10/09/2009FUE EN EL HOTEL BAUEN
Se presentó "Venezuela 10 años después", de Modesto Emilio Guerrero

El pasado jueves se poresnetó el libro de Modesto Emilio Guerrero. Como panelistas fueron invitados Ricardo Napurí, ex Senador y colaborador del Che Guevara, Mabel Belluci y quien coordinó el debate fue el economista Eduardo Lucita. A continuación presentamos el primer capítulo del libro.
Dilema I
Sobrevivir
En el curso histórico se enfrentan clases, sectores y grupos de clases, a veces organizados en partidos, otras veces en proyectos y movimientos sociales, y muchas veces se expresan en dirigentes y personalidades relevantes.
Cuando se trata de países oprimidos, el enfrentamiento nacional, o la llamada “cuestión nacional” adquiere un valor decisivo y –dentro de él– el tipo de régimen político que aparece y la forma cómo se resuelve su superación como desecho histórico.
En cualquiera de los casos, son claves las lecciones de fracasos y triunfos de esos procesos políticos llamados a veces antiimperialistas, que sin ser revoluciones strictu sensu, abren enormes posibilidades para ellas. Venezuela y su régimen político actual no son comprensibles sin estos criterios.
La más importante conquista de la revolución bolivariana es haber sobrevivido diez años ininterrumpidos de gobierno, excepto el corte de 47 horas en abril de 2002.
Catorce elecciones y consultas plebiscitarias ganadas y un desarrollo social y político jamás conocido en la historia nacional. Esos catorce triunfos, aunque contengan contradicciones y riesgos, expresan un poderoso movimiento social que decidió cambiar la vida venezolana.
Una característica distintiva de estos diez años es que rompió un promedio histórico de durabilidad de regímenes de esta naturaleza, definidos por su rebeldía parcial o total al control imperialista. Una lección clave de esa historia es que las pruebas de sobrevivencia son mayores a las que tienen gobiernos sumisos, genuflexos o acomodaticios al dominio imperialista.
Exceptuando el caso de Cuba, que logró resistir más de medio siglo por haber superado el principal riesgo, que es el dominio capitalista, y el de Getúlio Vargas que gobernó con fragilidad en cuatro oportunidades sumando unos 18 años, el resto no pudo alcanzar una década.
Hubo gobiernos nacionalistas que duraron apenas siete meses, como el del brillante intelectual dominicano Juan Bosh; el del boliviano Juan José Torres algo más de diez meses. El de Perón pudo alcanzar los nueve años en sus dos primeros mandatos; el del panameño Omar Torrijos llegó a doce sumando sus distintas formas gubernamentales; el de Jacobo Árbenz, en Guatemala, algo más de tres años.
Los sandinistas no superaron una década (1979- 1989), después de haber dirigido una de las revoluciones sociales más profundas, quizá la más similar a la cubana de 1959 por su método, sujeto político, ubicación geopolítica y base social.
El general nacionalista peruano Juan Velasco Alvarado, que fue el modelo político de Hugo Chávez a sus veintiún años, y que tomó algunas de las medidas nacionalistas más profundas de los años 70, sólo pudo gobernar algo menos de siete años.
El líder nacionalista mexicano Lázaro Cárdenas fue presidente durante seis años; el recordado gobierno chileno de Salvador Allende duró apenas tres, los conocidos “1000 días de Allende” hasta el 11 de septiembre de 1973; a otro chileno que mandó varias décadas antes, Pedro Aguirre Cerda, lo dejaron gobernar tres años.
El primer gobierno del boliviano Víctor Paz Estensoro, considerado como el que más enfrentó el dominio imperial duró algo más de cuatro años. En el caso del régimen del general panameño Manuel Noriega, sucesor de Torrijos, aunque distinto a él en varios aspectos fundamentales, el imperialismo logró impedir su continuidad, derribándolo a los seis años de su mandato, ni bien dejó de servirles y decidió enfrentarlo con el ejército; al debilitado y condicionado gobierno del joven sacerdote haitiano Jean-Bertrand Aristide tampoco lo dejaron gobernar mucho tiempo.
