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20/06/2010
A PROPOSITO DE PENSAR LA NACIÓN... DE MAZZEO
La agónica cadencia de una carencia

A partir del texto de Miguel Mazzeo A propósito del Bicentenario de la Revolución de Mayo publicado en este portal el 12 de junio, el historiador y militante de Socialismo Libertario, Fernando Aiziczon, envío el siguiente artículo en el cual discute con Mazzeo la vigencia y posibilidad de reivindicar un horizonte nacional emancipatorio y anticapitalista.


Y si tantos personajes importantes toman un tono vengativo o lloroso para protestar ante el cielo contra un tiempo despojado de virtudes, no es, en palabras del profeta, que ese ‘espíritu’ ya no exista; es que ya no habita entre ellos. No es que falte. Les falta - M. De Certau, “Las revoluciones de lo creíble” -

¿Donde está la búsqueda de lo nuevo, el esfuerzo en la construcción de otra realidad por venir, el despegue de lo que ya no puede seguir siendo?, ¿qué evidencia el renegar de lo que no se tiene?, ¿qué dice del nosotros la incomprensión de los otros?, ¿quién detenta el poder de señalar la gran falla?, peor aún, ¿qué clase de práctica es aquella que señala la falla en el otro? La arbitraria causalidad de unos 200 años de algo, operó como emergente de otros temas no menores para la militancia actual. Carambola del destino en que nos toca intervenir, pero también del momento que posibilita el descubrirnos.

Desde el Interior -ese nombre que designa un espacio geográfico multiforme que opera como continente contradictor de la metrópoli porteñocéntrica- el acontecimiento del Bicentenario se vivió mayormente por televisión, casi diría que la gente esperaba la señal de que allá pasaba algo para metamorfosearse en patriota: por las dudas, desde la televisión pública nacional, Felipe Pigna nos comentaba y explicaba (porque él tiene que explicar todo) qué significa (porque para él todo significa algo) cada huevada del megaevento del Bicentenario: los papelitos esos que arroja la mujer colgada de la soga representa los años nefastos de la convertibilidad que tanto daño nos hizo como país, como proyecto de país …y así ocurría con cada movimiento de cada participante de la performance bicentenaria. No había lugar –ni puede haberlo de esa manera- para otras interpretaciones. El papelito que cae es eso y no otra cosa. Gracias Felipe, que pase el que sigue.

A mi me surgió nuevamente aquella pregunta que quizás muchos se formularán: ¿Por qué tiene tanto éxito este tipo (o mejor dicho: el mensaje que se enuncia a través de ese tipo)?, algunas respuestas pueden ser: porque murió Félix Luna (¿o ya era exitoso Felipe?), porque sus libros no están pensados en varios y eternos volúmenes, porque escribe fácil, porque se prendió hábilmente del escroto de Pergolini, porque habla claro…por muchas cosas más, seguro, pero por sobre todo, lo digo como hipótesis, porque acertó en aquello del MITO. Los mitos de la historia argentina. Sólo que no pensó en que, inconcientemente, el recurso al mito expresa también que el mito es la historia nacional misma, venga de donde venga. La historia, entendió la gente, es un mito tras otro. La noción de historia, la vida-mito, eso es lo que prendió. Claro que no está así formulado en boca de quienes lo leyeron o le siguen por tele o por radio, pero si no nos tragamos literalmente la vida tal como creemos verla, no resultaría desfachatado pensar en que tal éxito del mercader de la nación del siglo XXI reside en acertar en que somos en base a mitos. Los héroes desmitificados resultan ser de carne y hueso. Las estatuas son reemplazables por otras. ¿Y las naciones?, ¿Publicará en el futuro algún otro inteligente historiador una obra como Los mitos de las historias nacionales argentinas?

Gran parte de la sociedad argentina, en especial aquella en la que encontramos a los jóvenes, hace rato que mutó a su mito de nación por otros, hace tiempo que se alejó del que la proponía como sustrato junto a los conceptos que inevitablemente la acompañan y le otorgan real sentido, porque nos guste o no, la nación sola, aislada, no expresa nada: ella es algo de la mano del Estado, los partidos, la Iglesia, los sindicatos, los empresarios… ¿seguimos? las guerras, los ejércitos.


¿Juventud, horrendo tesoro?

Iremos al cruce de algunas ideas que lanza Miguel Mazzeo, compañero sin dudas valioso, y que escribe copiosamente sobre temas candentes que arremolinan la militancia actual. Considero que muchos de sus textos son esenciales en ese territorio. Pero a veces ese mismo territorio es una intemperie sin fin. Se escribe sin respuestas. Intentando entonces conjurar esa condición es que le tiramos estos amistosos caños.

