quiénes somos
prensadefrente@gmail.com
A. Latina/ Internac.
Venezuela
Tucumán
Salta/ Jujuy
Sgo. del Estero
Sta. Cruz/ Chubut
Rosario/ Santa Fe
Rio Negro/ Neuquén
Mendoza
La Plata
Gran Buenos Aires sur
Gran Buenos Aires oeste
Córdoba
Chaco/ Formosa
Capital Federal
análisis político
barriales
campesinos/ originarios
comunicación popular
cultura
derechos humanos
estudiantes
género
desocupados
trabajadores
otros medios
organizaciones populares
enlazan a esta página

11/06/2005
Una tradición latinoamericana: la prensa como herramienta de combate

Tomado de "ANCLA: Una experiencia de comunicación clandestina orientada por Rodolfo Walsh", N. Vinelli.
El uso de medios de comunicación como herramienta política contrainformacional tuvo un rol fundamental en Latinoamérica desde mucho antes del surgimiento de las experiencias aquí mencionadas. Tal es el caso de los pasquines sediciosos que acompañaron el malestar y las tempranas sublevaciones en las postrimerías del régimen español en América; los escritos clandestinos que circularon en la Buenos Aires colonial durante los cabildos de 1809 y 1810 y las indicaciones de Mariano Moreno sobre la importancia de la propaganda "para consolidar la obra grande de nuestra Libertad e Independencia", entre otras experiencias de no menor relevancia.

Un seguimiento del desarrollo de las formas comunicacionales contestatarias o de oposición a lo largo de la historia, revela una notable tradición en la materia. De todas formas, no pretendemos aquí agotar todas las posibilidades, sino descubrir -desde el desarrollo de algunos casos significativos- los modos de funcionamiento de la prensa como instrumento de combate y su aporte a una conceptualización de la comunicación alternativa ligada a los procesos de cambio.
Dos resoluciones, una del 14 de abril de 1766 y otra del 18 de diciembre de 1804, actúan como el punto cero de donde parte nuestro análisis: concretamente, porque representan el momento en que las autoridades del virreinato comenzaron a vislumbrar el peligro que los pasquines significaban para el orden y la soberanía peninsular sobre el territorio americano. Dichas disposiciones fueron las encargadas de prohibir en las tierras del Reino "la composición de pasquines, sátiras, versos, manifiestos y otros papeles sediciosos" que circulaban clandestinamente o amanecían fijados en lugares públicos. Incluso, castigaban con dureza a quienes por simple curiosidad los guardaban o los leían.
Según el historiador Boleslao Lewin, "en la época colonial de Hispanoamérica, a medida que surgía el descontento, aparecía el pasquín, el escrito ilegal programático, reivindicatorio o simplemente insultante. No existe una producción política escrita tan expresiva y tan auténticamente popular, por su carácter intrínseco y por la rapidez de su difusión, como la de los pasquines (...), vehículo por medio del cual el espíritu revolucionario penetraba en las capas populares, cuyo anhelo expresaba".

El fenómeno del pasquinismo en la América colonial cumplió con éxito una doble función de protesta y organización contra la corona y de defensa de los intereses de criollos y mestizos. Incluso, este peculiar modo de comunicación fue muy intenso en el Alto Perú, donde aún no existía la imprenta. Para el historiador Humberto Vázquez Machicado, el punto más alto en la difusión de los misteriosos folletos tuvo lugar durante el último período del régimen, cuando la conciencia emancipadora comenzó a extenderse secretamente, pero a paso firme, a lo largo y a lo ancho de los virreinatos. En ese entonces, los escritos que promovían sublevaciones y pregonaban la libertad actuaron como "válvula de escape, elemento de campaña (y) ardid de guerra (...) Aherrojado el pensamiento libre y castigados horriblemente los que se hubiesen atrevido a hacer propaganda contra el régimen, los descontentos valíanse de los pasquines para llevar a conocimiento del pueblo su prédica"'.

