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23/10/2006

"Crónica de un día peronista"

Fotografías y texto de Sebastián Hacher

Hacía mucho que no fracasaba de forma tan rotunda en un cobertura fotográfica. Sucedió el martes 17 de Octubre. Mi objetivo, a pedido de un editor, era hacer fotos de la 'liturgía peronista'. Registrar los detalles característicos del peronismo que se expresarían a lo largo de la jornada, además de cubrir el evento como cualquier reportero.

Por la mañana llegué hasta la CGT, que estaba rodeada por un corralito de vallas. Adentro del corral se reunía lo que sería el cortejo fúnebre, y afuera muchos obreros de la UOCRA que esperaban saludar el paso del cajón para volver a las obras. Algunos tenían claveles blancos y otros compraban vinchas con las caras de Perón y Evita a veinte centavos cada una. Yo caminaba por el corral, y cada tanto los de seguridad me sacaban afuera, de forma un poco atolondrada pero con buenos modales. Algunos tenían chalecos antibalas. "Por las dudas", me dijo uno de ellos, "nunca sabés que puede pasar".

Pasadas las doce salió el cortejo, y me subí a una casa de hamburguesas para fotografiarlo desde arriba. Cuando pasaban por delante de mi posición entendí que me tapaban los árboles y que desde esa vista no iba a hacer ninguna foto. Bajé, corrí, me zambullí en la multitud que intentaba tocar el cajón y luego seguí de largo. Me encontré con un amigo que me dijo de ir hasta el autopista. Caminamos hasta allá y cuando empezamos a subir nos pareció que el cajón se nos venía encima, asi que corrimos unos 200 metros. Falsa alarma: quince minutos después hicimos fotos del cortejo que avanzaba por Paseo Colón: los granaderos, Moyano, Viviani y los milicos en el auto verde, y el cajón que quedaba sepultado debajo de la maraña de gente que lo quería tocar. Cuando terminaron de pasar, corrí otra vez unos 300 metros para engancharlos en la subida al autopista. Llegué frente al tumulto, me di cuenta de que tenía que cambiar el lente, pero mientras lo hacía la gente me pasó y quedé atrapado en el amontonamiento. Debo haber aparecido en las imágenes como uno más, transpirado y a los empujones, pero sin sacar ninguna foto.

Recién logré zafar cuando la caravana estaba en marcha, asi que no me quedó otra que correr a la par del cajón, entre las motos de la policía, junto a un grupo de fanáticos suicidas que corrían para tocarlo. Eso duró unos 600 metros. En medio de esa corrida sentí un tirón fuerte en el talón: la rueda de una moto me había mordido el zapato. Mi pierna se dobló para adelante, sentí el olor a caucho quemando, y después un dolor pesado arriba del tobillo. Mi pie, dije, cagó mi pié. Me imaginé en cama, con la pata para arriba, un mes sin poder laburar. Pero calculé que todavía tenía un rato de movilidad hasta que se me enfriara el pie, y seguí corriendo. Todavía no entiendo por qué lo hice: creo que me dejé arrastrar por ese grupo de locos que insistía con perseguir el cajón de cerca, pero también por el miedo de perderme algo histórico, aunque ese pedazo de historia sea un cajón arriba de un jeep verde.

Cuando llegamos a la 9 de Julio, bajé a la calle. Estaba agitado, con olor a autopista y con un pie que no me dejaba de latir. Me sentía como después de una pelea de la que había salido herido pero bien parado.

Fui hasta una computadora, bajé las fotos que tenía, compré un pebete de jamón y queso, una gaseosa y me subí al remis rumbo a San Vicente.

Pasando Ezeiza nos encontramos con la caravana. El remiserio hizo una maniobra extraña y quedamos a doscientos metros del cajón. El tipo se emocionó. "¡Mirá, boludo!", gritó, "¡no lo puedo creer, estamos cerca de Perón!", y empezó a tocar bocina como si Argentina hubiese ganado el mundial. Más tarde confesó que había peleado con sus compañeros para hacer ese viaje.

Delante nuestro venían micros escolares y combies. Cada tanto nos pasaba alguna moto o coches de dirigentes políticos –los más caros- o remises y motos con periodistas y fotógrafos. Al costado de la ruta, coches y camionetas cargadas de familias saludaban el paso de la caravana. En un rastrojero, un señor tomaba mate sentado en la parte de atrás. Estaba en cuero y con las patas en el aire. Me vino a la mente la figura del gordo Oscar, que cuando yo era muy chico nos llevaba a la costanera a pescar en una camioneta igual a esa. Lo recuerdo con sus gorritos hechos con pañuelos con cuatro nudos, o pintando la V y la P en la puerta de la casa de algún radical del barrio. Entonces pensé que el peronismo capaz sería eso: un panzón tomando mate en la caja de su rastrojero. Después dije no, por dios, que imagen más trillada. Igual, ya me había perdido la foto.

