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15/09/2009
LIBROS PARA EL CAMBIO SOCIAL
Los indeseables

A principios del siglo pasado, se sancionaron dos leyes infames, la denominada Ley de Residencia, en 1902, y la Ley de Defensa Social, en 1910 que posibilitaron la expulsión, la prisión o el confinamiento de miles de extranjeros y de trabajadores de ideas revolucionarias durante más de 50 años. El alejamiento forzado es el tema de este libro. La dedicación de Gabriela Costanzo a estas congojas merece gratitud y reconocimiento, pues casi nadie se ocupo de revisar, releer e interrogar archivos, diarios, revistas, discursos publicados en los diarios de sesiones del Parlamento, y el texto mismo de las leyes. Este no es el fruto de un interés académico sino de un oír. Es un acto que viene a reparar una enorme injusticia. El libro se presentará el martes 15 de septiembre, a las 19 hs. en el Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543.


Capitulo II

Sobre metáforas y denominaciones.

"Nosotros no deseamos el epiléptico, al alcoholista (sic),
el loco o el tuberculoso, el anarquista, el que no viene a cultivar
la tierra y crear industrias".

Diputado Ayarragaray.

La importancia de la denominación fue crucial en la historia de la humanidad, lo sabían los colonizadores que llegaban a tierras que creían nuevas y las nombraban; lo sabían los gobernantes con las calles y los monumentos o con las imágenes en las monedas y los billetes y lo sabían los filósofos que armaban largas disertaciones para distinguir conocimientos. En el libro, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Friedrich Nietzsche, se preguntaba qué son las verdades, y a la vez, cómo el uso las transformaba en premisas firmes y canónicas en un periodo dado, cuando no son otra cosa que ilusiones:
«¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes. Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal».

A lo largo de los debates de sesiones, en torno a las sanciones de las leyes o a los estados de sitios, aparecen, una y otra vez, diferentes formas de definir al anarquismo. Podría trazarse una división e incluir las denominaciones dentro de conjuntos que determinarían universos de lo descriptible, de lo decible o de lo lógicamente inadmisible. El primero de ellos serían todas las formas de llamarlo enfermedad (exótica): virus, bacteria, germen, y que paralelamente conlleva al tipo de razonamiento higienista propio de la suma del positivismo, las primeras teorías en criminología y la ciencia de la época; otro de los conjuntos englobaría las calificaciones tendientes a explicar al pensamiento ácrata como secta: sea religiosa o política, y a partir de allí devendría la denominación de doctrinas del odio de carácter irracional; finalmente el último grupo designaría las prácticas y acciones de los anarquistas (producto de las premisas que integran los otros dos conjuntos) como: criminales, delincuentes, monstruos, siniestros sacerdotes del credo o débiles mentales.

Los tres conjuntos explicados sólo son una definición analítica, ya que en los discursos de los diputados, senadores y ministros se yuxtaponen, se mezclan, se complementan, para integrar una única voz, la que justifica las sanciones de las leyes represivas y la persecución de anarquistas. El Estado y los gobiernos que realizaron aquella tarea, enfrentaban una situación amenazante para el equilibrio político, social y económico que protagonizaban, como únicos beneficiados.
Jorge Salessi, en su libro Médicos, maleantes y maricas menciona un texto de un especialista en criminología, Cornelio Moyano Gacitúa, quien fue profesor de derecho penal y Juez de la Corte Suprema de Justicia, y que escribió un artículo publicado en 1905 denominado: La delincuencia argentina. Allí establecía una comparación entre las estructuras de una ciudad y la «sobresaturación criminal del inmigrante», y cita:
«Así como las ciudades, al recibir una gran población, necesitan para su higiene física obras de drenaje y de salubridad so pena de grandes saturaciones mefíticas; así también necesitan de esas obras de salubridad moral que son las instituciones preventivas o represivas, destinadas a contener la sobresaturación criminal del inmigrante».

La utilización de términos como lo sobrante, lo apestoso, lo hediondo de una urbe para realizar una comparación con los inmigrantes (homologándolos a criminales) es clara y es una representación compartida con los legisladores, dado que los desperdicios de una ciudad resultan tan perjudiciales, a sus ojos, como las huelgas y las manifestaciones producto de nuevas «enfermedades sociales».

