PBI en los últimos 6 años, generaron en los primeros momentos del estallido mediático de la crisis económica mundial, una suerte de “mirada optimista” para el desarrollo de la misma en el país, generalmente asociada a las nociones de “desacople”[2] esbozadas desde los grandes centros productores de “opinión pública” y “sentido común”. Desde luego, esta perspectiva mostró ser un castillo de naipes que cayó más temprano que tarde, en la medida en la que se iba tomando un mayor conocimiento sobre la envergadura de la crisis.
Vamos a proponer y analizar brevemente cuatro aspectos destacados de la economía argentina para intentar retratar la situación actual.
1) El “fetichismo del crecimiento” y su debilidad.
Uno de los mayores triunfos exhibidos por el kirchnerismo en sus años de gobierno es el de mantener altas tasas en el crecimiento del PIB. El mismo creció en promedio 8,5% entre 2003 y 2008. Para la economía del mainstream, éste es el indicador clave. Si la economía crece, poco importa el resto.
Pero desde luego, el crecimiento de la producción no implica necesariamente, ni mucho menos, mejores condiciones de vida para el conjunto de la sociedad, ni siquiera implica un necesario aumento de la tasa de empleo (esto puede observarse en los dos últimos años, donde el PIB creció pero no con el acompañamiento de una reducción significativa en la tasa de desempleo). Para ilustrar este punto, hay casos extremos como el chino, donde el crecimiento económico a tasas desorbitantes tiene como contra cara una situación social dramática para la gran mayoría de su población, con salarios ínfimos y un marco de explotación de la mano de obra que remiten al capitalismo de Oliver Twist en el siglo XIX.
En Argentina el problema aparece en 2009, año para el cual se espera un “crecimiento negativo” del PIB, eufemismo de recesión o caída de la producción. La contracción de la economía implica un deterioro de la tasa de ganancia del conjunto de los capitalistas. Por supuesto, la forma más efectiva de recomponer la ganancia del capital es ajustar por el lado de los costos salariales. Esto significa un aumento del desempleo (se espera que llegue a más del 9% a fines de 2009), precariedad laboral y congelamiento salarial. Naturalmente, cuanto mayor es el desempleo, menor es el poder de negociación sobre la pauta salarial (que se decide como siempre en una mesa chica pero esta vez con la correlación de fuerzas desfavorable para Moyano y la burocracia en general).
2) Balance comercial positivo, reservas internacionales y pugnas al interior de la clase dominante.
En tanto país dependiente y subdesarrollado, la ganancia de los capitalistas argentinos siempre estuvo vinculada al éxito del sector agroexportador, es decir a la apropiación concreta de la renta agraria. Si bien hay matices en esta cuestión, la estructura productiva nacional nunca logró independizarse en mayor medida de los rumbos que toma el sector agropecuario, ya sea en períodos de primarización de la economía o en etapas de mayor desarrollo industrial, el “quién” de la apropiación de esta renta y su volumen fueron siempre determinantes del marco económico general.
En estos últimos años, las exportaciones de productos primarios se vieron fuertemente impulsadas a nivel mundial, proceso que vino acompañado de un importante aumento en los precios de estos productos (por cuestiones de “oferta y demanda”, y de especulación financiera), lo que trajo ganancias extraordinarias a productores y terratenientes exportadores argentinos, ingreso de divisas al país y una abundante recaudación fiscal por vía arancelaria.
El gobierno “aprovechó” esta coyuntura internacional (precios elevados de las materias primas) con la política de tipo de cambio alto, que implica salarios en términos de dólares muy convenientes para el capital y también la posibilidad de realizar sus ganancias en el exterior (en dólares).
La volatilidad de los precios de los productos que Argentina exporta (las exportaciones agrícolas nacionales se desplomaron en casi un 40% en el último trimestre de 2008, en gran medida por la caída de los precios), es un punto a tener en cuenta; así como la escasa diversificación en la colocación de la producción exportada (por ejemplo, la soja se exporta aproximadamente en ¾ partes a China); lo que implica, por la estructura económica nacional, una exposición importante a modificaciones en alguna de estas variables.
Por otro lado, se estima que el tipo de cambio (Peso vs Dólar) va a superar ampliamente los 4$ por 1 U$D a fines de 2009, deteriorando aún más los salarios en esta moneda.