Otro que gobernó cuatro veces como lo hicieron Paz Estensoro y GetúlioVargas fue el famoso tribuno ecuatoriano José María Velasco Ibarra. Guiados por el mismo criterio, su experimento nacionalista de Velasco no logró pasar de los tres años sumando lo que pudo gobernar en tres de sus cuatro presidencias: fue derrocado por golpes militares tantas veces como gobernó.
Si agregamos los movimientos antiimperialistas que resistieron a la penetración yanqui con invasiones, tenemos a Farabundo Martí que fue asesinado el mismo año de su levantamiento, en 1932, en apenas un mes. Sandino pudo resistir con su pequeño ejército siete años, Charlemagne Peralte resistió heroicamente casi dos años la invasión de los marines en Haití. En la lista de los que no llegaron a gobernar podríamos agregar al líder nacionalista colombiano Jorge Eliécer Gaitán cuyo asesinato en abril de 1948 tuvo entre otros objetivos impedir su ascenso al poder sobre un movimiento nacionalista de masas desde el Partido Liberal.
La lista no pretende ser exhaustiva pero es suficiente muestra de la sostenida resistencia al dominio yanqui en nuestro continente. Tampoco significa que esa resistencia haya sido igual en todos los casos, ni que acudieran a los mismos métodos, o que sus gobiernos tuvieran conductas similares. Hubo regímenes cuya resistencia fue parcial y pasajera, que a los pocos años acordaron pactos de convivencia con el imperialismo y otros que rompieron completamente como el de Cuba o el del sandinismo, en ambos casos a través de insurrecciones armadas.
Todos estos procesos se rigieron por las mismas leyes de la revolución contemporánea, según las cuales lo que no avanza y se consolida en forma de socialismo, retrocederá más fácil a lo peor del capitalismo. Esto no significa que la durabilidad dependa sólo de la conversión de un régimen a alguna forma de socialismo o de que expropie a los capitalistas. La URSS demostró que no basta reducir la explicación a la ausencia de capitalistas en la economía.
Los regímenes nacionalistas se distinguieron por una complejidad de factores que no caben en el propósito de este trabajo. Podemos, sin embargo distinguir sus rasgos fundamentales. Todos comenzaron desafiando situaciones de opresión nacional de uno o varios imperialismos. Muchos intentaron conquistar amplias libertades democráticas y superar dictaduras militares o gobiernos bonapartistas. Ninguno tuvo desde sus inicios un programa o propósito socialista, aunque algunos de ellos adoptaran alguna forma de ese ideal. Cuba es el más claro ejemplo. En casi todos los casos los gobiernos congelaron los procesos revolucionarios que iniciaron, impidiendo el salto de la conciencia antiimperialista y democrática de sus movimientos de masas (cultura y organismos de clase) a una superior, socialista.
El tipo de régimen político instaurado y sus relaciones con el imperialismo variaron mucho, pero en general tendieron a una concentración bonapartista del poder político, económico y social; la contra cara de lo anterior fue la limitación del poder social de los trabajadores y oprimidos impidiendo su constitución política; todos buscaron en sus inicios formas de asociación con la burguesía interna; casi todos quedaron atrapados en alguna variante de relación de dependencia con el imperialismo; en la mayoría de ellos esa relación fue agenciada por la burguesía interna asociada al régimen, en otros directamente por el mismo gobierno nacionalista.
Otra característica particular es el rol de los líderes, que ha sido más preponderante en los procesos típicamente nacionalistas que en los otros.
Es un hecho histórico que en todos aparecieron “líderes carismáticos” o “grandes jefes”. Una explicación tentativa a este último fenómeno, imprevisto por el marxismo, se encuentra en una combinación de factores, cuyo centro gravitante es la debilidad social y cultural de los explotados y oprimidos que protagonizan las revoluciones.
A menor calidad y fuerza social de los organismos de clase, mayor fue el rol del dirigente, partido, comandante, caudillo o líder de cada proceso. El desvío histórico que sorprendió a Marx y a la generación posterior, en su pronóstico sobre los países que comenzarían la revolución proletaria, contuvo esta desigualdad entre la fuerza social de las clases oprimidas y el peso individual de los (o del) dirigente.