En años diferentes varios diputados decían, bajo un mismo paraguas ideológico, como Carlos Meyer Pellegrini: «Los que han tenido ocasión de leer la brillante memoria presentada por el jefe de policía de la división orden social al jefe de policía, informando sobre el origen y desarrollo y del estado actual del anarquismo en el país, se habrán dado cuenta perfectamente de que este mal del anarquismo ha sido una enfermedad que data de muchos años atrás, anterior al año noventa, que, importada por algunos pocos, pudo haberse aislado y curado tal vez en aquel principio».
Asimismo, Mariano Vedia, electo por la Capital Federal, afirmaba que la Ley de Residencia: «Va contra aquellos que pretenden retardar la consolidación del régimen social, introduciendo el virus de enfermedades que no tienen terreno propicio para desarrollarse entre nosotros y que solo pueden motivar conmociones de un día, como estas que sentimos en los momentos actuales (...)».

La percepción que tenía la dirigencia política sobre el anarquismo incluía el miedo a que las ideas ácratas se difundieran en las clases bajas. Esto daba cuenta del conocimiento que tenían los legisladores de las premisas que componían al anarquismo, y temían que las reivindicaciones sociales llegaran a oídos exactamente de quienes habitaban y sufrían faltas y precariedades de todo tipo. A partir de allí, la necesidad de la contención, prevención o de la prohibición. Un intento de interpretar al anarquismo como enfermedad que corrompería a la sociedad, y a sus instituciones, que terminaría con la civilización, con el Estado y obviamente con ellos mismos. En un ejercicio de intolerancia, el diputado Ayarragaray, declaraba: «evitemos que el delirio anarquista se propague a las clases inferiores de la sociedad y asuma formas bárbaras, como el atentado de anoche, dirigido contra lo más granado de nuestra sociedad, en desmán de asesinato colectivo y anónimo».
La visión moderna del anarquismo sobre la libertad sexual, la poligamia, la posición de la mujer tanto en el mundo laboral como familiar, resonaban en los oídos de una clase dirigente patriarcal, religiosa, conservadora y preocupada por la moral (ajena, claro).

Salessi afirma,«El anarquista que asociado a la prostitución sumaba significados políticos y ‘morales’ encarnó los temores de las clases burguesas hacia la clase baja que por primera vez se organizó en los sindicatos del nuevo movimiento obrero. Contra ese nuevo mal ya no eran efectivos los discursos y dispositivos de la higiene ».
Para ello eran necesarias las leyes, la expulsión, el confinamiento o la prisión. En consonancia con esta idea, Patricio Geli en Los anarquistas en el gabinete antropométrico. Anarquismo y criminología en la sociedad argentina del 900, plantea, al analizar el contexto y marco jurídico en Europa y su llegada a las orillas del Río de La Plata, que el mecanismo reduccionista opera sobre la ideología anarquista como, «Una versión moderna del fanatismo religioso que con suma frecuencia perdía su carácter de pensamiento inofensivo de salón para trastocarse en riesgo antisocial cuando la liberación de estas potencias mistificantes estimulaban los cerebros predeterminados de la violencia. La profilaxis se bifurca en control de los agentes patológicos desatados y prevención de su futura emergencia. En el primer caso se recomienda el destierro de los individuos peligrosos (criminales natos) a las colonias penales de Nueva Guinea, y para quienes se adentraron en la política por las puertas de la histeria y la epilepsia la reclusión en manicomios...».

La gran variedad de detalles, características o rasgos para denominar al anarquismo, expone la ductilidad de los legisladores al intentar construir desde su discurso un entidad deshumanizada: una enfermedad importada, o en muchas casos metáforas como el salvajismo o la monstruosidad también van en aquella tendencia, no eran hombres y mujeres los que participaban y componían al movimiento ácrata, sino animales irracionales y fuera de todo juicio. Es interesante cómo en las declaraciones de los diputados y senadores, junto con los calificativos aparecen las medidas de «cura» que en muchos casos también eran importados desde Europa.
Por ejemplo, el senador Maciá, decía en 1910, «El mundo exterior que trae a nuestras playas las enfermedades exóticas, nos trae también los aparatos y los medios de desinfección, para combatirlas. La Europa, que nos ha dado civilización, progreso y libertad, con ejemplos y doctrinas, nos manda también corrientes subversivas que llegan, como enfermedades, hasta nosotros, después de originarse y desarrollarse allí y de influir sobre ella (...) A mi me asustan tanto los hechos que parecen grandes y notables, como los que parecen nimios y pequeños. Síntomas de la misma honda perturbación, me impresionan los documentos de los anarquistas, como aquel en que llaman al gobierno argentino ‘gobierno provisorio de la Nación’, como el hecho, pequeño al parecer, sucedido en las calles, de las escarapelas arrancadas a viva fuerza de las solapas del saco de los niños inermes e indefensos de las escuelas primarias. (Grandes aplausos en la barra)».

