15/11/2008El carácter Fetichista de la deuda pública
Grupo Al Dorso - Campaña "La Deuda Externa Mata"
La deuda pública siempre se nos presenta como una complejidad de variables económicas-financieras de difícil comprensión. Como un entramado ininteligible de fórmulas polinómicas tan complicadas y confusas que nos han inducido a perder la visión del conjunto y sobre todo, la esencia del problema: ¿Qué implican las deudas públicas para las naciones mal denominadas tercermundistas o subdesarrolladas?

A primera vista una mercancía parece algo trivial
y que se entiende por sí mismo. Por el contrario,
se trata de una cosa muy compleja, henchida de
sutilezas metafísicas de argucias teleológicas.
KARL MARX
Sin lugar a dudas, la cuestión de la deuda no es algo trivial que se entiende por sí mismo. Por el contrario, se trata de una cosa muy compleja, henchida de sutilezas metafísicas, de argucias teleológicas. Generalmente cuando se habla de la deuda pública externa se circunscribe, desde una perspectiva muy limitada, al estudio de las condiciones financieras de determinados préstamos. Se la entiende como el conjunto de obligaciones monetarias contraídas por personas de derecho internacional público, con personas domiciliadas en el extranjero, sean éstas de derecho público o de derecho privado. Las relaciones jurídicas internacionales entre deudor y acreedor en las cuales se afirma el carácter social de dominación, adquiere la forma de una obligación jurídica de subordinación entre sujetos internacionales con capacidad suficiente para obligarse, siendo ontológicamente libres e iguales.
He aquí porque estas relaciones jurídicas se convierten en simples obligaciones de pago, en meras variables económicas-financieras despojadas de su valor intrínseco de imposición y opresión, en cosas que se perciben y no se perciben, o cosas sociales. Pero las formas jurídicas de las obligaciones de pago y la subordinación legal de los deudores para con los acreedores, nada tiene que ver con su naturaleza física. Se trata de una relación social determinada de hombres entre sí, que aquí adquiere para ellos la forma apócrifa de relaciones jurídicas financieras internacionales. Y es así, que estas relaciones tienen de manera metafísica su propia dinámica por fuera de la voluntad de los pueblos a pesar de las relaciones sociales de explotación determinada por los hombres. Se adquiere para ellos la forma fantástica de relaciones entre variables financieras y económicas por fuera de las relaciones sociales de poder que las originan. La deuda como fórmula; como simples ecuaciones matemáticas a afrontar por tecnócratas extranjeros y sicarios nacionales.
Pero la deuda es mucho más que su forma jurídica, no se limita solamente a relaciones de pago entre Estados deudores y acreedores, sino que comporta en esencia relaciones sociales históricas de dominados y dominadores. Relaciones entre Estados, naciones, países, no como meras entelequias jurídicas dotadas de voluntad soberana divina, sino como relaciones de imposición de sectores dominantes hacia el resto de la sociedad tanto en lo interno como en lo externo de ellas.
En consecuencia la deuda no lleva escrito en su frente lo que es. Antes bien, de cada default, moratoria, pago, negociación, reestructuración, megacanje, blindaje, etc., hace un jeroglífico. Sólo con el tiempo trata el hombre de descifrar el sentido profundo de éste, de penetrar en los secretos ocultos de su esencia. No se disipa la fantasmagoría que hace aparecer a las obligaciones de crédito como la semilla necesaria de progreso hacia la eterna condición de infradotados.
Cuando las relaciones de acreedores y deudores adquieren cierta fijeza habitual, parecen provenientes de la naturaleza misma de las relaciones públicas entre Estados. Estas relaciones de dependencia y subordinación que transita en todo lo referido a la deuda pública, es el secreto que permanece oculto bajo relaciones aparentes de países libres, soberanos e iguales. Allí reside el carácter fetichista de la deuda, en la pérdida de su sentido íntimo e histórico.
La deuda como un formidable mecanismo de dominación
La deuda pública actúa como uno de los agentes más enérgicos de la acumulación primitiva. Por medio de un golpe de varita mágica, otorga al dinero improductivo la virtud reproductora y lo convierte así en capital, sin que para ello deba sufrir los riesgos, los inconvenientes inseparables de su empleo industrial, e inclusive de la usura privada(2).