Este repaso tiene el limitado objetivo de mostrar dos realidades históricas en el contenido de este texto:
La primera es la poderosa capacidad de resistencia social y experiencias políticas arrojadas por casi cien años de luchas antiimperialistas y anticapitalistas en América Latina. Los nacionalismos de los países oprimidos son absolutamente opuestos a cualquier nacionalismo de los países opresores. Este hecho le confiere su vitalidad histórica progresiva, aunque esa sea limitada, frágil y relativa.
La segunda es el grado de vulnerabilidad de este tipo de regímenes, gobiernos o movimientos nacionales en su relación con el imperialismo.
Estos criterios valen también para aquellas otras revoluciones del siglo XX, las que comenzaron desafiando en términos programáticos el dominio capitalista e imperialista. Fueron los casos de Rusia en 1917, Hungría en 1919, Bulgaria en 1918.
Ambos tipos de procesos, los de programas nacionalistas y los que tuvieron programas socialistas desde el inicio, fueron cruzados por las mismas leyes sociales y políticas, aunque ambas se hayan diferenciado por sus objetivos, programas y organismos.
Respecto del grado de vulnerabilidad de cada uno, que es lo que nos interesa analizar, tuvieron los mismos costos. Esos costos se pueden resumir en tres o cuatro factores estrechamente relacionados: aislamiento político, discontinuidad interna y externa de las transformaciones iniciadas, frágiles puntos de partida en lo económico y social y ausencia, o debilitamiento extremo, de organismos democráticos de clase que sostengan los procesos.
De esas condiciones generales y particulares surge la durabilidad de los regímenes nacionalistas y de los otros.
La media de duración de estos gobiernos tomados como muestra fue de 5,4 años. La fragilidad que indica este dato señala una dialéctica infernal de avances y retrocesos de los oprimidos, victorias y derrotas de gobiernos progresistas o antiimperialistas que quedaron atrapados en sus propios límites políticos e ideológicos.
En esa prueba histórica se encuentra el gobierno bolivariano del presidente Hugo Chávez desde 1999. Su primera década contiene todas las virtudes, defectos y peligros que tuvieron regímenes de la misma naturaleza desde el siglo XX en nuestro continente.
Las pruebas de la revolución bolivariana
Venezuela rindió su primer examen en el golpe de Estado del 11 de abril de 2002. No dejó de ser un breve golpe triunfante, a pesar de que no pudo sostenerse más de 47 horas. Aquella asonada mostró las dos características generales que cruzan los procesos antiimperialistas contemporáneos.
Por un lado el grave temor que causó en Estados Unidos y en los capitalistas venezolanos la dinámica revolucionaria del movimiento de masas, la denuncia de la guerra de Afganistán que hizo el presidente venezolano y el anuncio de las 49 Leyes sociales que comenzaron a poner límites al dominio del capital. Pero, al mismo tiempo, el golpe sirvió para mostrar la fragilidad y riesgos del régimen en marcha.
Ha sido hasta ahora la mayor prueba. En ella se manifestaron las debilidades fundamentales vividas por los regímenes nacionalistas durante el siglo XX. No por casualidad la primera imagen aparecida en las horas siguientes al 11 de abril fue la de Chile derrotado en 1973, como lo dejó escrito una activista chilena residente en Venezuela en un angustiante e-mail enviado al mundo esa noche.[1]
La contrarrevolución asomó su rostro y el proceso sus propias debilidades. Quedó paralizado en dos terrenos: el político y el militar. El día 12 de abril todo indicaba que estábamos en presencia de una derrota más en la historia de las derrotas y una experiencia para extraer o confirmar lecciones negativas.
Pero la historia, cuando está determinada por las masas oprimidas, suele dar alguna sorpresa. En vez de otra derrota como la chilena, Venezuela vivió 48 horas de insurrección social que paralizó al frágil poder establecido del golpismo en Miraflores. Ese acontecimiento impactó en las Fuerzas Armadas, avanzó sobre la desmoralización y retracción de la clase media y le dio aliento a un sector del Ejército y la Fuerza Aérea para actuar en defensa del gobierno depuesto.[2]
La revolución bolivariana había salido airosa de su primera prueba.