La construcción del anarquista como fanáticos que no distinguen, al cometer sus actos, edades o sexo, funciona cómo otra característica más para definir la crueldad y la criminalidad de sus actividades. El diputado Adolfo Mugica, electo por la provincia de Buenos Aires, decía en 1904, durante el proyecto presentado por el diputado Palacios sobre la derogación de la Ley de Residencia: «Yo creo que esos atentados infames son simplemente el producto de instintos criminales que han germinado y nacido en un ambiente distinto del nuestro, y que si vienen a estallar en este país, es precisamente porque aquí encuentran la tolerancia que no existe en los países de su origen.(Aplausos)». Unos días antes, en el mismo debate, el diputado Mugica, decía, «Además, no existe ni puede existir entre nosotros, por lo menos salido de nuestras entrañas, ese germen de descomposición a que me refiero (...) Yo no creo que existan argentinos anarquistas, si existieran no pediría contra ellos ninguna pena, los mandaría, simplemente, al manicomio».

Otras de las metáforas que utilizaban los legisladores eran las relacionadas con la secta, a veces era denominada política, a veces religiosa. Incluso, la criminalización de las características del movimiento anarquista llegaba al rango de delito, el diputado por la Capital Federal Belisario Roldán, en 1904, sostenía, «No repitamos, por sabido, que se asesinan a veces a los obreros que no quieren adherir a las huelgas, no mentamos tampoco la habitual proclama, incendiaria y procaz; pero sepa la Honorable Cámara que en poder del Señor ministro del Interior hay una nota del Jefe de Policía en la cual se denuncia la existencia y funcionamiento en esta capital de escuelas de anarquismo, donde siniestros sacerdotes del credo ese, lo enseñan a los niños, en salones clandestinos, ¡cuyas paredes están adornadas por retratos de asesinos de reyes y de presidentes!».

El anarquismo no sólo se insertaba en el mundo laboral para alterarlo y evitar que siga su camino normalmente, además, según la visión del diputado, cumplía con objetivos distintos como la educación de niños en lugares que homenajeaban sus principios. Desde la misma óptica, el senador del Pino, planteaba en la sesión sobre el proyecto de sanción del estado de sitio en 1910, «Si el obrero se ve comprometido a participar de las agitaciones insensatas que llegan a veces hasta la resistencia criminal, es por ser víctima del espíritu sectarista que especula con el sudor de aquel; pues, el sectario de la doctrina anarquista, si doctrina puede llamarse la que predica la destrucción y la ruina –no vive del trabajo- su vida está regimentada sólo para cumplir juramentos de venganza, que se traducen en atentados criminales contra la sociedad o los demás hombres».

Las denominaciones atribuidas al anarquismo podían dividirse en tres conjuntos, como se decía más arriba, pero los legisladores, para argumentar y justificar «la verdad de la situación» realizaban combinaciones en su discurso como, enfermedad, virus, mal, delirio, germen en descomposición, con caracterizaciones de los militantes definidos en términos de siniestros sacerdotes del credo, asesinos, bárbaros, etc. El efecto de sentido, producto del discurso, terminaba de cerrar la idea de que los ácratas eran terroristas, y a partir de allí, las medidas a tomar estaban relacionadas con impedir que seres irracionales ataquen los cimientos de la civilización.
Las teorías de Cesare Lombroso -quien fue uno de los fundadores de la Escuela Positivista de Derecho Penal hacia fines del 1800- sobre las topologías fisiológicas de los criminales en su búsqueda e identificación abrieron un camino hacia la certeza de encontrar respuestas científicas. La repercusión que tuvieron en Europa definieron las primeras leyes que reprimían al movimiento anarquista.

Y en tierras rioplatenses, empezaban a constituirse en las razones y las justificaciones que esgrimían determinados legisladores sobre los sujetos indeseables para el país, las características corporales determinaban si una persona era posible de convertirse en criminal.
El diputado Ayarragaray sostenía enfáticamente el día de la sanción de la Ley de Defensa Social: «Es menester, pensaba, prohibir la entrada del loco, del epiléptico, significando que este país tiene el derecho fundamental, señor diputado, que reconocen todas las constituciones del mundo, de defenderse por medio de leyes de preservación social de los peligros exteriores importados, ya sea de una epidemia, ya sea de un ladrón reconocido, ya sea de un condenado por un tribunal de justicia, ya sea de un anarquista, de una prostituta o de una caften (sic) ...nos da a nosotros la facultad de negar la entrada en el país al epiléptico, al loco, a los degenerados, a todos esos que son presuntos anarquistas, porque cuando caen dentro del radio de la acción de la prédica ácrata, son individuos que están preparados por su mentalidad para el crimen, para el atentando, para el incendio, para la bomba, que estoy seguro que esas son las clases de donde el anarquismo internacional recluta sus mejores elementos. Porque el anarquismo, señor presidente, en definitiva, esta constituido por una banda de degenerados y de fanáticos que no aceptan los métodos de lucha que ha consagrado la civilización. El anarquismo desconoce la ley principal, la ley de la evolución, que no sólo gobierna la vida de las sociedades, sino que gobierna el universo todo».