Los escritos acompañaron cada una de las manifestaciones del descontento. La rebelión campesino-indígena encabezada por Tupac Amaru (1780-81) fue una de las primeras, aunque ahogada con extrema violencia por las tropas del virrey Agustín de Jáuregui. Tras la sublevación, que funcionó como un toque de alerta para las autoridades del virreinato, los criollos aprendieron de la debilidad española y tomaron conciencia de la necesidad de acercarse a los mestizos para enfrentar a la realeza. El pánico por la insurrección fue una oportunidad, además, para lanzar sus pasquines de denuncia contra los privilegios de ultramar y sobre la escasa participación criolla en la apropiación de los beneficios económicos: esos años vieron aparecer hojas escritas, algunas en latin, otras con deliberadas faltas ortográficas, en Charcas, Chuquisaca, La Plata, La Paz, Buenos Aires y Santiago del Estero. Una, fechada en marzo de 1780, amenazaba: "Los ciudadanos de La Paz que hasta La Presente, quietud han mantenido, Oy día a Los fieles Amigos convida que estén promtos alas tres bombas de nuestra. zeña a dar fin en la media noche con el Gallo, y sus Aves, Rompiendo Los tiernos Christales. También alos Adulones advertimos, que si respaldan, al Corregidor: morirán martirez con el".

Poco más tarde, una firme intencionalidad emancipadora se reveló en infinidad de pasquines que actuaron con la eficacia de un arma de combate en el terreno de la conspiración. En 1785 Chuquisaca vivió una nueva sublevación, llamada "de los muchachos", donde se evidenció la creciente coordinación entre criollos y mestizos: mientras las clases populares se enfrentaron a los soldados del rey, los criollos aportaron lo suyo con la difusión clandestina de pasquines que alentaban a la pelea e impulsaban a la acción. Buscaban, de esta forma, horadar aún más las débiles estructuras virreinales, sembrar el desprestigio, hacer correr las más variadas suspicacias; en otras palabras, acelerar la caída del régimen.
"Esa labor picante, no solo tendenciosa, sino corrosiva, (...) de amenazas veladas o abiertas, etc. hacía tanto o más daño que una revuelta intrascendente. Pinchaban en los puntos neurálgicos del sistema y se ensañaban en sus vicios y defectos, los que no sólo ponían al descubierto, sino que a veces exageraban a fin de aumentar mayormente el efecto de sus sátiras y ataques", explica Vázquez Machicado. Esta táctica de exasperación del enemigo creaba el clima propicio para el fermento de las ideas revolucionarias. Y "como los redactores de los pasquines estaban dentro del mismo medio contra el cual estaban dirigidos, sabían muy bien dónde, cómo y cuándo herir".

Los pasquines sediciosos cumplieron con eficacia una doble tarea de denuncia y agitación y de suspicacia y conspiración (inteligencia). En las postrimerías de un régimen que se desmoronaba, su acción involucró tanto la representación como la acción y tuvo un objetivo bien definido: primero de defensa de los intereses criollos lesionados, luego de aliento para la emancipación. Los emisores, amparados en el anonimato y siempre prestos a defender el honor y la inocencia, supieron crear lazos secretos entre los descontentos del virreinato, haciendo de cada receptor un emisor en potencia. Como toda propaganda contraria al régimen era sistemáticamente censurada y reprimida, los escritos volantes actuaron como una herramienta de difusión clandestina, informando "al público corriente de los puntos flacos y vulnerables del régimen, a la par que de la actitud e intenciones rebeldes, y asi poco a poco, en medio de sus intencionadas faltas de ortografía o incorrecta redacción, desaliñada adrede, enseñaban al pueblo el camino de la emancipación”.

Hacia 1794-95, los pasquines vuelven a irrumpir en la vida colonial, pero esta vez claramente influidos por las ideas de la Revolución Francesa: "Mueran los Poderosos Criollos y ladrones Europeos, a Barrilasos de Polbora; Viva Francia, y las yndias entre Plebeyos, y naturales”, rezaba uno de ellos. Es notable la veracidad con que muchos de los escritos reflejaban los sucesos europeos. Los vivas a Francia no eran otra cosa que la imagen de la libertad y la igualdad, traducida a las necesidades de la colonia. Lo cierto es que los pasquines, que constituyen todo un género literario, efectuaron su labor de agitación tanto desde un punto de vista más burlón como político, de acuerdo a los planes de sus redactores y a las necesidades coyunturales.