En palabras de Eric Toussaint(3), “la deuda externa es sólo punto de partida para llegar a una visión de la globalización y de las alternativas al mundo neoliberal de hoy, uno de los obstáculos principales al verdadero desarrollo de los países del sur”. Es un extraordinario mecanismo de concentración de capitales e instrumento de dominación de los que se valen los países poderosos sobre las miserables y vejadas naciones subdesarrolladas. La comprensión de la deuda pública externa es vital para desenmarañar las estrategias de poder que encubren las relaciones del capital en la escena internacional.
La deuda externa ha sido, y sigue siendo, un formidable mecanismo de acumulación y concentración de capitales. Un excelente organizador económico del actual modo de producción. Como destaca el economista Julio Gambina, “no hay capitalismo sin deuda pública. Y en la relación entre las metrópolis y los países coloniales o semicoloniales, deuda pública es deuda externa. Así pues: constitución del capitalismo, disciplinamiento y condicionamiento económicos van juntos. La deuda es un elemento estructural del capitalismo, no una herramienta coyuntural de disciplinamiento de nuestros gobiernos. Es un elemento disciplinador y condicionante de la estructura del modelo de acumulación capitalista en el paso de cada ciclo a otro, y de cada modelo a otro, a través de periodos de crisis” (4).
La deuda como herramienta de dominación e instrumento de saqueo comprende tres aspectos primordiales: el primero y más evidente es el de condicionamiento económico, es decir, la extracción constante de capitales de la periferia hacia los centros de poder del capital global; el segundo, no tan visible pero igualmente perceptible, es el condicionamiento político (reestructuración de nuestras economías regionales y nacionales al designio del capital transnacional); y por último, el menos apreciable pero más implacable de las tres, corresponde al de dominación ideológica ( la naturalización de la condición de deudor como disposición divina).
En cuanto al aspecto económico, América Latina destina al pago de su deuda pública externa por año más de 160 mil millones de dólares, es decir, el doble de lo que necesita la humanidad para satisfacer sus necesidades básicas elementales, según lo estipulado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y por el Fondo Internacional de las Naciones Unidas para Socorro a la Infancia (UNICEF)(5). A pesar de haber desembolsado en concepto de deuda más de 1,2 billones de dólares (millones de millón), y de haber acrecentado su deuda en más de veinte veces su monto en los últimos treinta años, América Latina sigue debiendo a las potencias del norte unos 830 mil millones de dólares.
En lo que a nuestro país se refiere, muy lejos estamos de ser la excepción de la regla que sigue la región. El tributo imperial ha cobrado en 2007 al Estado una suma total de 14 mil millones de dólares en concepto de pago de su deuda pública; cifra equivalente a la erradicación de la pobreza.
El gobierno de los “derechos humanos” sigue privilegiando la lógica de siempre: más pagos de una deuda ilícita, ilegítima y fraudulenta a costa del hambre, exclusión y humillación del pueblo argentino.
El condicionamiento político ha estado siempre íntimamente ligado a los procesos de endeudamiento. Por estar endeudados los países pueden ser obligados tanto por organismo internacionales de créditos como el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI); por naciones acreedoras de deuda bilaterales a través de los denominados y conocidos “clubes de acreedores” (Club de Paris, Club de Londres), o por instituciones financieras privadas internacionales (Citibank, JP Morgan, Deutsche Bank); a reorientar de manera “apropiada” su política macroeconómica conforme a los intereses de los acreedores.
