31/12/2005BUENOS AIRES
A un año de la masacre de República Cromañón
Luis Maria Herr / Sebastián Hacher para
Prensa De Frente.- Miles de personas se movilizaron hoy 30 de diciembre, a un año del incendio del boliche Cromañón. La movilización partió de Plaza de Mayo y se dirigió a Once. En ambos lados se realizaron varias actividades culturales y conmorativas, además de exigir jucio y castigo para todos los responsables de la masacre
Humildes, trabajadores, solidarios (texto: Prensa De Frente, publicado el 17 de enero de 2005)
¿189 ó 191? Durante días la noticia es el número, el listado. Más allá de algunas historias presentadas desde un amarillismo que sólo busca vender la noticia, poco se dijo de los pibes y pibas que fueron masacrados en Cromañón. Repasando las historias con otro enfoque, se evidencia que, una vez más, las vidas cercenadas pertenecen a una juventud humilde, trabajadora y solidaria.
Pablo, 23 años, era aprendiz de matricero, empleado en un quiosco y estudiante de computación; Yaky, de 29, trabajaba de camarera, era periodista en una FM de Caseros y organizaba festivales solidarios para el hospital Borda;
Sergio, de 23, después del secundario había trabajado en una estación de servicio, en una verdulería, y ahora trabajaba en el hipermercado Auchán de Quilmes; Luis, de 28, trabajaba en Crónica TV, vivía en uno de esos barrios “piqueteros” de Monte Chingolo (el mismo de donde había salido Darío Santillán aquel día en que lo mataron en Avellaneda);
Sebastián tenía 32, era profesor de fútbol en la “Villa Tranquila” de Avellaneda, guardavidas en el Club Regatas, y empleado de la municipalidad de Lanús; Mario, de 31, vivía en Isidro Casanova, y trabajaba con un puesto en la feria de La Salada; Hugo tenía 26, era facturero en la panadería “La reina de las flores” y bajista de La Trifulca, vivía en González Catán;
Nicolás, de 22, recién recibido de periodista en DeporTea salía a buscar trabajo con su currículum lleno de experiencias radiales de barrio; Gabriela, 15 años, vivía en el barrio Adolfo Sordeaux de Malvinas Argentinas; tenía pensado diseñar y vender ropa de rock con unas amigas, para un local de ropa usada del barrio;
Emiliano, de 21, había sido cocinero en el Club Sportivo Varela, estudió panadería y cerrajería, era bombero voluntario en Villa Soldati; Sebastián, 24 años, empleado de un centro de fotocopiado; Nicolás, de 17, había dejado el colegio para trabajar en un estudio de dibujo, que era su vocación; Bárbara, 19, quería ser periodista deportiva y como la plata no le alcanzaba, trabajaba repartiendo volantes en Ituzaingó por cinco pesos al día; Sebastián, de 27, era vendedor de flores en la esquina de Beiró y General Paz;
Sergio, 21 años, era empleado de una dependencia del gobierno de la ciudad: Juan Pablo, de 20, vivía en Villa Diamante, trabajaba en la panadería “Antonella” junto a toda su familia y era cantante del grupo Los Condenados; Leonardo, 23 años, estudiaba para recibirse de contador; trabajaba en una oficina; Florencia, de 18, completó la escuela nocturna, y aunque había trabajado de empleada en una cadena de hamburguesas, quería ser actriz;
Pato tenía 21, trabajaba haciendo la limpieza en Cromañón porque nunca le había salido un crédito para poner un cibercafé o una servicio de mensajería con su compañera, con quien colaboraba en la Asamblea Barrial de San Telmo, donde la velaron;
Mariana, de 17, vivía en Villa Escaso, González Catán, vendía cosméticos, ropa y comidas, y se había anotado para estudiar Relaciones Laborales, pensando que en dos años, con el título intermedio, podría trabajar;
Gastón, 25 años, se estaba por mudar con su hermano a un departamento de Villa Celina y para pagar las cuotas del préstamo trabajaba de empleado en la organización de los planes sociales del gobierno bonaerense; Gustavo, de 21, era dibujante; se había anotado en Diseño Gráfico de la UBA: cuenta su hermano que para ellos “la prioridad era estudiar”, como les había enseñado el viejo, un laburante.
Muchos de ellos: Julián, Sebastián, Sergio, Emiliano, Nicolás, entregaron su vida de la misma forma en que lo había echo Darío, otro joven trabajador y solidario asesinado en la masacre de Avellaneda: socorriendo a otros pibes caídos.
Otro centenar de historias completan la lista, que así descripta, cobra otro sentido. Una lista que no empieza en Cromañón, a la que hay que agregar a Darío y a Maximiliano, asesinados en el Puente Pueyrredón; a Gastón Riva y Gustavo Benedetto, motoqueros, a Petete Almirón y los otros 30 jóvenes asesinados el 19 y 20 de diciembre de 2001; a Oscar Barrios y los otros cuatro jóvenes asesinados en General Mosconi; a gran parte de los 30.000 desaparecidos por la dictadura militar.
Por decisión o por omisión política, siempre en resguardo de los privilegios de unos pocos, también la masacre de Cromañón nos muestra cómo esta sociedad capitalista mata a sus propios hijos.
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