Después del golpe
Entre los meses siguientes a abril del año 2002 y los primeros del año 2003 intentaron destruir nuevamente al gobierno. Entre julio y octubre fueron descubiertos varios actos y reuniones de conspiración que resultaron frustrados en la turbulencia social de los meses de 2002. En diciembre de ese año probaron con un recurso superior. Armaron un lock-out patronal, una parálisis de la economía en todo el país. Cerraron las puertas de más de 10.000 empresas y comercios y tomaron el control de las plantas de la industria petrolera de PDVSA.
El paro petrolero duró 63 días, hasta el 3 de marzo de 2003, más de dos meses de intentona golpista. La economía y la vida social fueron removidas en sus cimientos, en algunas zonas muy pobres reducidas a la antigua costumbre de cocinar con carbón por ausencia de combustible. La misma causa, el combustible, pero en el caso de la clase media porque les impedía usar sus carros, llevó a una parte de ella a rechazar a la derecha y comprender un poco al gobierno.
Desde entonces el gobierno ha sobrevivido a la defección de decenas de diputados hasta mediados de 2007. Desde 1999, decenas de funcionarios altos actuaron desde distintas entidades y funciones. Varios gobernadores y alcaldes indujeron al voto en contra de la propuesta presidencial de un referéndum para reformar la Constitución en diciembre de 2007.
Un año después sucedió algo similar con otros alcaldes chavistas emergidos de las elecciones regionales de noviembre de 2008. Uno de los casos más destacados fue la retirada del general Isaías Baduel. Este alto oficial se había ganado el reconocimiento de héroe nacional en abril de 2002 al plantarse en Maracay contra el golpe, aliándose a la insurrección del movimiento de masas dirigida por la izquierda de esa ciudad.
En 2007 el General Baduel fue captado por el enemigo, la razón fue simple y es la misma que ronda en las cabezas de otros oficiales activos y de funcionarios ministeriales: no están dispuestos a acompañar a Chávez en una perspectiva socialista para la “revolución bolivariana”. El 1º de abril de 2009 el Ministerio Público de Venezuela procesó al general Isaías Baduel por enriquecimiento ilícito.[3]
Una prueba clave fue el referéndum revocatorio de 2004, un momento en el que el movimiento chavista sintió que estaba frente a un punto crucial de su existencia. Caracas estuvo al borde de la guerra civil. El punto de partida fue la acción de un grupo de la dirección del partido chavista, manejado por el diputado de Maracay Ismael García, que intentó negociar los resultados del referéndum.
Desde las 2 de la madrugada de aquel aciago 15 de agosto, las calles de Caracas fueron tomadas por la tensión de la incertidumbre y por las masivas vanguardias chavistas que salieron a las calles decididas a defender el triunfo a cualquier costo. Aquella decisión del movimiento convergió con la posición presidencial e impidió que se consumara la traición al resultado del referéndum.
Apenas cinco meses después, en marzo de 2005, aparecieron en los alrededores de Caracas los mercenarios de la ultraderecha colombiana con el objetivo de liquidar a Chávez y su gabinete para crear un caos.
Venezuela: Crónica de un magnicidio frustrado
Matar al Presidente fue el frustrado objetivo de los 91 irregulares colombianos detenidos el domingo en los alrededores de Caracas, según fuentes de inteligencia cercanas al proceso que instruye el juez militar Rubén Darío Garcilazo.
Los paramilitares colombianos fueron sorprendidos vistiendo uniformes del Ejército venezolano, en vísperas de recibir el armamento con que ejecutarían este miércoles dos ataques simultáneos, contra el palacio presidencial de Miraflores y la residencia presidencial de La Casona, donde el presidente Hugo Chávez tenía prevista una cena con banqueros y empresarios locales del sector financiero.
Chávez convocó al Consejo de Defensa Nacional por primera vez en los cinco años que lleva ejerciendo en el mandato de las urnas, para que considere recomendaciones que evaluará después el Consejo de Ministros.