El objetivo es claro, imponer una relación de legitimación del servicio de la deuda manteniendo a las naciones deudoras en una sujeción que les impide embarcarse en una política económica nacional independiente. Los continuos programas de ajuste estructural impulsados por el FMI y el BM son un claro ejemplo del condicionamiento de nuestras economías a las necesidades del capital transnacional. Ajustes constantes, “flexibilizaciones” sociales y laborales, reducción del gasto público, privatizaciones de empresas y servicios, han sido tan sólo algunas de las constantes exigencias macroeconómicas de los últimos treinta años. Las consecuencias de dichos condicionamientos están a la vista de la “conciencia universal”: más de un tercio de la población del planeta es pobre, (2,8 millones de personas viven con menos de 2 dólares diarios, según estimaciones pocos fiables del BM)6, 1,2 millones son indigentes; más de 840 millones de personas padecen hambre siendo el panorama para el futuro poco alentador teniendo en cuenta que al ritmo actual serán necesarios ciento treinta años para eliminar el hambre del mundo. Cada día más de treinta mil niños mueren a causa de enfermedades fácilmente curables; la concentración de la riqueza se ha acrecentado, el ingreso anual del 1 por ciento más rico de la población mundial equivale al del 57 por ciento más pobre del planeta. Además, el ingreso del 5 por ciento de las personas más ricas del mundo es 114 veces superior al del 5 por ciento más pobre.
¡Macabras cifras frías!, que no logran reflejar la terrible violencia de una vida cegada en el capital. Muchos océanos de sangre y dolor recorren las miserabilizadas regiones de nuestros desterrados continentes en cada pago, negociación o reestructuración de las supuestas deudas públicas.
La deuda como instrumento de dominación en su aspecto ideológico comporta una actitud de sumisión y obediencia a lo establecido. Sea por la naturalización de su obligación de pago sin cuestionamiento alguno de su origen, como leyes naturales y eternas del mercado por fuera de la historia. Sea por necesidad moral de honrar los supuestos compromisos asumidos. O por la cobardía de aquellos miserables que aceptan el orden establecido -concientes de su papel lesivo- sin más argumentos que las relaciones de fuerza vigentes.
La centralización de la muerte
La deuda, que en sus orígenes se introdujo furtivamente como una ayuda modesta de la acumulación primitiva y que se convirtió rápidamente en un arma adicional y terrible de la guerra de la competencia, se ha transformado en un inmenso mecanismo social destinado a centralizar capitales sin importarle cuánta vida deba cargarse en su estrepitoso camino de acumulación. Un análisis científico de la problemática de la deuda, o por los menos que se aprecie de tal, no puede nunca desprenderse del aspecto esencialmente nocivo -de muerte- que la misma comporta para las bastardeadas naciones del sur. Un análisis meramente financiero y presupuestario de la deuda, no hace más que oscurecer la real dinámica de poder que conllevan las deudas públicas de los Estados Nacionales.
La vida social, cuya base es la producción material y las relaciones que ésta implica, se desprenderá de la nube mística que en cubre su aspecto el día en que se manifieste en ella la obra del hombre libremente asociado, que actúen en forma conciente y como dueños de su propio movimiento social.
Citas
1- ZALDUENDO, EDUARDO “La Deuda Externa”, Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1988.
2- MARK, KARL “El Capital”, Editorial Cartago, México DF, 1983, Tomo 1, pág. 86.
3- Historiador y doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Lieja y la Universidad de París VIII. Es fundador y presidente del Comité por la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo (CADTM), www.cadtm.org .
4- GAMBINA, JULIO “La deuda en el sistema mundial”, Memorias de la Deuda, coordinador Carlos Julia, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2002.
5- El PNUD y UNICEF calcularon en el año 2000 que 80 mil millones de dólares (por año) durante diez años bastarían para asegurarle a la totalidad de la población los servicios básicos.
6- “Sin embargo, estas cifras dadas por el FMI y el BM son poco fiables. Un estudio de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo (CNUCED) referente a países del África Subsahariana señala que los datos proporcionados por estas dos instituciones subestiman considerablemente el número real de pobres. Por ejemplo, allí donde el BM mundial calcula en 41,7 por ciento la parte de la población de Níger viviendo con menos de un dólar por día, a partir de una muestra de la población, la CNUCED contabiliza más de 75 por ciento, basándose en la contabilidad nacional del país”. MILLET, DAMIAN; TOUSSAINT, ERIC, “50 preguntas, 50 respuestas sobre la deuda, el FMI y el Banco Mundial”, Editorial Buenos Aires, 2005