21/05/2010ESPECIAL BICENTENARIO
La alternativa estatal-nacional
Por Miguel Mazzeo -Así como se ha destacado el papel de los Estados nacionales en la globalización neoliberal insistimos en la posibilidad de un papel de los mismos en sentido contrario (del neoliberalismo). Muchos creen que la lucha contra un enemigo global solo puede ser global. Según Michael Hardt: "la alternativa al imperio del capital global y sus instituciones sólo se encontrará en un nivel igualmente global, a través de un movimiento democrático global"-1- . Nosotros pensamos que lo nacional juega un papel fundamental en la lucha contra las tendencias de la globalización neoliberal y que la clave antiimperialista posee renovados alcances.
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La liberación nacional y la revolución social (...) son, en una medida cada vez mayor, el resultado de una elaboración local y nacional, influida en mayor o en menor medida por factores externos (...) pero determinada esencialmente y constituida por la realidad histórica de cada pueblo y lleva al triunfo a través de la superación o de la correcta solución de las contradicciones internas entre las diversas categorías que caracterizan a la realidad”
Amílcar Cabral
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...Y lo nacional ¿qué es? Antepuesto a clasista ¿qué es? Es el lenguaje de Rucci, de Taccone, de los fascios, de los yanquis...”
Agustín Tosco
Así como se ha destacado el papel de los Estados nacionales en la globalización neoliberal insistimos en la posibilidad de un papel de los mismos en sentido contrario (del neoliberalismo). Muchos creen que la lucha contra un enemigo global solo puede ser global. Según Michael Hardt: "la alternativa al imperio del capital global y sus instituciones sólo se encontrará en un nivel igualmente global, a través de un movimiento democrático global"-1- . Nosotros pensamos que lo nacional juega un papel fundamental en la lucha contra las tendencias de la globalización neoliberal y que la clave antiimperialista posee renovados alcances. Porque existe un ordenamiento jerárquico y por ende desigual a nivel internacional en el que se inscriben los Estados nacionales. Porque detrás de cada corporación transnacional hay un emplazamiento nacional con estrechos vínculos estatales. Porque el capitalismo y la matriz temporo-espacial que le es inherente se caracterizan por una tensión entre la universalización-homogeneización y la particularización-fragmentación. De hecho la nación puede verse como “saldo” de esta tensión. Según Leopoldo Marmora: “Esta contradicción entre el carácter universal de la temporalidad capitalista, por un lado, y la necesaria existencia del capital en forma de muchos capitales individuales, en relación de recíproca competencia y por lo tanto refractarios y hostiles entre sí, por el otro lado, condiciona la necesidad del estado nacional-burgués”-2-.
Por su parte István Mészáros afirma que: "los antagonismos estructurales entre el capital transnacional en expansión y los estados nacionales son inseparables de las profunda contradicción entre (1) el monopolio y la competencia, (2) la creciente socialización de la producción y la apropiación discriminatoria de sus productos y (3) la creciente división internacional del trabajo y la tendencia de las potencias nacionales más fuertes a la dominación hegemónica del sistema global..."-3-.
Creemos, además, que lo local podría tener perfectamente, y hasta diríamos que en cierta instancia necesariamente, la dimensión del Estado - nación. Claro que esta afirmación no debe confundirse con la negación de una totalidad más amplia y condicionante.
Por otra parte nos parece incorrecto considerar como contradictorias a las formas nacionales (o de "soberanía") y no nacionales (o de globalización alternativa) de responder a las fuerzas dominantes de la globalización. Sobre todo porque los cuestionamientos al orden jerárquico y asimétrico de la globalización realizado por los que asumen la defensa de las formas nacionales no se oponen a los planteos de globalización "democrática e igualitaria" o "humanista y solidaria". La forma nacional reconoce que uno de los rasgos salientes de la globalización neoliberal ha sido la acentuación de las diferencias entre los países ricos y pobres y la acentuación de las diferencias en el marco de los propios países periféricos, a partir de este diagnóstico ha fundamentado estrategias que le asignan un rol preponderante al Estado - nacional.
Creemos que no tiene demasiado sentido oponer, aunque si se pueden comparar, las distintas formas de lucha contra la forma de globalización impulsada por el capital financiero y los organismos transnacionales.
Lo cierto es que parece improbable que el capital global (y las fuerzas populares) pueda prescindir del Estado - nacional. Las empresas capitalistas se vinculan con el sistema mundial a través de la mediación del Estado - nación. El Estado le asegura al capital global la transferencia del excedente, determina quien gana y quien pierde y modifica los marcos institucionales. La dominación sigue organizándose sobre la base de los Estados nacionales y por eso siguen siendo un espacio de disputa de proyectos, de significados. En este contexto, cabe reactualizar el debate sobre la capacidad emancipadora de significantes como “nación” y “patria” (es decir, sobre la “cuestión nacional”). Vale tener presente que en nuestro país, a partir de la década del treinta, el nacionalismo se constituyó en un elemento de disputa ideológica-4-.
