06/09/2006EL FRENTE POPULAR DARÍO SANTILLÁN Y EL POLO OBRERO.
En torno a algunas comparaciones del compañero Raúl Zibechi.
Por Miguel Mazzeo para Prensa De Frente - Conocemos desde hace algunos años al docente, escritor y periodista uruguayo Raúl Zibechi. Lo respetamos y apreciamos y valoramos enormemente su producción. Por cierto, sus trabajos han sido y son difundidos en las organizaciones populares de la Argentina, particularmente en muchas de las que hoy integran el Frente Popular Darío Santillán (FPDS). Más allá de las diferencias y de algunas posiciones difíciles de articular, abrigábamos la certeza de compartir con Raúl una misma búsqueda; estábamos seguros de que, con diversos tonos y canales, veníamos edificando un diálogo que para nosotros era fructífero y enriquecedor.
Por eso nos sorprende sobremanera que haya afirmado, en un reportaje reciente, que "entre el Frente Popular Darío Santillán y el Polo Obrero, si miro que hacen, no encuentro mucha diferencia". No sabemos si Raúl está sosteniendo que cualquier forma de organización es nociva, si lo ahuyenta la palabra "Frente" o si se trata de un elemental acto de prejuzgar livianamente. De ser lo primero, su asociación sería correcta, dado que hablamos, efectivamente, de organizaciones. Pero entonces deberíamos agregar en la misma lista, junto al FPDS y al Polo Obrero ( PO), al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) Mexicano y al Movimiento de los Sin Tierra (MST) del Brasil, para nombrar a dos organizaciones bien emblemáticas. De ser lo segundo, cabe insistir con los casos citados: los zapatistas conformaron un "Ejército" y los sin tierra un "Movimiento", entonces "Frente", suena de una liviandad atroz. De ser lo tercero, es decir, un caso de periplesia (mirada extraviada), le pedimos a Raúl que mire bien, o simplemente que mire, lo que hicieron y lo que hacen el FPDS y el PO y las "cárceles similares".
Raúl supo compartir guisos bien condimentados, tortas fritas y mates con los compañeros del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Lanús, Alte Brown y San Francisco Solano. Conoció de cerca sus experiencias y se entusiasmó, mejor dicho: compartió el entusiasmo colectivo. Lo cierto es que los compañeros, en el trazo grueso, siguen haciendo lo mismo (por lo menos los de Lanús y Alte Brown) y dieron los pasos que dieron (la creación del FPDS, por ejemplo) justamente para seguir haciendo eso que admira (o admiraba) Raúl. Para seguir siendo autónomos, para autoconstituirse como sujetos, para seguir dando la pelea por desarraigar social, política y culturalmente el clientelismo de la conciencia popular.
Todo esto, desde un hábitat muy hostil que Raúl, a diferencia de los intelectuales epicúreos, bien conoce: los barrios desheredados y segregados del Gran Buenos Aires, donde tallan la Policía y el puntero a menos que se les contraponga una organización popular sólida. La lucha popular, además, se da ahora en un marco caracterizado por un sentido común dominante que criminaliza la miseria, la protesta y que pretende normalizar el trabajo asalariado precario. En alguna medida los compañeros se "deconstruyeron", cuando percibieron que el contexto (la "cancha") había cambiado y que la táctica que les había permitido crecer como movimientos de trabajadores desocupados se había agotado en 2003.
¿Será que la fidelidad a ciertas categorías y conceptos (más que a los sujetos concretos y sus experiencias) le puede enturbiar a Raúl la mirada sobre el FPDS? En función de esta fidelidad parecería que Raúl necesita (y desea) que el FPDS sea una clásica estructura verticalista, sustitucionista, etc.. o sea: el típico instrumento reproductivo de los patrones de relación inscriptos en el capital (que actúa en nombre de la emancipación), cuando, en realidad, el FPDS surgió a partir de la oposición a todas esas bastardías, otorgando prioridad al tipo de relaciones construidas más que a las características de los elementos y a los discursos, sabiendo que las formas verticales no crean "capital social", como diría Pierre Bourdieu. El FPDS ni siquiera es una estructura "fuerte", en el sentido tradicional. Sí posee una estructura básica y visible, que es mucho mejor que negar la existencia de estructuras y poseer unas ocultas e incontroladas. De hecho, sabemos, que no existen grupos sin estructuras de algún tipo. Raúl pretende que el FPDS sea así una nueva experiencia de dominación; cuando en realidad aspira al "servicio" y a consolidarse como continente de la solidaridad práctica; que el FPDS niegue la particularidad de cada organización cuando, por el contrario, surgió como una herramienta destinada a consolidarlas; que el FPDS se conciba a sí mismo como una totalidad cerrada, encarnación misma del proceso liberador, mientras que el FPDS se concibe, simplemente, como el marco -no cerrado, ni el único- de la articulación de las organizaciones populares autónomas de Argentina; en fin, que el FPDS tenga la pretensión de fundar una Iglesia, cuando en realidad tiene aspiraciones de "movimiento" desbordante.
El FPDS aspira a atizar el fuego, no a mandar. A recomponer las identidades populares, o "plebeyas" si se prefiere, favoreciendo los procesos de autoconciencia del sujeto popular. No la actividad representativa sino autoconstituyente. Estamos convencidos que nuestra identidad, y no un "aparato", será nuestra razón de ser.
Raúl no tiene que leer los documentos del FPDS para constatar lo que decimos, con regresar a los barrios alcanza, o con participar de algún plenario. Notará un clima muy similar, aunque ampliado, al del Encuentro de Organizaciones Sociales (EOS) o al de la Coordinadora de Organizaciones Populares Autónomas (COPA), experiencias que en su momento alimentaron su inspiración. También verá como se lucha por preservar los espacios "prefigurativos" en un contexto de ofensiva del sistema, verá como se busca una alternativa para eludir la cerrada opción que el gobierno de Néstor Kirchner le propone a las organizaciones populares: la cooptación o el aislamiento.
