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22/09/2006

Fotos y texto de Sebastián Hacher

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Mi ahijada nació en la casa de su abuela, en el mismo pasillo de Villa 20 donde hoy hubo un incendio intencional. Se llama Florencia, tiene cuatro años y acaba de vivir dos días muy agitados. Ayer, la represión a metros de su casa. Hoy, el fuego que calentó las paredes del cuarto donde a veces duerme.

El jueves a la madrugada, su madre estaba entre los que intentaron ocupar tierras. La idea era que Flor y su hermano dejen de vivir en las casas de uno u otro abuelo, apretados en una cama de una plaza con sus padres, y con los pulmones impregnados de una humedad que en invierno la llena de mocos. No hace falta explicar lo difícil del acceso a la vivienda para una familia de bajos recursos.

Rosario –así se llama mi comadre- me confesó que tenía mucho miedo. Pero dejó a sus hijos con la tía, tomó coraje, y arrancó para la toma. Cuando llegué para sacar fotos, me encontré con que más de trescientas mujeres habían tomado la misma decisión. Una de ellas, Lola, estaba tan embarazada que tenía fecha para hoy.

Al rato de empezar la ocupación, cayó la Policía Federal. Ellos dicen que el terreno –un baldío lleno de ratas y basura– les pertenece aunque no lo usen. La realidad es que ni siquiera está alambrado, y que el cementerio de automóviles que ellos manejan termina a más de cien metros de allí. El gobierno de la Ciudad, que prometió urbanizar Villa 20, dice que las tierras son de ellos, pero que no pueden disponer de esas tierras por un trámite burocrático. Mientras, en la villa casi no se puede alquilar una piecita.

En la tropa policial –unos 500 efectivos de infantería– apenas alcancé a ver una mujer policía. Los comisarios, la mayoría de civil, tenían ese aire castrense que se encuentra en tipos con la personalidad de Astiz. Trajes impolutos, mucha gomina, mirada sobradora: esa actitud de tipo macho que sólo ejerce cuando está frente a alguien más débil.

Cuando empezó la represión, se encontraron con una línea de señoras armadas con ramas de árbol y aguayos. Algunas tenían a sus hijos en brazos. Otras, como Rosario, los habían dejado en sus casa. Pero había más de un policía por cada una de ellas, así que retrocedieron y se metieron en los pasillos de la villa. Todo duró pocos minutos. La policía amagó con entrar a perseguirlas, pero se detuvieron en las entradas como ante una barrera invisible. Muchos, lo ví con mis propios ojos, tenían miedo: sienten que entrar allí es saltar a la dimensión desconocida.

Pero del otro lado, en la punta del pasillo, estaba Florencia. La nena vio las corridas, escuchó los gritos –incluso los de su propia madre– y se asustó. Creo que alguien le dijo que todo era porque se había perdido un bebé, y su imaginación de cuatro años hizo lo demás.

Yo no soy un gran pedagogo, me dicen. Florencia es mi única ahijada y trato de consentirla. Una de mis mayores preocupaciones es que se divierta y juegue lo más posible. Creo que se lo merece, que es el momento justo para hacerlo. Nuestro juego favorito es el baile del “chuchuá”, una canción de Piñón Fijo que dice “compañía, brazo extendido, puño cerrado…”. La última prueba de ese juego es cantar con la lengua afuera. Cada vez que lo hacemos somos dos payasos riéndonos de nosotros mismos.

Ayer, cuando la situación se calmó fuimos a comprar chupetines al quiosco. Alcé a Flor a upa. Aunque cada día esté más pesada, en esos momentos me permito que se tome las licencias que todos necesitamos. Ella me contó su teoría sobre el niño perdido que había alborotado al barrio, y no quise contradecirla: lo único que me importaba era convencerla que todo había terminado. Pero claro, todavía quedaban cien efectivos de infantería formados frente al pasillo de su casa. Imposible negar su presencia, imposible esquivarlos. Quise naturalizar su presencia y le propuse a Flor practicar una versión light del chuchuá, sin las patas de pingüino pero con el cuello fruncido.

Ella se puso muy seria y me dijo "acá no, padrino, que nos puede ver la policía".