Nosotros consideramos que la nación puede ser (en realidad puede volver a ser) un espacio proyectado de emancipación, el locus de una dialéctica de la emancipación-5-. Y aunque la Nación sea cada vez más chica para la inconmensurable dialéctica emancipatoria, ¿no es un punto de partida o una instancia insoslayable por la pervivencia de ciertos elementos homogéneos, por historia, porque en los sectores populares, a diferencia de lo que sucede en los sectores dominantes, no se puede disociar el interés personal del destino nacional, etc.? ¿No es perfectamente lícito considerar a los escenarios nacionales como un asiento localizado de la lucha a partir de la valorización de la experiencia concreta del pueblo? Además ¿No se están reeditando las formas del viejo internacionalismo abstracto bajo un nuevo antiglobalismo abstracto? Hoy, desde algunos sectores de la izquierda, se plantea que la “globalización” (o la “mundialización”) esfuma la cuestión nacional, lo que encamina al reestablecimiento de una relación simplista y unilateral entre burguesía y nación. La misma relación causal e instrumental de la que partieron Marx y Engels y que sirvió de fundamento a la teoría marxista de la Nación y que remitía, en última instancia, a la dinámica determinista entre infraestructura y superestructura-6-.
El problema nacional no puede ser soslayado porque está en relación directa con la cuestión de la transición entre las condiciones del presente y el orden del futuro y con el debate sobre las mediaciones materiales y los instrumentos funcionales aptos para la tarea emancipatoria. La transición no puede ser planteada en términos ideales y abstractos, por el contrario, sus formas asumen escalas temporales y un carácter nacional específico. Lo nacional nos plantea entonces la necesidad de encontrar las mediaciones materiales e institucionales más apropiadas para nuestro pequeño rincón del mundo. Se trata de articular la idea de nación con un nuevo sistema hegemónico, de pensar en términos de hegemonía nacional, de construcción de una nación popular democrática, lo que implica pensar los efectos de la nación sobre la burguesía, de la superestructura sobre la infraestructura. La nación es un producto activo. Existe una estrecha relación entre lucha de clases y nación, relación entre sus lógicas porque clase y nación son variables interdependientes. Hay una relación orgánica, porque infraesturctura y superestructura constituyen una unidad (un bloque histórico). No hay nación sin sistema de hegemonía. Mal que pese, las clases existen en la nación y no en el vacío.
Reconocemos la existencia de fuertes constricciones en el sistema interestatal, y los fuertes condicionamientos a los que está sometida cualquier estructura estatal específica, aún la más revolucionaria. Ahora bien, reivindicar otras estructuras no estatales o una supuesta red transestatal revolucionaria no constituye una alternativa, por lo menos no en el corto plazo ¿Cuáles son los instrumentos para resistir las presiones externas? Si tenemos dificultades para articular luchas en un barrio, el mundo como horizonte de nuestros afanes articulatorios nos parece aún muy lejano. Si los Estados no pueden moderar los procesos de la economía mundial y la voracidad del capital, menos puede hacerlo una pequeña comunidad. ¿Si sostenemos que es imposible el "desarrollo nacional" por qué suponer que la economía informal en escala barrial puede ser una alternativa?
Por otra parte notamos que hasta ahora las más sólidas y extendidas alternativas al sistema interestatal y al significado tradicional de los estados no son precisamente un avance: organismos financieros transnacionales, actividades "procaces", fundamentalismos, etc... Las alternativas no nacionales se caracterizan por su debilidad. La alternativa global aparece como difusa. En este sentido debemos tener muy presente que la crisis histórica (que suponemos terminal) de las formas tradicionales que asumieron los movimientos de liberación nacional, los populismos y los socialismos "reales", ha generado un vacío que ocuparon fuerzas reaccionarias.
Todo parece indicar que al interior y frente al sistema interestatal los organismos locales tienen menos posibilidades que las estructuras estatales específicas. ¿Desde que lugar distinto al Estado podemos alterar el orden asimétrico del sistema interestatal? Por momentos parece que nuestra incertidumbre nos lleva a confiar excesivamente en las perspectivas de una lucha contra un poder transterritorial desde los organismos locales. Criticamos la forma alienada del Estado político moderno pero eso no quita que consideramos necesario el ejercicio de "las funciones mediadoras primarias de la administración y la promulgación societal de las reglas"-7-, ejercicio que debe ser colectivo y democrático. En todo caso se trata de remodelar las funciones mediadoras primarias para que sean propicias a la autorealización humana.