El diputado integra en un mismo grupo una interesante variedad de sujetos sociales, todos condenados y perseguidos en la época y cada uno con una amenaza para la sociedad: en la salud, en la moral, en lo social, en lo político. El peligro a que se infiltren en el país supone la mayor intimidación a los valores que componen la «civilización y las buenas costumbres». Geli, sostiene que, «(...) [El] nuevo discurso criminológico cuya eficacia social residiría doblemente en la asignación de status científico a la imagen dominante del delincuente elaborada por el periodismo y la literatura, y en su capacidad para disminuir el margen de incertidumbre al aportar una vía infalible para la detección de sujetos peligrosos. Este criterio preventivo reconocía como piedra basal la noción de criminal nato (tipo biosocial homologable al salvaje cuyo origen atávico lo compete fatalmente a delinquir) estigmatizado según determinados caracteres antropométricos y fisiognómicos y ciertos comportamientos asociados a atributos considerados definitorios del primitivismo: el uso del argot, el tatuaje y el juego».

Las representaciones sobre el anarquismo podían plasmarse en la prensa, en la literatura, en los libros, pero cuando la estigmatización, como dice Geli, adquiere la categoría de leyes, deja de considerarse como un simple grupo sectario y desubicado para convertirse en el destinatario de todas las instituciones del aparato represivo del Estado.
El diputado Ayarragaray fue el primer redactor del capítulo 1 de la Ley de Defensa Social, aunque no fue votada como llegó al recinto, sí fue discutida en la sesión. El autor del proyecto intentaba prohibir la entrada, siguiendo las teorías lombrosianas, al loco, al epiléptico, al anarquista. A continuación se reproduce dicho capítulo inicial:
«Artículo 1°. Desde la promulgación de la presente ley, queda prohibida la entrada y la salida del territorio argentino de las siguientes clases de extranjeros:
a. Los idiotas, locos y epilépticos.
b. Las personas afectadas de tuberculosis o de cualquier enfermedad contagiosa, peligrosa o repugnante.
c. Los mutilados o contrahechos.
d. Los mendigos y las personas que por su condición física o moral representen una carga inútil para la sociedad.
e. Los que hayan sufrido condenas o estén condenados por delitos comunes que según las leyes argentinas merezcan pena corporal.
f. Los que practiquen la poligamia y las mujeres que vengan al país o sean introducidas para el ejercicio de la prostitución, como asimismo los que procuren introducirlas o ejerzan negocios u oficios inmorales.
g. Los anarquistas y demás personas que profesan o preconizan el ataque por cualquier medio de fuerza o violencia contra los funcionarios públicos o los gobiernos en general o contra las instituciones de la sociedad.
h. Los que hayan sido expulsados de la República mientras no se derogue la orden de expulsión».

El discurso de Ayarragaray estaba plagado de referencias a los sujetos plausibles de integrarse al movimiento ácrata y que era imperioso la prohibición de su entrada al país. Entre ellos estaban: los débiles mentales, los locos, los epilépticos, los ladrones o las prostitutas. A pesar que los legisladores concordaban con la necesidad de restringir la calidad de inmigración que entraba al país, el capítulo fue sancionado, «solamente», con la prohibición de la entrada de anarquistas.
Cesare Lombroso intentaba analizar, en su libro Los anarquistas, las causas de la criminalidad, especialmente demostrar cómo los ácratas estaban genética y fisiológicamente predispuestos al crimen. Ejemplificando a través de casos que le permitían fundamentar su teoría, amplió sus capítulos para explicar anomalías como: la epilepsia, el histerismo, la locura, los suicidas indirectos, los reos por pasión, la neofilia, la profilaxis. Muchas de las premisas que define Lombroso conforman las condiciones de producción de los discursos de los legisladores. Por ejemplo: define al criminal (anarquista), «ante todo por su naturaleza impulsiva y por su odio a las instituciones que le reprimen, un rebelde político perpetuo, que encuentra en el motín el medio de desfogar sus pasiones y verse alguna vez aclamado por un gran público».

