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25/07/2008

Colombia, tan violentamente triste

Fotografías de la movilización del 20 de julio en la ciudad de Bogotá.

El pasado 20 de diciembre, en el día de la independencia nacional, cientos de miles de colombianos –10 millones, llegó a decir el periódico El Tiempo- salieron a las calles en todo el país, tras un solo grito: ¡libertad!


El Estado de Colombia está denunciado internacionalmente por crímenes contra poblaciones campesinas, asesinato de dirigentes sindicales, ejecuciones ilegales de guerrilleros y desaparición de opositores políticos. La denominada “doctrina de seguridad democrática” mantiene a miles de policías y militares en las calles, rutas y aeropuertos, ejerciendo un control omnipresente sobre la población. Se reconoce oficialmente la presencia de 4000 efectivos militares estadounidenses y dos bases militares en el país, y extraoficialmente la injerencia de altos mandos del departamento de estado norteamericano en la dirección de la guerra contrainsurgente. Las multinacionales son denunciadas por el saqueo de los bienes naturales y el desplazamiento de poblaciones originarias, pero además por financiar el paramilitarismo y mandar asesinar dirigentes de los trabajadores de sus empresas(1). Buena respuesta a esta situación de violencia y opresión podría haber sido ese grito multitudinario de “libertad” que ganó las calles, pero no.


Millones de colombianos parecen estar dispuestos a hacer la vista gorda a la injerencia externa, el saqueo de sus recursos estratégicos, los desplazamientos de poblaciones originarias de sus tierras ancestrales, el asesinato de dirigentes sociales, las más variadas violaciones a los derechos humanos y a la instalación de un estado de control policíaco, para concentrar su reclamo en la liberación de una cantidad incierta de represores y políticos de derecha retenidos por las guerrillas, con las que la oligarquía colombiana mantiene una abierta guerra interna que no ha podido resolver en los últimos 50 años.




“¡No más FARC!” fue el otro grito masivo que instalaron con una monotonía pasmosa las radios, los periódicos principales del país y las cadenas televisivas que todo lo invaden. “¡Libertad, no más FARC!” se repitió en las movilizaciones a lo largo de todo el país. Cuando se lee la realidad colombiana desde el unicato discursivo de los medios masivos de comunicación, pareciera que esta sociedad estuviera convencida de que todos los problemas del pueblo colombiano, todos los males del mundo, se resolverían si la guerrilla desistiera del método de la retención de personas como forma de reclamo por la liberación de los miles de presos políticos torturados en las cárceles colombianas.








Sin embargo, otros tantos centenares de miles de colombianos que no son televisados por las principales cadenas que garantizan una única versión de la realidad -y que, por lo tanto, no existen- son los indígenas y campesinos que están desplazados de sus comunidades originarias ante el avance de las multinacionales mineras sobre sus territorios, los trabajadores que no pueden demostrar su disconformidad bajo amenaza de ser tildados de terroristas, ilegalizados o directamente asesinados, los jóvenes y estudiantes que resisten los parámetros culturales de una sociedad represiva.


Esa otra mitad de Colombia no sale por los medios de comunicación, en muchos casos ni siquiera vota para elegir autoridades en un país donde la política está militarizada y donde el sufragio no es obligatorio, y no es tenida en cuenta para las encuestas de opinión. Baste un dato: las encuestas recientes que circularon internacionalmente otorgando al presidente
Uribe un 84% de adhesión popular, fueron realizadas sólo a través de llamados telefónicos y sólo en las cuatro grandes ciudades del país. A la falta de representatividad de la muestra, hay que sumarle el temor de los opositores a un régimen en el que decenas de disidentes son amenazados, desaparecidos o asesinados(2). Ante un gobiierno denunciado por Terrorismo de Estado, ¿qué respondería una persona disconforme a un llamado a su domicilio preguntando nombre, apellido, y si apoya o no al presidente? En base a ese temor y a esa manipulación comunicacional se apoya la estrategia guerrerista contra las mayorías silenciosas.








Esa otra Colombia donde el estado sólo llega a través de su brazo armado, es la que en muchas regiones del país cobija a las guerrillas y resiste el avance de las multinacionales con un alto costo de vidas. Claramente hay otra realidad, aunque el sistema parece haber logrado buenos resultados en su objetivo de invisibilizar tras la lucha contra el “terrorismo” a la colombia que sufre y resiste, para que la otra, la que reclama como único problema nacional el fin de la lucha guerrillera, ocupe el todo.







(1) "El Estado colombiano ha implementado históricamente políticas y prácticas contrarias a la soberanía y al bienestar popular, garantizándole a las empresas transnacionales el saqueo de los recursos naturales, el control territorial y la explotación y precarización de los trabajadores, generando todo tipo de daños ambientales, materiales, morales, individuales y colectivos, que han puesto en riesgo o mayor vulnerabilidad a cientos de comunidades." De la convocatoria nacional a la Sesión Final del Tribunal Permanente de los Pueblos que sesionó en Bogotá, los días subsiguientes a la movilización.

(2)Lejos de dirigirse sólo a las guerrillas, el terror represivo en Colombia abarca a cualquier expresión de oposición al régimen. Días antes de la movilización, fue encontrado el cadáver del presidente del Sindicato de Servicios Públicos Guillermo Rivera Fúquene, desaparecido tres meses atrás, presuntamente por paramilitares protegidos por el Estado. El Polo Democrático Alternativo, principal fuerza progresista de oposición, denunció en su último periódico que en lo que va del año 26 dirigentes de su organización "han sido víctimas de asesinatos, desapariciones o amenazas".

Más información en Prensa De Frente: Un genocidio donde el ataque contra la guerrilla es sólo el más reciente episodio


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