En el mediano plazo no vemos alternativas históricas a la estatalidad. Las organizaciones populares autónomas pueden presentarse, en términos de Arrigui, Hopkins y Wallerstein como "alternativas intermedias que no parecen plantear alternativas a largo plazo a la estatalidad", es decir: ámbitos a desarrollarse en el marco de las jurisdicciones formales de los estados "y convertirse en terrenos móviles para los movimientos antisistémicos..."-8-.
¿Estamos en un mundo en el que solo queda la confrontación abierta entre las fuerzas del capital y las fuerzas anticapitalistas a escala global? ¿Qué posibilidades tienen las fuerzas anticapitalistas, fragmentadas, desarticuladas, frente al capital cada vez más centralizado, homogéneo e implacable? ¿No existe un espacio que nos brinda la posibilidad de oponer proyectos estatales alternativos, de disputar el sentido de la identidad de la nación y de su proyecto histórico? Además, ¿no se mantienen los mecanismos imperialistas de exportación a la periferia (desde los Estados centrales) de la lucha de clases y la guerra civil "a fin de preservar el orden y la soberanía en casa"?-9-. Creemos que es posible y necesario restituir un espacio de negociación estratégica entre el Estado - nación y la dinámica excluyente de la globalización.
¿Hasta que punto las posiciones del anti - poder y de cierto antiestatalismo están irremediablemente teñidas por la derrota, por la falta de osadía para pensar más allá de los "teoremas de la resistencia"?. Algunas versiones del antiestatalismo muchas veces parten del reconocimiento de la imposibilidad de alterar la asimetría del sistema interestatal. Sin perspectivas y proyectos globales superadores del capitalismo, sin una totalización real y activa que pretenda cambiar el mundo, las propuestas, por más radicales y novedosas que parezcan, nos condenaran a la conviviencia promiscua con el sistema dominante. Eso es lo que nos falta: una perspectiva de transformación social amplia.
Aún no estamos en un mundo en el cual la única confrontación posible sea la abierta y global entre las fuerzas del capital y las fuerzas anticapitalistas. Hay otros espacios intermedios para la oposición de proyectos alternativos. El espacio nacional-estatal, reformulado por una nueva hegemonía, articulado con un nuevo sistema hegemónico, sigue siendo la única vinculación defensiva concreta para los sectores populares frente al carácter opresivo (o inaccesible) de los espacios transnacionales.
En rigor de verdad, la escisión entre capitalismo y soberanía, en la periferia, tiene larga data. Claro que la brecha se ha incrementado considerablemente en las últimas décadas. Por lo tanto la lucha por la soberanía es cada vez más un componente anticapitalista. Así como el concepto de soberanía cobró fuerza en los siglos XVIII y XIX frente a una legitimidad jerárquica y divina, hoy, frente a una legitimidad de signo similar y poderes inconmensurablemente mayores, es susceptible de resignificarse. En un contexto en el cual el poder imperialista avanza sobre el control de los recursos naturales, la defensa de la soberanía es un eje potencialmente unificador del campo popular a la vez que delimitador (de los intereses de los grupos dominantes locales). No solo en el marco nacional, sino también latinoamericano.
La defensa de la soberanía nacional es un componente de la lucha por la emancipación del capital en el marco del sistema mundial de relaciones interestatales asimétrico. István Mészáros ha planteado que: "dado el sistema de combinación y subordinación existente intensificado por la presión del capital transnacional para hacer valer sus intereses por sobre todas las aspiraciones a la autonomía nacional y a la autodeterminación, la lucha de los oprimidos por su largamente negada soberanía es un paso inevitable en el proceso de transición hacia un orden metabólico social cualitativamente diferente... ".
Por lo tanto el “nacionalismo” y la lucha por la liberación nacional (entendida como construcción de la hegemonía de los sectores populares), siguen siendo un imperativo para los pueblos de la periferia. La formación de una conciencia nacional resulta imprescindible como instrumento de las transformaciones profundas, como expresión de una voluntad común de realización que descansa en valores muy puntuales: la autonomía y la igualdad sustantiva.
Estamos convencidos que tanto la formación social argentina actual, fruto de casi treinta años de neoliberalismo en diversa intensidad, como el desarrollo de la conciencia social colocará en primer plano la cuestión de la conciencia nacional. Más temprano que tarde los sectores populares percibirán, cada vez con mayor claridad, que sus intereses se relacionan estrechamente al destino del Estado - nación. La nación se convertirá en uno de los principales espacios simbólicos que se disputarán las fuerzas sociales antagónicas. La nación suele ser una abstracción que opera como recurso ideológico para ocultar la experiencia concreta, para dividir y despolitizar, pero también puede ser el principio inspirador para otra cosa.