Y sobre las formas de frenar al movimiento ácrata sostiene, «dícese (sic) que para curar la plaga de la anarquía no hay más medio que el fuego y la muerte», y luego continúa, un poco más moderado,
«Es preciso, como remedio para los anarquistas de ocasión, reos por miseria, contagio o compasión, curar el malestar crónico de los países en que la anarquía tiene sus gérmenes y su verdadero campo de acción; curar como diría el médico, las raíces del empobrecimiento general, causa de la local enfermedad, y curarlo con urgencia, sin paliativos, llegando al fondo ». Es obvia la similitud ideológica de los discursos fundadores como el de Lombroso y el de los legisladores, fieles reproductores de sus principios. Sobre este punto, Geli explica: «A partir de 1882 se hacen sentir en Buenos Aires las primeras repercusiones de la llegada del lombrosismo. Un rasgo definitorio de la recepción argentina es la rapidez llamativa con que se difundió en ciertos sectores intelectuales vinculados al poder atribuible a la contribución de esta doctrina en la conformación de esa visión que percibe como modalidad distintiva de la construcción de la nación la puesta en funcionamiento de un mecanismo que integra a costa de segregar, y en menor medida, a la falta de una presencia fuerte de una escuela capaz de resistir el discurso lombrosiano».

Las teorías lombrosianas calzaban justo con los intereses de la clase dirigente de la época. A la construcción y visión que tenían sobre el anarquismo se le sumaba una nueva doctrina de nivel científico que llegaba a fundamentar la eliminación de los ácratas en los mismos términos que planteaban. A pesar de que las metáforas y las denominaciones lombrosianas sobre el anarquismo sirvieron de base a la búsqueda y persecución del movimiento anarquista y como argumento para las sanciones de las leyes, la clase dirigente no terminó allí su debate.


1. Diario de Sesiones, Cámara de Diputados, Congreso Nacional, República
Argentina, 1910, 27 de junio, pág. 326.
2. Salessi, Jorge (1995). Médicos, maleantes y maricas, Rosario, Beatriz Viterbo Editora, Colección: Estudios Culturales, pág. 116.
3. Diario de Sesiones, Cámara de Diputados, Congreso Nacional, República
Argentina, 1910, 27 de junio, pág. 316.
4. Diario de Sesiones, Cámara de Diputados, Congreso Nacional, República
5. Argentina, 1902, 22 de noviembre, pág. 432.
6. Hace referencia a la bomba que explotó en el Teatro Colón.
7. Diario de Sesiones, Cámara de Diputados, Congreso Nacional, República Argentina, 1910, 27 de junio, pág. 301.
8. Salessi, Jorge (1995). Médicos, maleantes y maricas, Rosario, Beatriz Viterbo Editora, Colección: Estudios Culturales, pág. 118.
9. Geli, Patricio Andrés (1992). Los anarquistas en el gabinete antropométrico. Anarquismo y criminología en la sociedad argentina del 900, Entrepasados, N°2, Buenos Aires, pág. 11.
10. Diario de Sesiones, Cámara de Senadores, Congreso Nacional, República Argentina, 1910, 14 de mayo, pág. 125.
11. Diario de Sesiones, Cámara de Diputados, Congreso Nacional, República Argentina, 1904, 27 de junio, pág.297.
12. Diario de Sesiones, Cámara de Diputados, Congreso Nacional, República
Argentina, 1904, 22 de julio, pág. 489.
13. Diario de Sesiones, Cámara de Diputados, Congreso Nacional, República
Argentina, 1904, 20 de julio, pág. 463.14. Diario de Sesiones, Cámara de Diputados, Congreso Nacional, República Argentina, 1910, 14 de mayo, pág. 134.
14. Diario de Sesiones, Cámara de Diputados, Congreso Nacional, República
Argentina, 1910, 27 de junio, pág. 326.
16. Geli, Patricio Andrés (1992). Los anarquistas en el gabinete antropométrico.
17. Anarquismo y criminología en la sociedad argentina del 900, Entrepasados, N°2, Buenos Aires, pág. 10.
18. Diario de Sesiones, Cámara de Diputados, Congreso Nacional, República
Argentina, 1910, 27 de junio, pág. 311.
19. Lombroso, Cesare (1978). Los anarquistas, Barcelona, Biblioteca Júcar de política, pág. 61.
20. Geli, Patricio Andrés (1992). Los anarquistas en el gabinete antropométrico.
21. Anarquismo y criminología en la sociedad argentina del 900, Entrepasados, N°2, Buenos Aires, pág. 12.

Editorial Madreselva
Autora: Gabriela Costanzo.
126 páginas.

Consultas, pedidos: ventas@editorialmadreselva.com.ar

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