29/04/2010A 80 AÑOS DE LA MUERTE DEL AMAUTA
Mariátegui y la vanguardia literaria latinoamericana
Por Mariano Pacheco - Luego del fallecimiento de José Carlos Mariátegui, el 16 de abril de 1930, al menos dos Revistas de vanguardia de Nuestra América le rindieron un homenaje a través de sus páginas. En Cuba, 1930. Revista de avance, y en Perú el Boletín Titikaka. Un breve recorrido por aquellos artículos dedicados a la vida de un autor marxista genuinamente latinoamericano que de manera permanente se ocupó, junto con los temas políticos, a las cuestiones estéticas.
Homenajes
“Y es prosiguiendo su obra, con ese afán y con ese FERVOR, como hemos de rendirle homenaje, constante……….DÍA TRAS DÍA, AÑO TRAS AÑO…………..”
Demetrio Estrada, en El mejor homenaje
En Cuba, 1930. Revista de avance (año IV, La Habana, N° 46, 15 de mayo de 1930) publica 8 artículos sobre el Amauta: “Una palabra sobre Mariátegui”, del escritor judío-estadounidense Waldo Frank, quien destaca que en Mariátegui “se encuentran orgánicamente encarnados los valores que nuestra generación tiene que encarnar y que poner en vigor para que América pueda ser”; “El Amauta José Carlos Mariátegui”, de Juan Marinello; “Su ejemplo”, de Lino Novás Calvo; “La palabra sola”, de Jorge Mañach; “Mariátegui”, de Adolfo Zamora; “Hombre de letra viva”, de Félix Lizaso; “Un estilo”, de Medardo Vitier y “Meditación de un impedido”, de Francisco Ichaso. También incluye, en gráfica, un dibujo del Amauta realizado por Carlos Enríquez.
Quisiera rescatar, de estos ensayos, algunos pasajes, porque presiento que a través de ellos podemos darnos una idea, una intuición aproximativa de la figura del Amauta tal como la como la vislumbraron algunos de sus contemporáneos, algunos de “compañeros de ruta”. Para Marinello, por ejemplo, “Mariátegui fue un hombre dramático en un coro de hombres trágicos. Afirmó mientras todos dudaban. De ahí su fuerza. Hundió las manos con dolor de creación en carne angustiosa. De las palpitaciones de esa carne hizo su ritmo. De ahí la validez permanente de su mensaje”. Mensaje de “creación heroica”, de apuestas permanentes, constantes preguntas y no únicamente de respuestas. Preguntas de actualidad que se enlazan con las que otros se hicieron antes. En este sentido –insiste Marinello– hay que estar muy atentos a no hacer del Amauta un cultor de “lo nuevo por lo nuevo”, ya que para Mariátegui, “no habrá arte nuevo sino arte actual, es decir, revolucionario. Arte en el que se traduzca adecuadamente la inquietud política y el anhelo social”. En esta línea, cabría destacar que tampoco es conveniente hacer una “cuestión de evolución” de la vida y la obra del Amauta. Digo, es fácil caer en la tentación de planear que su vanguardismo es cuestión de gestación de su pensamiento, y que junto con la madurez llegará el marxismo. Pero no. Mariátegui logra combinar vanguardia y revolución.
Tenemos, de alguna manera, la palabra del Amauta como la de alguien que viene a decir lo que hasta entonces nadie se había jugado a decir. “Una palabra tan clara, tan nuestra, como la de Mariátegui, enrolada a una idea tan precisa, no la había oído antes América”, dice Lisazo, así como Viter remarca que Mariátegui aparece en las páginas de los Siete ensayos como un sociólogo de la realidad hispanoamericana, más allá de que “él dice mirar sólo a la peruana”. Zamora será quien destacará que Mariátegui “nos invita, con su ejemplo vivo, a llevar a la práctica las doctrinas que se defienden”, insistiendo en que su obra es doble (en el sentido en que es doctrina y realización), “como deberá ser la de todos aquellos que quieran construir algo en estos tiempos”. En la misma línea, Calvo indicará: “Hasta ahora habló él, habló Mariátegui. Desde ahora tiene que hablar su ejemplo”.