Es probable que se consoliden movimientos y organizaciones que, entre otras cosas, logren refundar la idea de una comunidad nacional. Sin concebir la comunidad independientemente de la desigualdad y la explotación. Es posible la construcción de un sincretismo entre nación y comunidad, es decir, lo nacional como una dimensión que anida exclusivamente en la clase que vive de su trabajo. De este modo la "unidad nacional" será fruto de la voluntad y el sueño de justicia e igualdad de los de abajo y no de la prepotencia de las clases dominantes. La nación será hija de la verdad y no de la mentira histórica y de la mitología construida por la derecha. Ya en tiempos de la Revolución de Mayo, la “causa de la Patria”, exhibía un componente igualitario y articulaba demandas y expectativas de los sectores populares.
Como dicen los zapatistas: "En México la recuperación y la defensa de la soberanía nacional es parte de la revolución antineoliberal". Concepto que puede hacerse extensivo para toda América Latina y toda la periferia.
Resulta indispensable tener presente que las formas de mediación basadas en las estrategias de totalización, la cooptación entre otras, pueden tener un carácter contradictorio. Podemos tomar el caso del nacionalismo como claro ejemplo de una modalidad de absorción en el marco de un proceso de mediación basado en la cooptación. La idea de comunidad nacional, evidentemente, ha funcionado como mecanismo de control de las clases subalternas. A partir del nacionalismo se construyó la unidad de los dominadores y los dominados. Pero, como hemos visto, el nacionalismo (como componente de un nuevo bloque histórico) en los países periféricos aún está en condiciones de expresar un conjunto de intereses de las clases populares. El mismo carácter contradictorio y la misma potencialidad, presentan la ciudadanía y la democracia, campos de tensión entre cooptación y lucha desde abajo o integración y conquista.
Notas
* Este trabajo forma parte del libro de Miguel Mazzeo ¿Qué (no) Hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios, Antropofagia, Buenos Aires, 2005. Agradecemos a la editorial la autorización para publicar este trabajo.
Hardt, Michael: "Soberanía nacional y militancias en red", diario Clarín, Buenos Aires, Sábado 22 de marzo de 2002, Suplemento Cultura y Nación, p. 3.
2 Mármora, Leopoldo, El concepto socialista de nación, México, Cuadernos de Pasado y Presente (96), 1986, p. 107.
3 Mészáros, István, Mészaros, Istvan, Más allá del capital. Hacia una teoría de la transición, Caracas, Vadell Hermanos Editores, 1999, p. 185.
4 En el poema Jactancia de Quietud, Borges define la patria como “un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada”. No es necesario explicar por qué las imágenes de este tenor han sido y son plenamente funcionales a los intereses de las clases dominantes.
5 Incluso Negri y Hardt reconocen que la función del concepto de nación se invierte cuando es desplegada entre grupos dominados en lugar de entre grupos dominantes. Ver: Negri, Toni, y Hardt, Michael, Imperio, Colombia, Ediciones Desde Abajo, 2001, p. 133.
6 Según Leopoldo Mármora, la teoría marxista de la nación (y cabe agregar que en el marxismo la nación ocupó por lo general un lugar subordinado) centró su interés en la desaparición de las naciones, clausurando el espacio teórico para pensar la nación. Nunca superó el momento negativo. A partir de la relación burguesía-nación se instaló el horizonte de la superación de las naciones por la eliminación de la sociedad capitalista. Por otra parte Marx consideraba que el desenvolvimiento del capitalismo simplificaba y universalizaba la lucha de clases mientras hacía a las naciones cada vez mas interdependientes. El internacionalismo se redujo así a la lucha de clases. Aunque debemos destacar las aproximaciones de Marx a la noción de desarrollo desigual que proponían un emplazamiento distinto para pensar la nación. Este primer paradigma marxista de la cuestión nacional basado en el internacionalismo proletario, a partir de Lenin, fue reemplazado por el nacionalismo antiimperialista. Lenín reivindicó el derecho de las naciones oprimidas a la separación estatal, idea que logró articularse con el movimiento de descolonización, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. Propuso de este modo un campo que asociaba las luchas de los trabajadores de los países centrales con las luchas anticoloniales. La propuesta leninista era la de construir el socialismo mundial, paso a paso. Pero desde este punto de vista, América Latina no tenía objetivos nacionales por los que luchar. Ver: Mármora, Leopoldo, op. cit.
7 Mészáros, Istvan, op. cit., p. 160.
8 Arrigui, Giovanni; Hopkins, Terence K. y Wallerstein, Immanuel, Movimientos antisistémicos, Madrid, Akal Cuestiones de Antagonismo, 1999, p. 112.
9 Negri y Hardt consideran que este fue un mecanismo característico de la era del imperialismo pero que no se mantiene en la era del "imperio". Ver, Negri, Toni y Hardt, Michael, op. cit., p. 237.
10 Mészáros, István, op. cit., p. 192.