Sería de esperar que surjan nuevas disputas entre distintas fracciones del capital ante este panorama de retracción económica generalizada. Como se expresó en el conflicto por la resolución 125, muchas veces a lo largo de la historia argentina, los intereses del capital agro-financiero entran en contradicción con los intereses del capital industrial, teniendo su correspondiente expresión política. Es en este marco en el que se desarrollan hoy alternativas por derecha al kirchnerismo, trasladando a la esfera política los conflictos que se dan al interior de la clase capitalista.
En este sentido, tanto el neo-desarrollismo para los grandes grupos industriales concentrados de los Kirchner, como los proyectos apuntalados en la reprimarización estructural de la economía, el retorno al FMI, etc., encarnados por la UCR, la Coalición Cívica, el “Peronismo Diabólico”[3], en alineación con la Mesa de Enlace, expresan los distintos bloques que hoy se disputan la dirección y hegemonía de la clase dominante en la Argentina.
El capital encuentra su representación en el plano político y de esta forma se da la correa de transmisión para la crisis, que va desde el terreno de la lucha en la búsqueda de ganancia propia del capital, a la disputa por el aparato estatal como palanca para librar la primera contienda mencionada. En el estado se dirimen los conflictos intra-capitalistas, obrando éste, a modo de “junta administrativa” donde se resuelve la repartija de la ganancia entre las distintas fracciones del capital.
3) Financiamiento externo y crisis financiera.
Al igual que el conjunto de América Latina las posibilidades de obtener financiamiento externo, para la búsqueda de la reactivación de la actividad económica, son escasas. El mercado de créditos está congelado a nivel mundial y nadie le prestaría fondos a un país como Argentina, donde hasta los actores políticos más conservadores, como lo ha demostrado hasta el propio ex presidente Eduardo Duhalde, podrían llegar a no pagar la deuda externa (Duhalde se refirió particularmente a la deuda contraída con el Club de París).
Mientras tanto, la intensa fuga de capitales que se vio en 2008 sigue en pleno desarrollo, marcando el limitadísimo alcance del proyecto de blanqueo de capitales emprendido por el gobierno.
Un punto “no negativo” de la economía argentina de cara a la crisis financiera global, es su ínfimo desarrollo del sistema financiero y la escasa gravitación de crédito en la misma. A diferencia de Brasil, donde el sistema financiero tiene un desarrollo y una profundidad sustancialmente mayores, lo que pone a importantes sectores del capital brasilero en una situación de alta exposición y vulnerabilidad frente a posibles cimbronazos financieros en el mundo.
4) Superávit fiscal vs. reactivación económica.
El superávit fiscal es otro de los puntos fuertes que venía mostrando el Modelo K desde sus orígenes. El principal instrumento recaudatorio que tiene el Estado argentino es el IVA que genera el 33% de los ingresos totales. El problema es que el resultado fiscal es profundamente pro-cíclico. Con lo cual, la contracción que ya sufre la economía argentina (hasta el INDEC hoy reconoce una fuerte caída de la actividad industrial) atenta contra el superávit fiscal, haciendo imposible en el mediano plazo compatibilizar las “cuentas limpias” con los planes de reactivación económica.
A esto se suma la mencionada caída de los precios internacionales de los productos agropecuarios y el mal momento que atraviesa hoy la producción rural en general debido a las sequías, lo que reduce aún más la recaudación fiscal proveniente de los aranceles a las exportaciones.
Una de las artimañas que el gobierno pondrá en práctica a fin de recomponer “la caja” (sobre todo en un año electoral), va a ser la emisión de bonos que serán colocados en otros organismos estatales como el ente a cargo de los fondos previsionales, ya que nadie puede querer bonos argentinos por el gran riesgo de default que contienen.
La caja se achica y esto es independiente de la capacidad de éxito que pueda llegar a tener cualquier tipo de plan reactivador de corte keynesiano, capacidad que por cierto ya es bastante cuestionable hoy por hoy[4].
Este punto es de singular importancia para nosotros en tanto estudiantes y comunidad universitaria en general, ya que las limitaciones presupuestarias del gobierno, seguramente tendrán una repercusión destacada en el área educativa, como suele ocurrir en toda época de vacas flacas.
La cantidad de subsidios a distintos sectores del capital que promueve el gobierno kirchnerista es muy amplia y en este marco resultaría impracticable revertir ese escenario, considerando las bases sociales endebles del mismo gobierno. Esto significa que no resulta osado advertir que los ajustes seguramente vendrán en una dirección contraria a los intereses de los sectores más postergados de la sociedad (salud, educación, vivienda, etc.), y no a través de enfrentamientos con el puñado de empresarios amigos del kirchnerismo y demás grupos económicos de poder concentrado (Techint, Aluar, Grupo Macro, etc.).
