24/04/2010HAZ LO QUE YO DIGO PERO NO LO QUE YO HAGO
Nuestras amigas las transnacionales
Por Sergio Perdoni - A mediados de abril se realizó en todo el mundo, con un pretendido objetivo de concientización ambientalista, la maratón “Dow Live Earth”, bajo el lema “Corré en defensa del agua”. Lo que no se dijo es que Dow Chemical, la compañía transnacional que la impulsó, es una de las empresas de la industria química más contaminantes del mundo. Su subsidiaria argentina es la encargada de distribuir en nuestro país productos a base de glifosato.
El 18 de abril se realizó en todo el mundo la maratón “DOW LIVE EARTH / RUN FOR WATER”. La traducción es un típico juego de palabras en inglés: “tierra viva / corré por (en defensa de) el agua” o “carrera por el agua”. La carrera se llevó a cabo simultáneamente en más de 190 ciudades del mundo.
El evento pretende ser “la mayor iniciativa mundial de la historia en apoyo a la crisis mundial del agua”. Según sus organizadores, su objetivo es “marcar un punto de inflexión en esta dramática situación que padece gran parte de la humanidad y unir a todas las personas detrás de una de las causas más urgentes de estos tiempos”. Y como su nombre lo indica, su principal organizador es DOW, es decir DOW CHEMICAL COMPANY, la empresa transnacional de la industria química más grande del mundo.
De modo que una empresa que históricamente ha contribuido a la polución y destrucción de la vida sobre la tierra, y una de las responsables del mayor desastre ambiental de las últimas décadas (el agronegocio sojero y sus efectos devastadores sobre suelos, agua, aire, bosque nativo, flora y fauna en lagunas, etc.) es la que nos invita a “correr por el agua”.
Con una facturación de 58.000 millones de dólares anuales y 46 mil empleados en todo el mundo, la compañía tiene presencia en 160 países, y una larga historia de “protección del ambiente”, según lo describe Carlos Machado en Ecoportal (ver:
www.ecoportal.net). Allí se cuenta cómo en los ‘70, para evaluar la toxicidad de ciertos químicos (desde pesticidas cancerígenos hasta armas químicas que luego usaría el gobierno de EEUU contra la población civil vietnamita) la empresa realizó ensayos con dioxinas utilizando presidiarios como sujetos de experimentación.
Machado sostiene que “entre 1970 y 1971, la planta de la Dow Chemical en Midland, Michigan, arrojó más de 17.000 millones de litros de aguas residuales al río Brazos y al Golfo de México”. A esto se suman las consecuencias sobre sus propios trabajadores, que padecen un alto índice de tumores letales.
Además, Dow Chemical tiene el triste honor de haber inventado el Agente Naranja, un herbicida tóxico también utilizado en Vietnam, y está siendo demandada en Nicaragua, junto a otras compañías de la industria química, por haber causado la muerte de casi 900 trabajadores bananeros nicaragüenses, contaminados por el pesticida Nemagón.
En Argentina, la subsidiaria de DOW CHEMICAL es la DOW ARGENTINA, y su principal empresa, DOW AGROSCIENCES, está dedicada principalmente a la producción y venta de productos agroquímicos, como herbicidas, fungicidas, etc. Es la responsable de la comercialización local de productos como PANZER (su nombre, tan sutil, no esconde otra cosa que el poder destructivo de su principio activo: el glifosato) cuyos efectos en la salud y el ambiente son altamente conocidos (a pesar de la capacidad de lobby de la compañía, que evita que el Estado prohíba su utilización).
El nivel de cinismo e hipocresía de esta compañía —al igual que su “hermana” Monsanto— es tal que, en los folletos que acompañan estos productos, se advierte que ”durante una sola exposición prolongada con la piel, es
improbable que el material sea absorbido en cantidades nocivas” y, aunque aclara que ”cloquintocet-mexyl causó reacciones alérgicas en cobayos”, por fortuna “no causó defectos de nacimiento u otros defectos en el feto de animales de laboratorio”. La responsabilidad con la que manejan sus productos es manifiesta: ”no se esperan efectos adversos durante el
uso normal". Sin embargo, es conveniente evitar la exposición a los vapores del producto. Por las dudas, ¿vió?
No es novedosa esta política de las empresas —sobre todo las transnacionales— que pretenden que los problemas ambientales derivados de un modelo de consumo superfluo y desigual se solucionen con una serie de cambios en los comportamientos ligados a la voluntad individual, tal como hace CENCOSUD (Supermercados Disco) instándonos a “salvar el planeta” dejando de usar bolsas de polietileno en nuestras compras; o el CITIBANK, que nos invita a “cambiar el mundo con un simple click” (optando por recibir nuestros resúmenes de cuenta bancaria por e-mail en lugar de por correo postal, supuestamente logrando detener de ese modo la deforestación de la selva misionera).
Lo que aparece con claridad es que, además de ocultar y desviar la atención sobre las verdaderas razones de la crisis civilizatoria que el capitalismo ha producido —cuya faz ambiental, aunque visible, es sólo una de tantas— y, por lo tanto, sobre los caminos a tomar para acabar con ella, pretende “socializar” las responsabilidades, equiparando el impacto de quien arroja un papel a la calle con el vuelco de millones de toneladas diarias de agrotóxicos sobre los suelos, el aire, el agua y las personas.
No se trata de justificar tales comportamientos amparándonos en que “otros contaminan más”, sino de romper con la trampa del “minimalismo ambiental” —tan de moda en la educación básica— que nos propone la salvación y la vida eterna para quienes reciclan botellas de coca-cola.
Por suerte no todo está perdido: ahora contamos con la invaluable ayuda de Al Gore, ex vicepresidente de EEUU durante la administración Clinton y miembro de la familia propietaria de W. L. GORE & ASSOCIATES, una gigante transnacional dedicada a la industria textil, aeroespacial, energética, bioquímica, farmacéutica y armamentística. Gore realiza giras internacionales advirtiendo sobre la “incómoda verdad” del cambio climático, y la necesidad de reducir las emisiones de carbono. Tamaña cruzada a favor del plantea le ha valido el Premio Nobel de la Paz (sí, el mismo que le dieran a Barack Obama el año pasado, días después de haber ordenado el aumento de tropas estadounidenses en Afganistán).
En la conferencia que dio recientemente en Buenos Aires, rodeado de celebridades preocupadas por el futuro de la humanidad —tales como el presidente de Ford Argentina, Enrique Alemañy; el titular de Aysa, Carlos Ben; Eduardo Constantini, presidente de Consultatio; Daniel Vila, multiempresario de multimedios; el presidente del Banco Macro, Jorge Horacio Brito; Andrés Meta del Banco Industrial y el presidente de OCASA Mario Dobal— afirmó que “las consecuencias catastróficas” que el cambio climático genera en el mundo impactarán en distintas áreas de vida, entre ellas, la economía. Pareciera que en la suya ha impactado muy positivamente, ya que su fortuna personal pasó de 2 a 100 millones de euros en el año 2008, embolsándose en 7 años aproximadamente 70 millones de euros, puesto que en cada una de sus conferencias obtiene alrededor de 100.000 euros.