Radicalizando el giro inquisitivo se nos ocurre que, de alguna manera, la afirmación de Raúl puede servir para una asociación de él mismo con el PO o con alguna "cárcel" similar. Veamos:
Dirige su agresividad al más cercano, a los que con aciertos y con errores, cuestionan el antiguo régimen emancipatorio y lo hacen desde experiencias populares reales, no desde grupos esotéricos portadores de la nueva verdad radical, o desde "nodos" de especialistas en conseguir subsidios de fundaciones europeas "progres", una interesante forma de construir la "autonomía" y eludir al fastidioso Estado.
Parecería ser que a Raúl se le desdibuja el proceso que vivió el campo popular en la Argentina a partir de 2003 y se aferra a un conjunto de ideas y concepciones infalibles y rígidas, sin capacidad de una dialéctica con las circunstancias.
La verdad es que la narrativa autonomista, de un potencial enorme, demostró sus limitaciones y sus zonas ambiguas a la hora de la recomposición del sistema. La recomposición confrontó a las organizaciones populares autónomas con esas limitaciones. Y las obligó a crear y a consultar fuentes "extracanónicas". Después del momento de la seducción de las nuevas formas horizontales, aparecieron los problemas de las diferencias en las escalas de los espacios asamblearios y en los recursos intelectuales y de información de sus miembros. Para muchos quedó claro que negar estas desigualdades podía ser la mejor forma de perpetuarlas en nombre de la igualdad y que asumirlas podía ser el comienzo para erradicarlas. Se hicieron evidentes los riesgos de la sobreestimación de algunos actores sociales y el problema de la acción limitada a áreas marginales que dejaban intacto -e incluso fortalecían- el núcleo duro de la dominación, a tal punto que hasta las propias áreas marginales se podían perder sino se construía otra relación de fuerzas. Se advirtieron los obstáculos para comunicar las luchas y los problemas de la participación popular "en general", lo que instaló la necesidad de situaciones concretas y de canales. Asimismo nos percatamos de las dificultades para desarrollar una experiencia crítica al interior de un fragmento, ya que se hizo fuerte la tendencia a analizar la conflictividad social y el interés de clase (en un sentido muy amplio: la clase que "vive de su trabajo") en términos atomistas. Finalmente se abrió el abanico de las posibilidades objetivas de nuestro antagonista histórico: el capital.
En contra de lo que parece sostener Raúl, la narrativa autonomista no debe manifestarse como un monólogo o un canto hueco a la heterodoxia. No está dada de una vez para siempre sino que se construye día a día, en cada barrio, en cada lugar de trabajo o de estudio. La rigidez hace que el concepto alimente falsas expectativas liberadoras y, lo que es peor, habilita el pasaje del concepto al dogma. La pulsión antiinstitucional, típica de ciertos autonomistas, no los libra de una epistemología cerrada y de la manía repetitiva de los mismos actos verbales (costumbre típica de la izquierda dogmática).
Raúl, al igual que algunos trotskistas que cultivan la castidad y la pureza, puede darse el lujo de permanecer cómodo en el terreno de la utopía (la misma que comparte con nosotros) pero debería ser un poco más tolerante con el trabajo imperfecto, pero tal vez con algún vislumbre, de los que intentan conciliarla (por necesidad, por estrategia de supervivencia, por que creen que "su reino es de este mundo") con el "proyecto" y asumen el riesgo de lo performativo, de la contradicción, de lo impuro.
¿El intento de pensar más allá de una cultura de la resistencia, la idea de fundar una "institucionalidad" que consolide y reproduzca los lazos horizontales, nos convierte en reproductores del sistema?
Creemos que Raúl debería ser más cuidadoso a la hora de determinar quienes reproducen la música del enemigo, más modesto al instante de anunciar que una porción del campo popular argentino eligió un camino trillado cuando se le presentó la encrucijada (¿se ha entronizado una nueva "línea correcta"?), en fin, debería atender (y respetar) los grados de maduración de nuestra soberanía y del desarrollo de nuestra intersubjetividad, algo que sí sabe hacer con otras experiencias populares del continente, incluso con otras de Argentina.
Los que tratan de construir por fuera de los caminos tradicionales -sin ninguna receta, claro - se pueden sentir lastimados por sus comparaciones. A todos aquellos que cuidan sus modestas construcciones como lo más preciado, porque han servido y sirven como espacio de desalienación y como tarima de lanzamiento del sueño emancipador, les puede doler que se las llame "cárceles" y que se los asocie con la especie de los burócratas.
El espacio social - político e ideológico que se articula en el FPDS contiene comunidades de emociones y de actividades compartidas, uniones espontáneas y naturales, no están los burócratas dirigistas, no están los uniformes carcelarios. Esto no nos libra del peligro de la regresión, posibilidad latente en toda lucha por las transformación social en el marco de una disputa antagónica, como señaló Istvan Mèzsaros.
Raúl asume una posición rígida, a partir del anhelo de pureza de la utopía y la comunidad como sociedad paralela, la que una y otra vez es ratificada apelando al ejemplo de una construcción microscópica, de una significatividad y una relevancia que son, por lo menos, discutibles. La utopía, por otra parte, se convierte en una "utopía de enclave", incapaz de repercutir en el conjunto de los oprimidos. Así, Raúl termina contribuyendo a un nuevo dogmatismo y a un nuevo sectarismo, distintos, pero en algún punto iguales a los del PO y las "cárceles" similares.
Miguel Mazzeo
Lanús Oeste, 8 de agosto de 2006