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01/04/2010
NOTAS SOBRE LA CUESTIÓN NACIONAL
Ensayística y narrativa en torno a la guerra de Malvinas

Por Mariano Pacheco - La cuestión nacional ha sido –y continúa siendo– un tema tabú para la izquierda. Desde la negación lisa y llana de cierto internacionalismo abstracto hasta su transformación en una idolatría nacional-populista. Lo nacional-popular es, asimismo, un asunto clave para los proyectos de emancipación. Cuando lo nacional-simbólico obnubila lo material-clasista, el mito movilizador suele transformarse en fetiche. Tal vez algo así sucedió cuando Argentina (¿o sus Fuerzas Armadas?) se propusieron tomar el control de las Islas en una semana clave: luego del 30 de marzo de 1982, cuando una masiva movilización popular lograra llegar a Plaza de Mayo a manifestarse contra la dictadura.

Tres días después, las Fuerzas Armadas Argentinas ocupan Malvinas. Rápidamente comienza la guerra con Gran Bretaña. El 10 de mayo, desde el exilio, el Grupo de discusión socialista (integrado por reconocidos intelectuales, entre los que se encontraban José Nun, José Aricó, Sergio Bufano, por nombrar algunos), emite una solicitada de apoyo a la ocupación de las Islas, titulado “Por la soberanía argentina en Malvinas: por la soberanía popular en la Argentina”. Rápidamente, León Rozitchner escribe "Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia". El punto ciego de la crítica política, que será editado en formato libro en 1985 por Fondo de Cultura Económica y reeditado por Losada veinte años después.

Durante mayo-junio de 1982, antes de la rendición –y antes también de que circularan los primeros testimonios de soldados argentinos– en tan sólo una semana, Fogwill escribe "Los Pichiciegos", una novela que, por esos días, circuló de mano en mano entre editores y críticos. Será publicada recién durante el gobierno de Alfonsín. Y muchos años más debió esperar (más allá de que no fue escrita con esa pretensión) para ser rescatada como la gran ficción sobre Malvinas.

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“Los ghurkas siguen avanzando/ Los viejos siguen en t.v/ Los jefes de los chicos
Toman whisky con los ricos/ Mientras los obreros hacen masa/ En la plaza como aquella vez”.

Charly García, “No bombardeen Buenos Aires” (del disco "Yendo de la cama al living", 1982)

“No se debe entrar en acción sin antes evaluar las ventajas y desventajas de la operación”.

Sun Tzu, "El arte de la guerra".

La rareza de Los Pichiciegos se encuentra seguramente en que, si bien es un relato de guerra, la historia está contada desde los bordes de los bandos enfrentados. Recordemos que según las teorías sobre el tema, la guerra es como un duelo ampliado (Clausewitz), y no se puede ser neutral, porque siempre se es el enemigo de alguien (Foucault). En este sentido, "Los pichiciegos" vienen a romper con la lógica binaria del enfrentamiento bélico, entre otras cosas, porque es una narración descentrada. Es decir, se habla desde “un espacio imaginario muy próximo al campo de batalla pero desplazado del centro de operaciones y de los tópicos convencionales del relato bélico”, según nos sugiere Graciela Speranza para leer la historia de esta “colonia subterránea de desertores que intenta sobrevivir comerciando con el enemigo”.

¿Quiénes son, entonces, los protagonistas de esta historia? Los Pichis son los que habitan la pichicera, un espacio construido en dos semanas, cuando ya los muertos eran llamados “helados” y “fríos” los que habían sido heridos. Cuando algunos se habían cansado de que les dieran la comida fría (para ahorrarse carbón), y otros ya se había vuelto medio locos. Le pusieron Pichicera por los pichis, esos bichos que viven de noche, bajo tierra, y que hacen cuevas. La pichicera es una trinchera que está a mitad de camino. No hay batalla o combate directo, tan sólo lucha por la subsistencia. Rechazados por los británicos, dados por muertos, presos del enemigo o “desaparecidos” por los argentinos, los pichis se la van rebuscando. Si vuelven, ya lo saben, los mandan a pelear, o sea, al muere. Los mandan al matadero.