No sé en que momento nos enteramos de los enfrentamientos en la quinta de San Vicente. Sé que pusimos la radio y que hablaban del tiroteo. El ambiente a nuestro alrededor se volvió espeso. Uno de los pocos movileros que trasmitía desde adentro era el de Radio 10. El remisero lo puteaba y daba golpes en el volante. "¡es un facho de mierda, es un facho de mierda!", gritaba, y por un rato ponía música para tranquilizarse.

Cuando estábamos a menos de quince kilómetros de la quinta, la caravana se detuvo. El aire estaba tenso. En los medios hablaban de armas de fuego: Marcela Tinayre aseguraba en radio 10 que un hombre había efectuado "veinte disparos seguidos con una 3.80". Mi remisero peronista se desmoralizó: hablaba con cuanto vecino de espera podía, para decirle que se había suspendido todo. Entendí su mensaje, y le insinué que no íbamos a retroceder: pase lo que pase, yo tenía que llegar. Pero claro, al avanzar escuchando Radio 10 uno tiene la sensación de estar arrojándose al infierno.

Al rato, la caravana empezó a moverse a paso de hombre y el remisero reaccionó: gracias a su última maniobra quedamos a veinte metros del jeep que arrastraba el cajón. En la radio confundían todo. Anunciaban que Kirchner había decidido no ir, que el acto se suspendía pero que nadie lo había confirmado. Al rato se desmintieron en parte: dijeron que después del ingreso de la policía al predio se había conseguido una 'tensa calma' y que el acto continuaría sin la presencia de funcionarios del gobierno.

Yo no sabía que hacer. Por un lado, estaba seguro de que el enfrentamiento era entre militantes del sindicato camionero y de la construcción. Cualquiera que haya cubierto alguna de sus movilizaciones saben como funcionan sus patotas: lo que generan no es la situación más cómoda para trabajar, porque se mueven en un terreno donde no existe ningún tipo de códigos, y uno nunca sabe a que atenerse.

Por otro lado, quería y tenía que llegar, pero al paso que iba temía encontrarme con la resaca de los acontecimientos del día. Me sentía una versión patética del reportero Zamora, el personaje de Tomas Eloy Martinez que en "La Novela de Perón" viajaba hacía Ezeiza para recibir al General, pero se quedaba atrapado en un embotellamiento en el camino mientras escuchaba por radio como la realidad explotaba lejos de sus ojos. La comparación –similar al que las radios hacían con la masacre de Ezeiza- me dio risa.

No era el único que veía como la historia, una vez tragedia, se repetía como farsa.

En algún momento doblamos por una calle de tierra. La caravana se detuvo, y algunos vecinos del barrio se asomaron para saludar. Otra vez tumulto para tocar la bandera que envolvía el cajón de Perón. Cuando volvimos a salir, se levantó una nube de polvo enorme, tan grande que tardamos en ver la pared de la quinta y las caras de alegría de la gente que entraba a la par del feretro. Estacionamos el coche y el remisero se bajó. Voy con vos, dijo, yo no me pierdo esto por nada.

En la quinta había aroma a gas lacrimógeno y unos pocos miles de personas que se habían quedado después de los incidentes. El palco parecía la foto de tapa de un sargento pepper peronista. Al frente, apretujados arriba de un andamio, un grupo de fotógrafos y cámaras cubría la llegada del cajón. Cuando miraba eso, sentí los gritos y empezaron las corridas. Traté de acomodarme para sacar fotos, pero no encontraba lugar. Me trepé al palco de prensa, y cuando subítodo se había calmado y empezaba el acto. Pero tomó la palabra Moyano y pareció que se pudría todo otra vez. Llovieron algunos palos y botellas, y la policía se acordonó para proteger el cajón del lider peronista. Después, empezó a hablar Cafiero. Y ahí me acordé: se me había perdido el chofer del remis.

Bajé del palco y encaré para la salida. Llegué hasta la puerta y traté de recordar donde habíamos dejado el coche. Me pareció que tenía que seguir hacía la derecha, y caminé 300 metros sin suerte, hasta que lo vi: el remisero estaba en el asiento del conductor, con las manos arriba del volante y el motor en marcha. Me acerqué y me dijo que le había salido "el peronista que todos llevamos dentro", pero cuando vió que se armaba lio volvió al auto. El tipo estaba triste, abatido.

Entonces, entendí mi fracaso: la cobertura había sido un viaje a la nada, un correr detrás de un fantasma que se nos había escapado durante toda la jornada. Y había llegado tarde a todas partes, incluso a los enfrentamientos.

Nos fuimos. Todavía no terminaba el último discurso cuando llegamos hasta la ruta, que estaba desierta. Anduvimos algunos kilómetros y encontramos un altar del Gauchito Gil. Frenamos y nos quedamos un rato ahí, en silencio, mientras en la radio empezaban a dar detalles de quienes habían sido los patoteros. El pie no me dejaba de latir.
















































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