El planteo de Mazzeo es un planteo enojoso, alejado, quizá sin querer, de toda intención de comprender qué pasa en esta porción del mundo. Apunta a unos poco descifrables blancos: los “jóvenes”, la “izquierda” (sabemos que hay varias, ¿a cuál le habla?, ¿a la que escucha algo?, ¿o a la que no tiene sentido hablarle, porque no escucha?). Su escrito posee un tono prescriptivo que contradice el espíritu del militante crítico, y de rebote, rechaza poner en cuestión a uno de sus grandes puntos ciegos que su mismo lápiz expone sin protección: la nación. Sobre la lógica histórica que todo lo explica no nos detendremos acá.

Las ideas que lanza Mazzeo giran en torno a varios supuestos no muy distantes de las líneas anteriores y que simplificados serían los siguientes:

-La militancia de izquierda posee dificultades desmedidas. Nosotros la señalamos porque sabemos del justo medio óptimo para encauzarla.

-La juventud militante argentina es carente, le faltan cosas, se pierde, y porque carece de algo debe de ser repuesta según tal o cual medida de lo que creamos correcto, políticamente hablando.

-El neoliberalismo posee una fuerza explicativa TODOPODEROSA; todos aquellos que lo sufrimos y/o vivimos estamos calados por sus más nefastos efectos: el economicismo nace allí, el desprecio a la condición territorial es su temerario legado, la falta (otra más y van) de referentes históricos es su característica. Y así.

-Los jóvenes repudian lo nacional, y en la misma medida rechazan los grandes relatos históricos.

-Existen estampitas con nuestros símbolos nacionales más queridos.


Hay otras quejas como las que refieren a supuestas dificultades a la hora de pensar lo “no liberal” y lo “no burgués” (y por extensión, lo “no nacional”)… Uno podría contestar, simplemente, con que no entiende en qué reside tal problema. Pero sigamos.

Sostiene Mazzeo: Por cierto, después de la última dictadura y de más de un siglo de relatos militaristas y reaccionarios sobre la nación, se ha tornado difícil formular una idea de nación no emparentada con lo más abyecto. Perfecto, coincidimos, ¿pero por qué sólo hasta ahí llega nuestro compañero, sin profundizar la idea hacia la eliminación de todo lo que sea relacionable con lo más abyecto de nuestra historia?

Pregunto: ¿Cómo se puede dejar librada a la suerte de tres renglones los efectos de una dictadura feroz (que pretendía salvar a la NACIÓN…¡Oh Dios!)?, o ¿Cómo se pretende conjurar más de un siglo de relatos militaristas y reaccionarios volviendo justamente a insistir sobre la nación abyecta?

Dando una vuelta de tuerca al planteo de Mazzeo, ese desprecio hacia lo nacional puede pensarse como saludable y digno de cultivarse mucho más, o perfeccionarse, delinearse, volverse arma política potente. Porque es un desprecio político generacional, me explico: lo nacional, la bandera, el himno, las marchas militares que de jóvenes y en plena dictadura nos obligaban a aclamar, o los próceres, el respeto al monumentalismo, al escarapelismo…todo eso se fue al tacho de la mano de la nefasta experiencia estatal-nacional-escolar de quienes nacimos y nos criamos en la Argentina de los 70s-80s para acá: cantar con voz firme nuestro himno, tragarse aquello de la promesa a la bandera (¡con apenas 11-12 años!, ¿quién entiende eso?, …Y de inmediato ocurrió lo de Malvinas, y para todos esos pequeños hombrecitos que éramos adictos al juego con soldaditos se nos presentó el horror de la muerte…la muerte-nación, la guerra-nación), la memorización absurda de fechas históricas, el reto por ignorante cuando no distinguíamos entre el 9 de julio y 25 de mayo (“fue el primer grito de libertad” repetíamos de chiquitos sin comprender nada), la rigidización de los cuerpos frente al “ejército patriota” en los desfiles o de cara a nuestra “enseña patria”, el olvido o el invento de las letras del resto de las canciones …todo un síntoma.

Esa es la nación experimentada y tallada en los cuerpos de varias generaciones de jóvenes argentinos y sobre la cual Mazzeo apunta con enojo.

Luego, los que se criaron en los ’90 experimentaron la explosión de todo ese mundo podrido: se equivocan quienes ven en esa década una monotonía neoliberal, o un apoliticismo; allí también germinó ese fenomenal desprecio “argentino” hacia el policía (yuta puta), el repudio a todo lo que huela a militar, la posibilidad de la violabilidad de las leyes y normas sociales (los saqueos, las fábricas recuperadas, las tomas de tierras, etc. podrían pensarse por ese lado también). El Que Se Vayan Todos fue posible también por esa conjugación de irreverencias frente a lo nacional-estatal (1).