Tal como han señalado Esteban Rodríguez y Jerónimo Pinedo, no puede dejar de tenerse en cuenta que Fogwill es el inventor de los horóscopos de los chicles Bazooca. “El horóscopo es la voz intempestiva que se adelanta”. Así, Fogwill, construye su novela como si fuera un horóscopo del Bazooca: preanuncia lo que se venía anunciando en la boca de todos. Por eso –remarcan Rodríguez y Pinedo– "Los pichiciegos" “no sólo adelantan cómo terminará la guerra, sino su farsesco desenlace político”.

Es ese farsesco el que viene a denunciar Rozitchner en su ensayo, escrito –como ya se ha señalado– en un contexto de realzamiento del patriotismo por parte de las FF.AA, que buscaban limpiarse el rostro, simulando participar de una guerra limpia luego de años de desarrollar la guerra sucia. Guerra que “prolongó el horror del genocidio en el envío de cientos de adolescentes a la muerte”. Tal vez por esto es que Rozitchner, al reeditar su libro en 2005, vuelve a insistir en que Malvinas es una cuenta pendiente; porque es –dice– entre muchos otros, uno de esos eslabones que atenacea el secreto político de una cadena férrea de ocultamientos y engaños que ciñe el cuerpo despedazado y tumefacto a que ha quedado reducido esto que llamamos patria.

Ahora bien, y retomando "Los pichiciegos", ¿cómo aparece en esta novela el tema de la identidad nacional? La pichicera, claramente, la cuestiona. Porque ellos no son un desprendimiento de las tropas argentinas que continúan hostigando al enemigo desde otro sitio (una suerte de guerra de guerrillas). Pero tampoco traicionan plenamente a su propia fuerza y se incorporan al otro ejercito (si traicionan es sólo en función de sus propios intereses, para garantizar su subsistencia). Entonces, ¿cuales son sus enemigos? ¿Los británicos o los argentinos? En todo caso, tanto unos como otros. Cualquiera que se oponga a su persistencia en el tiempo que dure la guerra. Porque los Pichis se mantienen desplazados del teatro de operaciones donde las fuerzas en pugna se enfrentan y abren un espacio en el tiempo durante el cual se prolongue el enfrentamiento. En ellos no hay causa nacional. Porque la suya “es una guerra sin línea de batalla, sin enfrentamiento y retaguardia… sin batalla”, como han señalado Deleuze y Guattari a propósito del juego del Gó: “pura estrategia…”. En este caso: simple lógica de supervivencia.

Si para la identidad nacional de los militares las lógicas jerárquicas de la forma-Estado son fundamentales, en cambio, para los Pichis, la jefatura recae en un grupo de cuatro o cinco a quienes denominan Los Reyes Magos, que no son más que sus pares en esa penumbra que les toca vivir. No son un aparato especializado de poder. Tampoco tienen, los Pichis –como sí tiene una identidad sólida– ni una historia común, ni un mito de origen. Tampoco una proyección futura. Duran lo que dure esa guerra. Y es todo.

También por la parodia se cuestiona en esta narración la identidad nacional. Si hasta Gardel –símbolo por excelencia– es cuestionado en este libro. Él también era un Pichi, dicen. “Un pichicatero”. Gardel: francés, o uruguayo o argentino. No importa. Como tampoco importa la marca de los cigarrillos. Se fuman ingleses o franceses. O argentinos. De allí que Beatriz Sarlo remarque la paradoja de esta guerra, que se hizo para fortalecer una identidad sostenida en la unidad nacional, y finalmente, el accionar del ejercito argentino no hizo más que debilitar, disolver lo nacional como identidad. Paradoja que se produce, también, porque el Ejercito Argentino es una fuerza que se ha formado y se ha definido –siguiendo las reflexiones de Rozitchner– en los límites que el propio enemigo le proporcionó. Si “hasta las categorías de la guerra son producto del enemigo, y forman parte de su doctrina de guerra, que es de Contrainsurgencia y Seguridad Nacional, que fundamenta su plan de guerra”.

