07/02/2010OPINIÓN – AVATAR
Gozar metido dentro del planeta de los indios azules
Por Pablo Solana.- Digamos de una vez lo obvio: como recomendó Evo, véanla. Se trata de una película de ciencia ficción-acción excelentemente realizada, que exalta con respeto la relación de un pueblo con la naturaleza y su resistencia a las corporaciones mineras acompañadas por los marines norteamericanos que van a arrasar con todo tras el vil metal. No mucho más que eso, pero como argumento, parece suficiente. Aunque hay más.
Véanla en 3D, antes que la saquen de las salas (si pueden pagar la entrada de 25 pesos). ¡Qué impresionante la realización, la creación de ese mundo llamado Pandora repleto de animales sorprendentes y vegetación mágica plena de luces y colores, al que uno puede “acceder” gracias al efecto 3D! Hollywood parece ofrecer a la industria del cine, con esta nueva tecnología, una vía de escape hacia delante de la crisis que, otras tecnologías como el DVD y los sistemas P2P para compartir archivos en internet (es decir, descargar pelis), le viene causado. Ante la aparición de películas como Avatar, la sala de cine vuelve a tener sentido: uno puede ver El secreto de sus ojos, por caso, en DVD frente a la tele de 29 pulgadas, o en la proyección vecinal del Club de barrio, en pantalla de 1,80 por 2,40 metros… y estará bien. Pero con cualquier otra variable para ver Avatar que no sea en una sala 3D, uno estará viendo apenas la mitad de lo que la peli puede ofrecer.
Ahí está la clave: James Cameron nos ofrece una buena historia, excelentemente realizada, y nos ofrece también gozarla de la forma más vivencial posible (al menos hasta ahora; ¿qué vendrá después del 3D, la posibilidad de convertirse en un personaje más de la historia, como en los juegos de PlayStation? ¿Algún dispositivo que ofrezca al espectador olores y sabores?).
Por último, más allá de haber “viajado” y “visitado” Pandora durante un par de horas, de haber disfrutado como un niño de una bella historia, uno después vuelve, y como no puede evitar seguir siendo lo que es, analiza más finamente, más ideológicamente, digamos. Entonces nos encontramos con preguntas que, aunque secundarias, ahí están. 1) Los milicos yanquis son los malos, sí, pero la imagen exacerbada que los presenta, en la figura del comandante, como unos energúmenos sin neuronas, ¿no habilita la lectura caricaturesca, y por lo tanto irreal, de un rol criminal, depredador y funcional a las corporaciones que en este mundo es bien real y concreto? 2) Ganan los indios azules de Pandora, al final, y uno sabe fehacientemente que será así desde el principio, que ganarán los buenos… Pero, ¿cómo podrán hacerlo con arcos y flechas contra todo el poderío bélico del imperio? Ahí es cuando la Pacha Mama, la madre naturaleza, aporta la magia que da la fuerza que la causa justa por sí misma no tiene… Entonces, la tranquilidad que nos genera que ganen los buenos, desaparece cuando notamos que, en este mundo que no es Pandora, la Pacha Mama no alcanzó para que nuestros pueblos originarios resistieran la conquista de Nuestra América; ni alcanza con que los pueblos de Medio Oriente apelen a sus culturas ancestrales para detener el genocidio de las potencias de Occidente tras el petróleo de aquel lado del mundo… Y para qué mencionar las bases yanquis en Colombia, la 4º flota surcando los mares del sur, y todo lo demás. En Pandora no sé, pero en nuestro mundo, ninguna religión, ni siquiera las que rinden culto a la Madre Tierra, aportarán la magia que permita la victoria. A construir entonces, desde ahora, la fuerza social necesaria que permita que los buenos ganen, porque, como dice el refrán que en Hollywod no conocen, sólo los pueblos salvarán a los pueblos…
Pero, al fin y al cabo, claro que James Cameron no es un propagandista de la revolución social, ni Hollywood la usina de donde deben salir claros mensajes anticapitalistas (más bien todo lo contrario…). Conscientes de ello, permitámonos disfrutar, cuando aparecen, de estas excepciones a la regla de la cultura dominante y de la industria del entretenimiento, y recomendarla sin prejuicios, como hizo Evo en Bolivia. Mientras tanto, con o sin Avatar, la creación de nuestras propias leyendas, nuestros mitos y nuestros propios valores culturales, seguirá siendo tarea de quienes, desde las luchas sociales y políticas, culturales, educativas o artísticas, nos propongamos cambiar este mundo, que no brilla como Pandora pero aún tiene tanto para darnos.