Pensemos en otro ejemplo que corre por la misma senda: el ineficiente lema actual de rescatar o volver a la “cultura del trabajo”, es decir, la nostalgia por la imagen del proletario responsable, explotado pero cumplidor, que eventualmente se rebela cuando su patrón no lo contempla como tal…allí están los adjetivos de toda calaña contra la juventud ociosa, esa que no conoce de ritmos de trabajo ni de reverencias hacia autoridad alguna. Las escuelas son en ese sentido un territorio de explosión social. Todos lo sabemos. Por docentes, por padres y madres, o por haber transitado (o sufrido) por allí. En ese lugar tan modernamente carcelario comienzan los primeros síntomas de desarreglo estomacal antinacional.

Yo diría que la escuela es el momento-situación en donde, al revés de las vacunas que nos pusieron de chiquitos (y que después de grandes son los fármacos que nos tragamos porque sí), comenzamos a experimentar los verdaderos anticuerpos que nos pueden llevar a ser autónomos, críticos, libres. ¿Quién se entusiasmó alguna vez con las fechas patrias?, ¿quién se sintió realmente San Martín o Belgrano(2)? , ¿Quién entendió si éramos realmente libres?, o peor, desde la experiencia de la escuela ¿que significaba ser libres?...

Respuesta: la libertad era (y es) el escape de esos lugares materiales y simbólicos…la indescriptible sensación de libertad que se siente con la experiencia de la chupina en la secundaria, o el faltazo por enfermedad fingida para quedarnos en casa en la primaria. ¡Vivan las chupinas! ¿Qué diremos sobre ellas?, ¿que son protagonizadas por jóvenes que no saben lo que son los libros, que les faltan referentes históricos y sólo buscan los virtuales, que carecen de un sentimiento nacional, que poseen una afinidad electiva equivocada hacia el Facebook planetario y no hacia la escarapela de la nación argentina?

Insiste Mazzeo: Pero ocurre que la nación no ha dejado de funcionar como elemento de identificación de las personas en todo el mundo. ¡Vamos!, tampoco el capitalismo (el gran motor de las naciones) ha dejado de funcionar, ni el sabor de la Coca- cola, ni la elaboración de DNIs que también sirven para identificar personas…Que algo sea motor de identificación de personas, y bueno…, sólo puede aumentar la sospecha sobre la carga ficticia de semejante proceso. Que la identificación sea inescindible de cierta condición humana no quita que podamos pensar en transformarla, siempre y cuando, claro está, la consideremos una barrera, un obstáculo hacia la construcción de una política radicalmente diferente.

Otra frase: Es más, creemos que las condiciones democráticas radicales y el poder popular sólo tienen futuro si logran coagular en marcos nacionales. ¿No suena esto a un nacionalcentrismo exacerbado? ¿Y por qué no pensar en marcos transnacionales, o sin nación?, ¿no sería de esta manera verdaderamente radical aquella propuesta?, ¿Acaso disponemos de algún ejemplo histórico disponible –sin piruetas anacrónicas- para seguir martillando con la nación?

Se dice también que la nación permite la unidad política y la supervivencia de las clases subalternas; pero quizá debamos pensar en que ellas necesitan menos de una nación y más del capital (o de ambos armoniosamente juntos) para su supervivencia, o quizá, y de esto sobran ejemplos históricos, la nación sea efectivamente las que las unifica políticamente, aunque debamos aclarar que sólo lo hace de cara a un enemigo, que muy probablemente sea, otra nación… y así de fácil se arman las guerras.

Se homologa la nación a clases subalternas, y de allí se legitima su uso. Yo no entiendo por qué la nación debe pensarse como sinónimo de clases subalternas: parece mejor decir que no es posible imaginar una “nación subalterna” a secas, o al menos sería una quimera, pues los “intereses nacionales” no son exclusivos de los de abajo, porque la nación, justamente, se erige, y lo ha hecho históricamente en argentina, sobre una idea de armonía policlasista, ¿o acaso los grandes terratenientes argentinos no poseen su nación también?

Seamos sinceros: no es tan desatinado –en tono irónico- colocar entonces en el mismo plano del absurdo el intento de construir algo que nunca fue hecho totalmente desde abajo con algo que aún no se inventó, pero que bien vale la apuesta: la identidad sin nación. Entre un absurdo y otro, me quedo con el segundo. Al primero ya lo conozco.