En este sentido, las Fuerzas Armadas Argentinas se constituyeron como fuerza de ocupación –antinacional– en el propio territorio, buscando implantar por la fuerza, en el propio país, la dominación que permitiera el despojo de sus habitantes, sobre todo de sus clases populares. ¡Y después pretendieron que esos mismos sectores pelearan en nombre de la unidad nacional! Los Pichis son un claro ejemplo de esa paradoja. La contracara de esa guerra. De allí que resulte sugestiva la pregunta que, en determinado momento del relato, surge en la Pichicera: ¿Por qué, siendo tantos los porteños, son ahí tantos los “provincianos”? ¿Por qué las trincheras están llenas de “cabecitas negras”? La respuesta salta a la vista. Porque el Ejército Argentino, desde Caseros en adelante, se convirtió en el ejército de una clase (de la oligarquía), con un discurso que pretendió elevarse al discurso de la Nación entera. Una clase que, tal como señala Rozitchner, responde a intereses económicos que son transnacionales. Y es por eso, entre otras cosas, que la guerra estaba perdida antes de comenzarla ¿Cómo ganarla si su existencia dependía de aquellos a quienes debía combatir?

Es por esto, también, que podemos leer a la guerra de Malvinas en clave de farsa. No sólo en la literatura, sino también en la realidad. Porque no se sostuvo ni siquiera desde las categorías clásicas de la guerra. Porque se pensó a la guerra real en términos de “representación” de guerra. Cuando se planteó la batalla en términos de “recuperación” del territorio: ¿se pensó en la respuesta a esa recuperación? ¿Se pensó en los factores favorables y desfavorables? O para decirlo en términos de Mao Tse Tung, ¿no se pensó en que una ofensiva táctica no cambiaría mágicamente la relación de fuerzas, haciendo salir a quien está a la defensiva estratégica?

Veamos un ejemplo de cómo ni siquiera fueron tenidos en cuenta algunos de los conceptos básicos de las situaciones beligerantes. Es un ejemplo de la ficción, pero que alumbra claramente el análisis de la realidad. En un momento, ya al final de la novela, los soldados y los oficiales argentinos (¡disfrazados de conscriptos!), se despliegan en retirada. Se cruzan con una columna británica que sigue de largo: ni los atacan, ni los miran. ¿Qué hacen, en ese contexto, los oficiales argentinos? ¡Ordenan atacar! Los soldados, siguiendo la línea de mando, obedecen. La conclusión, absurda, es que los ingleses los matan ahí mismo. Claro, no siguieron el consejo de Sun Tzu: “cuando tus fuerzas sean inferiores a las de tu enemigo, debes directamente abstenerte de combatir”. Los ingleses, lógicamente, continuaron su marcha.

Para concluir, quisiera rescatar las palabras de Martín Khoan, Adriana Imperatore y Raúl Blanco, quienes han destacado que, tras la guerra, hubo dos versiones que se impusieron de manera hegemónica. Una, “triunfalista”, sostenida por el discurso militar; otra, “del lamento”, impuesta tras la derrota (discurso antimilitarista que se sostiene victimizando al soldado –“los chicos”, dicen–). Ambas comparten el mito de la gran gesta nacional de “recuperación” de las Islas.
En un año signado por las campañas del Bicentenario, vuelven a cobrar fuerza los debates en torno a conceptos como Nación y Patriotismo. Desde una mirada internacionalista concreta y no abstracta; desde una visión clasista o popular-plebeya (no populista), cabe preguntarse: lo nacional y sus símbolos, ¿son parte de una disputa dentro de la lucha de clases o tan sólo un fetiche de las clases dominantes?

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(Bibliografía: León Rozitchner, Las Malvinas: de la guerra “sucia” a la guerra “limpia”; Fogwill, Los Pichiciegos; Beatriz Sarlo, “No olvidar la guerra: Sobre Cine, Literatura e Historia”; Kohan, Martín, Oscar Blanco y Adriana Imperatore, “Trashumantes de neblina, no las hemos de encontrar. De cómo la literatura cuenta la guerra de Malvinas”; Esteban Rodríguez y Jerónimo Pinedo, “Maldito punk”, en Estética cruda; Sun Tzu, El arte de la guerra; Guilles Deleuze y Félix Guattari, “Tratado de nomadología: La máquina de guerra”, en Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia; Mo Tse Tung, Selección de escritos militares, Michel Foucaul, “La guerra en la filigrana de la paz”, en Genealogía del racismo; Karl Von Clausewitzs, De la guerra.

Para ampliar el tema se puede consultar.
Películas: Iluminados por el fuego (Dirección de Tristán Bauer); Los chicos de la guerra (Dirección de Bebé Kamin); el documental Malvinas, historia de traiciones (Dirección de Jorge Denti); y el libro de Carlos Gamerro, Las Islas, entre muchos otros.

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