Lo que viene, lo que viene…
Las proyecciones están, y no son optimistas ni mucho menos. La disputa política entre distintas expresiones de la clase dominante se agudizan en un año electoral. La era de la implacable hegemonía kirchnerista parece estar en su etapa final, y en un marco de aumento del desempleo y caída de los salarios reales sería de esperar un aumento de la conflictividad social.
Este gobierno ya mostró evidencias de que el respaldo que tiene en la gente es insuficiente, inclusive en el conflicto con las entidades rurales, la oligarquía terrateniente le ganó las calles en todo el país. En este escenario de crisis, nada hace pensar que desde el oficialismo puedan tomarse medidas con una orientación “nacional y popular” profunda, si consideramos que hace tiempo se vienen cambiando los Tumini por los Rico en las filas “K”.
Las bases sociales del propio gobierno hacen impensables políticas de reformas profundas que afecten positivamente la vida material de las grandes mayorías del país. Un ingreso mínimo universal digno, la eliminación del IVA para los productos de la canasta básica, el monopolio de la comercialización de productos agropecuarios y exportables, la prohibición de los despidos y las suspensiones, o la nacionalización de los bancos, no parecen ser un horizonte esperable para este gobierno, cuya retórica maniquea de polarización con la Sociedad Rural, empieza a percibirse falaz y abre la perspectiva de una intervención política independiente de estos bloques en disputa, aunque no indiferente a esta disputa en sí.
El kirchnerismo ya no parece ser aquel proyecto político de “concertación” como fue planteado en sus comienzos, por otro lado, la UCR dio sobradas muestras de su incapacidad para dirigir la política nacional durante períodos de crisis. Las elecciones de junio seguramente posibilitarán interpretaciones ambiguas sobre sus resultados, en caso de mantenerse el kirchnerismo como primera minoría nacional. Esta es una de las cláusulas tácitas de este casi-referendo.
El descontento social con el gobierno crece más rápido que las adhesiones y la marcha de la economía pareciera agudizarlo. La cuestión última estará en la dirección que adopte este descontento en caso de traducirse en movilizaciones mayores, ya que la historia reciente argentina nos enseña que no son lo mismo las movilizaciones por la “seguridad” o contra la 125, que aquellas cuya orientación adopta formas progresivas y populares. La posibilidad de desarrollo de alternativas contrahegemónicas al margen de este gobierno en declive está planteada.
Quizás la cuestión ahora esté en repensar el propio rumbo de las organizaciones que se ubican en la vereda del frente, y su capacidad para acumular políticamente e intervenir de forma transformadora en una realidad compleja. Con la crítica honesta de las propias prácticas y posiciones, se pueden sacar conclusiones positivas de cara a procesos que se presentan abiertos, y para los cuales se puede plantear la posibilidad de actuar, con la aspiración real de incidir en los mismos.
Ignacio Kostzer,
Buenos Aires mayo de 2009.
[1] Nota publicada en la 2da edición de la revista Kamchatka, elaborada por la Corriente Julio Antonio Mella.
[2] Las teorías del “desacople” sostenían que la crisis se iba a desarrollar especialmente en los países centrales (EEUU, Japón y Europa), mientras que el resto del mundo podía “desacoplarse” y amortiguar, sino evitar, el impacto generado por la misma, apoyado sobre todo en las nuevas potencias económicas emergentes como China, India, Brasil, etc.. Las nociones de “desacople” también expresaban la creencia de que la crisis era fundamentalmente financiera y que el impacto en la economía “real” podía no ser tan dramático como en las derruidas plazas bursátiles mundiales. Estas ideas fueron rápidamente abandonadas ante los acontecimientos de los últimos meses de 2008.
[3] Término extraído de la Revista Barcelona para referenciar al peronismo “disidente” (Solá, De Narvaez, Rodríguez Saa, Duhalde, Barrionuevo, Menem, etc.)
[4] . Relativo a esta temática, hay bastante consenso dentro del pensamiento económico crítico, donde se plantea que en una crisis de tan amplio alcance es limitado el margen de maniobra de las políticas keynesianas o neo-desarrollistas para enfrentarla y restaurar el “orden” y la “confianza” en los mercados y el público en general. Un ejemplo de esto es EEUU, que teniendo la “maquinita de hacer plata” (literalmente) hace parecer estéril cualquier intento por recomponer la situación actual, quedando el resultado de toda política fiscal o monetaria supeditada al desarrollo propio de la crisis.