En la Buenos Aires de 1795, los pasquines sediciosos fueron el órgano popular de expresión de la llamada "conspiración de los franceses", primera irrupción popular en la política argentina en tanto figuran hombres procedentes de las clases populares como acusados de un delito político. En aquella oportunidad, el alcalde de primer voto Martín de Álzaga lanzó una dura persecución contra los sospechosos de conspirar y sublevar a los esclavos. Los escritos, que amanecían pegados en distintas esquinas de la ciudad, eran el soporte adecuado para la difusión de las consignas revolucionarias que los "libros prohibidos" trabajaban con mayor detenimiento. De hecho, el episodio comenzó con la quema de un "Bolter"; es decir, de una obra de Voltaire.

El alcalde Álzaga, alertado del peligro en ciernes, dispuso entonces la detención del mestizo correntino José Díaz, un tupacamarista que profesaba un profundo odio hacia los peninsulares y que veía en la Revolución Francesa la esperanza de una vindicación social. No se trataba de una travesura o un hecho intrascendente, puesto que el alcalde realizó un despliegue inusual para dar con los conspiradores y fue inflexible a la hora de aplicar numerosas sesiones de las más terribles torturas.
En respuesta a la actitud de Álzaga, los "franceses" multiplicaron la producción de pasquines de tono amenazante: "Martín Álzaga, dentro de un año irás a la guillotina; tú y cuantos andan con averiguaciones, y tus bienes serán para la Convención Americana. Tu asesor piensa conseguir una garnacha, será el segundo que la estrene. Guarda éste para la memoria. ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva la Libertad! (...)". Otro, del mismo tenor, decía: "Señor capataz, sírvase dirigir esos esclavos a la Libertad, pues si no será guillotinado junto con su patrón, don Martín de Álzaga". Y con respecto a los presos, otros dos pasquines sentenciaban: "Españoles, los que sois cuerdos, mucha sangre costará a los que tienen parte en la prisión de los franceses. ¡Viva la Libertad! ¡Viva la Libertad! ¡Viva la Libertad!"; "La nación francesa tomará satisfacción. Costará arroyos de sangre. Ya se da aviso a París. Satisfacción se dará. ¡Ladrones! Tu tienes los bienes de los franceses. ¡Viva la Libertad!".

Esta suerte de "guerra de nervios" propia de la circulación de pasquines puede descubrirse, también, durante los cabildos de 1809 y 1810, que públicamente juraban lealtad a Fernando VII y por lo bajo aseguraban que "las Américas primero dejarán de ser, que dejar de aspirar a gobernarse por sí misma, puesto que devemos contar por muerto al Sr. D. Fernando, exista o no exista". Se trataba de una oposición sorda pero no por ello menos firme, y que estaba a la vista aunque al mismo tiempo era inasible. Asimismo, y a pesar de "las caretas de felicidad a Fernando VII", Vázquez Machicado concluye que "las rebeliones de 1809 y 1810 en el Alto Perú como en el Río de la Plata, fueron esencialmente libertadoras".
Mientras tanto y en Buenos Aires, la Primera Junta Patria (1810) encargaba a su secretario, Mariano Moreno, la redacción secreta de un Plan de Operaciones destinado a consolidar la obra de la Independencia. Tal como consta en dicho texto, "la base de la propaganda sería el misterio de Fernando, 'circunstancia la más importante para llevarla siempre por delante, tanto en la boca como en los papeles públicos y secretos (...) pues es un ayudante a nuestra causa el más soberbio, (y) aún cuando nuestra obra y conducta desmientan esta apariencia, (...) nos da un margen para fundar ciertas gestiones y argumentos, así en las cortes extranjeras como en España”.

El objetivo manifiesto de esta política era "entretener y dividir las opiniones de la misma España, haciendo titubear y aparentar por algún tiempo hasta que nuestras disposiciones nos vayan poniendo a cubierto"; para ello, el plan aconsejaba enviar "actas o representaciones a los cabildos de esta capital e interiores expresando que (...) se desvelan para conservar los dominios de esta América para el señor Fernando VII". El plan secreto establecía también la formación de una embajada en la península, de "tres hasta cinco individuos de talento y que atesoren el don de la palabra", con el cometido de hacer dudar a los españoles sobre cuál de ambos partidos era el verdaderamente realista".

Esta campaña de acción psicológica y contrainformación colocaba en un lugar destacado a la propaganda. En ese sentido, proponía el envío de cartas con nombres y firmas falsificadas, con el objeto de provocar el desprestigio y la desconfianza entre las fuerzas realistas. En otras palabras, se trataba del recurso del secreto, del disimulo y la confusión deliberada, propio de los pasquines sediciosos -cuyas faltas ortográficas y errores de redacción tenían el propósito de despistar- y de todas aquellas experiencias que combinaron la inteligencia y la comunicación para alcanzar sus objetivos.