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La de hoy parecía una marcha más. El objetivo era mostrar el contraste entre los 16 millones de pesos gastados para la construcción de un estadio de tenis y el olvido que sufren los habitantes del sur de la ciudad. Aunque para hacerlo alcanzaría con obligar a los políticos a un tour en el premetro que atraviesa Soldati y Lugano, los manifestantes se propusieron llegar hasta Parque Roca, allí donde se inauguraba la Copa Davis. Fue la mejor forma para hacerse visibles que encontraron.

Pero la policía valló las entradas, y la movilización se estancó a doscientos metros de Villa 20, el escenario de la represión de ayer. Los medios festejaron la “normalidad”. La única queja, dijeron algunos periodistas deportivos, era que desde el palco de prensa no se escuchaban los piques de las pelotas.

A las 11:30 vimos la columna de humo. Alguien avisó que era la casa del Pelado. Algunos empezaron a correr. Como la villa está en un pozo, desde arriba ya se veia que sí, que era su casa.

El Pelado estuvo ayer en la toma de tierra: fue a apoyar a sus vecinos de toda la vida, muchos de ellos inmigrantes paraguayos que llegaron al país hace más de 20 años. Por la ocupación de ayer, pero mucho antes por su oposición a que se construya un polo farmacéutico en la zona, varios de los vecinos de ese pasillo recibieron amenazas. Desde siempre, en el barrio existieron las burocracias de la pobreza. Algunos de esos grupos son mafias de ocasión que se alquilan o venden a los políticos de turno, a cambio de manejar la ayuda social y desviar una parte para provecho propio. Los políticos de todos los palos recurrieron y recurren a esos grupos que les son funcionales: organizan campañas, compran votos, replican promesas y administran la miseria. Protestar contra el olvido, es también protestar contra ellos.

Esta mañana, cuando la hija del Pelado vio que algo con fuego entraba por la ventana de su casa, supo que era un mensaje de esos mafiosos. Estaba sola y atinó a salir corriendo. Los vecinos, después de unos segundos de shock, armaron dos pasamanos. Uno para el agua; el otro, para intentar salvar los muebles y la ropa. Los bomberos de la Policía Federal llegaron 20 minutos después. En los medios luego se dirá que fue “por lo difícil del acceso al predio”, pero lo cierto es que tardaron más del doble de tiempo que ayer, cuando la policía llegó para reprimir.

En medio del incendio, hubo pequeñas batallas particulares. Una fue la de los animales. Perros bajados de los techos por varios vecinos, gallinas que se tiraban de un segundo piso, y hasta un gato mareado que fue a meterse al incendio y quedó colgado de un cable de electricidad.

Al final, el incendio se apagó a dos puntas. De un lado trabajaron los bomberos. Del otro, decenas de vecinos que se subieron a los techos y se pasaban baldes de agua de mano en mano.

Ayer le saqué una foto al Pelado en la puerta de su casa. La infantería avanzaba y él estaba en la puerta, con su gorra roja, mirando que pasaba. Hoy esa casa, y la de los vecinos linderos quedaron destruidas.

Pero el daño fue mayor: en lo del Pelado viven, vivían, cinco familias.

A Florencia se llevaron cuando empezó el fuego. Estaba conmocionada por el humo y el escándalo de gente, pero la mala suerte quiso que nos crucemos justo en el momento en el que yo llegaba. Yo no la ví, pero ella vio como entraba en esa bola de humo espesa. Para ella, me había tragado el incendio.

Cuando las cosas se tranquilizaron un poco, nos encontramos y nos dimos un abrazo enorme. Yo estaba bastante shockeado. Ella me dio su versión de los hechos: dijo que se había prendido fuego la casa de su abuela y –otra vez– que se había quemado un bebé. Para tranquilizarla, la llevé hasta la puerta de la casa. En el pasillo ya no quedaba humo, y varias mujeres estaban mirando los daños. No recuerdo que le dije. Sé que mantuvimos un diálogo simpático, y que a ella le pareció todo un juego. Largó una de esas sonrisas con las que compra a todo el mundo. A las señoras del pasillo les causó gracia y todos nos reímos un poco. No tengo idea hasta cuando llega la edad de jugar, pero ojalá pudiera durar para siempre.



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Fotos de la represión de ayer


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