Yo apunto a que la nación se rompa en mil pedazos, que se vaya al tacho junto al patriarcado, la lógica histórica y otras monstruosidades humanas, que se hundan esos vestigios generadores de fronteras, límites, exclusiones, otredades guerreras. Apostemos a vivir sin su mística. De hecho, ya podemos vivir perfectamente sin ella, lo que significa que no estamos hablando al aire: la nación hoy no resulta muy creíble. Una muestra lo indica el nulo debate sobre el Bicentenario.

No ignoro que nuestro gesto desmitificador de narraciones como el de la nación no suponga una creación, a posteriori, de otros tantos nuevos mitos (héroes, profetas). Pero este no es un problema ni una contradicción; es, a la actualidad de nuestra subjetividad, inevitable, pues aún no sabemos si podemos sobrevivir sin mitos. Intentamos superar esa condición, pero nos cuesta bastante:


"Nadie consiente en ser enterrado vivo, y la magnificencia de la tumba no hará encontrar más placentera su estancia"


En el proyecto de construcción de una voluntad política que genere una nueva idea de emancipación (que es a lo que estamos apostando) debemos poder ponernos como desafío el romper con los vestigios que remiten a experiencias indeseables, impotentes, increíbles.

Si hoy escuchamos, apostamos y participamos de un nuevo horizonte de experiencias que se expresa también en palabras como Madre Tierra, Crisis Civilizatoria, Otro Mundo Posible, Pueblos Originarios, o tantas otras referencias que se siguen multiplicando bajo el supuesto de que somos todos en un mismo MUNDO, pues allí la vieja idea de nación sólo mantiene un amargo vínculo con un proyecto que a las claras es incompatible…

Se trata de abrir, no de cerrar. En la medida en que nos obstinemos en ello (en cerrar) sólo nos condenaremos a culpar, sin saberlo, nuestra propia incomprensión.

Adiós a la nación, y a lo argentino también . Y el himno, se los regalamos a las bandas militares, o a los Pumas para su mundial de yuppies. Ellos sí saben de cantar con energía el himno nacional. A ellos les sirve para derrotar a sus enemigos.

¿Qué (no) hacer?: derribemos los vestigios de la vieja izquierda, ¡sí!, pero también seamos verdaderamente audaces y derribemos los otros vestigios, como el de todo nacionalismo que persiste (¿fuerza?), sin éxito, en no soltar el último trago a la teta-nación.


Ojala la nación algún día desaparezca, y entonces podamos vernos en todas las caras.



Río Ceballos Soho, 78 de mayo (Año del Tigre)

Notas:
1- De seguro se puede objetar que con esa misma irreverencia se secuestró, se robó, se violó…Pero una matriz cultural como la que envuelve a los argentinos puede disparar para cualquier lado.
2- Más de uno puede haberlo sentido, no lo niego, pero desde que se inventó el psicoanálisis sabemos mejor que antes que San Martín o Belgrano éramos monigotes agradando a nuestros maestros y padres fingiendo ser adultos como ellos. ¿Por qué los niños/as deben simular ser grandes?

Comentarios:

Miércoles 23, Junio 2010 - 14:22 hs.
Comentario de: Carlo Muggeri [Visitante]
Una finisima pluma realmente...lastima que las doñas del barrio donde laburo no le entenderian ni jota!!!! Pero quizas soy yo el psicotico...veo ordas de jovenes que reniegan del ser nacional!!! Que enarbolan banderas con la A de la anarquia que destroza el circulo burgues que no puede contenerla!!!!! No veo pibes a los que una nacion (no toda, una) no los contubo,los sumergio en el paco y la indigencia, no veo jovenes que votan a Macri y a Denarvaes... Que lastima que se murio Saramago...haria varios ensayos sobre distintas cegueras....
Miércoles 23, Junio 2010 - 15:03 hs.
Comentario de: Piluso [Visitante]
Eh Carlo, de que doñas hablás? De las de tu barrio norte o palermo?
Miércoles 23, Junio 2010 - 22:16 hs.
Comentario de: carlos Muggeri [Visitante]
No, Piluso!!!! Doñas de las clases sumergidas!!! Claro, lo que pasa que por ahi algunos "zurdos" no las reconocen porque hablan para la docta academia de filo. Y si se acercan a un barrio al intento de una accion revolucionaria no hacen mas que resaltar su burguesa realidad. Las del pueblo al que nunca han podido entender algunos "compañeros", y menos aún, y mucho más importante que entender, acompañar. Sigan soñando en hacer la revolucion sin el pueblo...asi les va...Ahh!!!, por ahi no pueden..poque para eso por ahi se tienen que quedar libres en las materias de filo...


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