30/12/2009LA PLATA CONTRAVIENE AL CÓDIGO CONTRAVENCIONAL
La rebeldía de los muñecos

Desde hace varias décadas, los vecinos de la capital de la Provincia de Buenos Aires sostienen la tradición de quemar muñecos de fin de año, en espectáculos autogestionados por cada barrio. Grandes obras de madera, papel y productos pirotécnicos pueblan las calles de la ciudad, separados unos de otros por pocas cuadras.
El ritual, que se extendió en los años ´70 y alguna vez quiso ser prohibido por el intendente menemista Julio Alak (hoy Ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos), tiene este fin de año un interés político especial. Lo atractivo no radica en ningún muñeco en particular: no son la estética ni los motivos representados los que convocan al elogio, sino la práctica. La práctica de lo colectivo ante todo, en una época de desencuentros y retóricas del individualismo. El ejercicio de distribuir tareas, poner el cuerpo y compartir en un grupo que va más allá de la familia y a menudo es inter-generacional. También, por qué no, la hazaña de proyectar y construir algo con las propias manos, en tiempos de pérdida de ciertos saberes populares, decadencia de la educación técnica y promoción de un ultra-consumo que multiplica los productos inútiles pero automáticos. Por último, sin ninguna duda, la decisión de ocupar la vereda, la rambla, la calle. Algo que se hizo siempre, pero se ha vuelto provocativo como nunca.
No lo era en los orígenes del ritual, allá por los años 50, cuando los espacios públicos se vivían de otro modo, y también los lazos comunitarios: los primeros
momos, de hecho, fueron iniciativa de vecinos agrupados en clubes sociales y deportivos.
Hoy vivimos en ciudades de inseguridad televisada; de rejas, cámaras y
vecinos en alerta que se relacionan desde la sospecha; de
incluidos con miedo (a los excluidos) que, con voces de autoridad o silencios que otorgan, piden más y más medidas represivas. En ese contexto, el hecho de que haya pibes en la calle aunque no estén yendo al colegio ni al trabajo, que estén juntos, que permanezcan de día y de noche, se vuelve una elogiable provocación.
Porque si juzgáramos esta tradición con la última iniciativa del programa político de la intolerancia, centenares de platenses deberían pagar multas o ir a prisión por el cúmulo de faltas cometidas. Pensémoslo un poco: los chicos piden monedas; los muñecos obstruyen el paso y a veces tienen palabras o imágenes que, según un juicio subjetivo, pueden ofender la
decencia. Se toma alcohol en la vía pública. Y en la madrugada del primer día del año, los vecinos se reúnen
tumultuosamente, mientras se producen
ruidos de cualquier especie que
afectan la tranquilidad de la población.
Todas y cada una de esas acciones son penadas en el
Código Contravencional que redactaron los “equipos de gestión” del gobernador Scioli. Dicho sea de paso, esa propuesta tiene estado legislativo y, si la movilización social no la frena, podría ser aprobada en marzo. Tengamos esto presente si empezamos el año contemplando un muñeco que arde en llamas. Quizá la luz del fuego, los pies puestos en la calle y el encuentro con amigos en el espacio público, nos ayuden a reflexionar sobre lo que aparece como ataque contra la inseguridad y lo es, en verdad, contra algunas de las libertades más básicas.