En Perú, el Boletín Titikaka (tomo III, Puno-Perú, 1930), por su parte, realiza una edición de homenaje luego de la muerte de Mariátegui. Publican el telegrama dirigido a la mujer del Amauta –elaborado por el comité de redacción–, tres poesías (Elegía proletaria, de Alejandro Peralta; José Carlos Mariátegui, de Samuel Serrano; y Letanía, de Blas Chke), y 15 artículos: “Alrededor de José Carlos Mariátegui”, de Vicente Mendoza Díaz; “Universalidad ideológica de Mariátegui,” de Víctor Valdivia Dávila; “La obra nacionalista de José Carlos Mariátegui”, de Fernando Tapia; “Mariátegui”, de Ricardo Cuentas; “Mariátegui”, de Alvaro Pilco; “Cenotafio”, de Enrique Cuentas; “El mejor homenaje”, de Demetrio Estrada; “José Carlos Mariátegui”, de Vladimiro Bermejo; “Mi homenaje a Mariátegui”, de Darío Palacios; “José Carlos Mariátegui (remitido)”, de J.C. Guerrero; “José Carlos Mariátegui”, de Alejandro C. Cornejo; “José Carlos Mariátegui (De una carta)”, de Esteban Palvletich; “Idealista de verdad”, de Julián Palacios; “Homenaje”, de Humberto Paca y “Perfil de José Carlos Mariátegui”, de Emilio Vásquez. Hagamos aquí, también, un breve repaso por algunos de los planteos de estos textos.
Díaz insistirá en que los Siete ensayos marcan “un halón hacia aquello que las corrientes doctrinarias no pudieron definir y enfocar con una lente nacionalista: la peruanidad”. Bien. Pero: ¿qué es esto de la “peruanidad” de los ensayos de Mariátegui? Interpretación del Perú; “la única obra profundamente nacionalista, profundamente peruana que se ha escrito en más de cien años de República”, para decirlo con las palabras de Tapia, quien insiste en que “Peruanicemos al Perú” era el único “capítulo de interés que traía la revista limeña Mundial”. Claro que este nacionalismo no aparece como el reverso, como el contrario de un internacionalismo ni mucho menos (El Amauta asistirá a su sepelio limeño envuelto en una bandera roja y se entonará allí la internacional. Que otro ejemplo podría graficar de manera más clara que estamos ante la presencia de un comunero). Porque “sus sentimientos de solidaridad humana no se detuvieron nunca en linderos ni en demarcación alguna”, según planteó Dávila. Mariátegui, el “MAESTRO” –así, con mayúsculas, como lo denominó Serrano en su poesía–; el “EDUCADOR DE LA JUVENTUD”, tal como lo llamó –también con mayúsculas– el activista estudiantil Cuentas. El Amauta, entonces –decía–, se nos presenta como aquel que lícitamente “ha sido consagrado como uno de los escritores vanguardistas indoamericanos de mayor valía”, según definió Pilco. Y por esto, precisamente, Choke escribirá en su poesía: “La multitud vanguardista arroja todas sus flores/ desde el avión del pensamiento/ ¡sobre ti Mariátegui! ¡Por ti Mariátegui!”.
Porque este hombre, “programa y acción” –como lo llamó Estrada–, aun enfermo, aun sin recursos, “pero con voluntad enérgica” –según remarcó Palacios– “nos ha legado el mas sano ejemplo a imitar… Por eso, tal como señaló Paca, “completar lo que él ha comenzado… será el mejor homenaje rendido a su memoria”. Si así lo vieron sus contemporáneos, con mucho más énfasis, hoy, nosotros, ¿cómo podríamos no verlo de manera similar? Redescubrirlo, como sugiere Miguel Mazzeo, será parte de nuestras tareas actuales. Reescribiéndolo, sacándolo, arrancándolo de las petrificantes de los recordatorios huecos, para colocarlo en el lugar que se merece: el de inspirador de cambios revolucionarios. Porque el mejor de los homenajes siempre suele ser multiplicar esos ejemplos; continuar con esas luchas.