Estas formas de encarar la comunicación como arma de combate constituyen una tradición en la difusión política latinoamericana, y como tal pueden rastrearse, a lo largo de los años y de acuerdo a las nuevas coyunturas, en el funcionamiento de numerosas prensas de oposición.

Los ejemplos en este sentido abundan: San Martín llamó "guerra de zapa" a su campaña de desinformación previa al cruce de la Cordillera de los Andes, en 1816, mediante la cual procuró con éxito desconcertar los planes realistas, fomentar la discordia y trabajar el frente interno enemigo. Antes de cruzar la cordillera, el Libertador -sabiéndose vigilado por agentes realistas- dejó sobre su mesa de trabajo planes falsos de la que sería su campaña a Chile. Asimismo, envió correspondencia adulterada. Esto le sirvió para avanzar con la columna principal y sin contratiempos por el cruce de Los Patos, mientras las tropas realistas lo esperaban por el norte y por el sur'".

La importancia del trabajo sobre el enemigo también es notable en las políticas comunicacionales de Juan Manuel de Rosas durante la intervención anglofrancesa. En ese sentido, el historiador José María Rosa sostiene que "los agredidos pueden valerse de la misma prensa de los agresores para defenderse (...) Hacer propaganda contra la agresión por todos los medios, el soborno inclusive; valerse de diarios, libros, folletos, discursos parlamentarios, mociones académicas, hasta reuniones públicas. Crear, en fin, en la metrópoli agresora un frente desfavorable a la intervención"145.

Rosas hizo de las legaciones en Londres y París agencias de propaganda: Manuel Moreno (hermano de Mariano) y Sarratea recibieron la orden de quedarse en las capitales europeas, porque "la verdadera batalla se libraría allí (...) Cada legación se convirtió en un centro de actividad, con conexiones periodísticas, parlamentarias, jurídicas y su indispensable 'fondo de reptiles' para comprar conciencias (...) Alvear en Estados Unidos y Guido en Brasil tenían idénticas instrucciones (...) Pero la batuta de la propaganoa periodística la dirigió el mismo Rosas desde Buenos Aires, con la publicación, de aparición irregular, del Archivo Americano y espíritu de la prensa del mundo "'"". Escrito en varios idiomas, el Archivo... se enviaba a los periódicos del mundo, con el objeto de lograr un "rebote" de las informaciones allí publicadas. De hecho, muchos reprodujeron sus artículos. La importancia de la prensa como instrumento de lucha también está presente en Domingo F. Sarmiento en su oposición a Rosas desde Chile (el Facundo es otra de sus obras de singular importancia); y en el trabajo de prensa de los unitarios exiliados -entre ellos Juan Bautista Alberdique hicieron de Montevideo su base de operaciones para "derrocar al tirano". La prensa, en aquella oportunidad, fue el arma adecuada para llamar a los sectores del interior a sumarse a las campañas de los "ejércitos libres" apoyados y financiados por Francia e Inglaterra"".

Bartolomé Mitre y su "tribuna de doctrina", el diario La Nación', o los trabajos de José Hernández, ofrecen otras posibilidades. Sin intenciones de agotar el tema, los tópicos reseñados en este apartado revelan una importante tradición latinoamericana en el uso de las herramientas de información, interesantes en tanto bagaje histórico cultural para un estudio del desarrollo de las experiencias de comunicación pensadas como instrumento político en nuestro continente, en general, y del trabajo de ANCLA en particular.

Comentarios:

Aún no hay comentarios para este artículo

Los comentarios para este post están cerrados.


Post anterior: ANCLA: Una aproximación desde el punto de vista "técnico"

Siguiente post: Agencia de Noticias Red Acción ¿Medios alternativos versus fisuras mediáticas?


Honduras aguanta

Darío y Maxi Presentes!

La DIGNIDAD NO se privatiza

Masacre en Perú


Campaña por la libertad

Gabriel Roser, todo sobre la Campaña por su libertad



Masacre de Avellaneda,
últimas semanas



anticumbre

Anti Cumbre de las Américas




Destacados














Otros medios


Organizaciones populares


Enlazan a Prensa De Frente