Hablando por radio y televisión, el jefe del Estado aseguró este miércoles que la acción fue fraguada por una red con ramificaciones en Venezuela, Miami y Colombia. La prensa informó que el comandante en jefe del Ejército de Colombia, general Martín Orlando Carreño, se reunió el 12 de marzo con empresarios venezolanos, en la sede del Batallón Mecanizado Maza, en Cúcuta, ciudad fronteriza con Venezuela. Otros sectores de la oposición venezolana sostuvieron reuniones con el paramilitar colombiano Salvatore Mancuso.
Chávez dijo haber “charlado” con un “para” capturado el domingo en Barinas. “Conversé con él unos minutos, vi sus documentos: soldado fusilero, reservista del Ejército de Colombia, de conducta excelente según un carnet que porta y otro carnet lo acredita como soldado profesional por un curso que realizó, y luego pasó a la reserva después de haber servido en batallones antisubversivos”. El jefe del Estado no dijo expresamente que la operación contaría con el respaldo del gobierno de Bogotá.
Añadió que el sujeto “me negó todo, vi unos ojos fríos, una fría actitud calculada y calculadora. Dijo que lo había traído de Cúcuta un venezolano a trabajar en una hacienda en Caracas, a lavar caballos y que luego de una semana aquí decidió volver y fue capturado en la noche del Día de la Madre”.
“Luego me cuentan -prosiguió Chávez- que tras ser capturado fue llevado al sitio de reclusión donde estaba el resto de los aprehendidos. Éstos lo reconocieron y lo llamaban 'Comandante Cabeza'”. El individuo participó en la muerte a hachazos de dos irregulares por conflictos internos. Un tercer cadáver que está siendo identificado fue encontrado a 4 km. de El Hatillo, el villorrio donde se encontraba el destacamento irregular, en la finca Daktari, propiedad del cubano venezolano Roberto Alonso. Los paramilitares colombianos poseen un cordón umbilical con el Ejército en la lucha común contra las guerrillas de su país.
La oposición y sus medios de comunicación desestimaron como “una olla” -montaje- la incursión de los sicarios colombianos, que serían 130. Fuentes allegadas al tribunal militar alegaron que 39 lograron escapar al cerco durante la noche del Día de la Madre, pero habría un millar de “paras” camuflados en los estados Yaracuy, Carabobo y Zulia. A los sicarios infiltrados en Venezuela se les atribuye la muerte de 80 campesinos.
“Matar al Presidente” es una vieja aspiración de un sector de la oposición venezolana y de los paramilitares colombianos. Hace dos semanas que el ex presidente Carlos Andrés Pérez anunció desde Miami que estaba agotada la vía pacífica para derrocar a Chávez, pero que habría algunos muertos. La televisión del Estado –canal 8– muestra al dirigente del partido Social Cristiano Copei Enrique Mendoza anunciando enigmáticas “próximas acciones”. “A un buen entendedor, pocas palabras”, dijo el gobernador del Estado Miranda.
Ernesto Carmona, ARGENPRESS.info/Aporrea 13/05/04
Ha habido presiones imperialistas sucesivas de todo tipo, con campañas dentro y fuera de Venezuela, desde sus redes mediáticas en todo el mundo que siembran matrices de demonización del presidente de Venezuela y de los movimientos sociales bolivarianos. La primera campaña contra los movimientos de vanguardias de Venezuela ocurrió en 2002. Para ello el canal Venevisión y sus aliados en el mundo invirtieron el mensaje contenido en las imágenes del golpe en Puente Llaguno, al lado del Palacio de gobierno.
El objetivo era claro: demonizar a los Círculos Bolivarianos por las muertes del 11 de abril. Para esa fecha, los Círculos eran el principal organismo social de agrupación de los luchadores bolivarianos. Antes del golpe decenas de miles se organizaban en unos 1.500 Círculos, después del golpe centenares de miles de militantes los nutrieron hasta convertirlos en la principal herramienta de lucha en los barrios, oficinas y algunas fábricas.
Esta prueba se repitió en 2004 contra tres nuevos organismos emergidos en el proceso revolucionario: el Movimiento Campesino Ezequiel Zamora, los Batallones de militancia barrial y obrera que llevaron adelante la campaña del referéndum de agosto de ese año y la Unión Nacional de Trabajadores aparecida en abril de 2004 y convertida en pocos meses en la vanguardia proletaria del país. Desde 2006 la batalla se ha centrado en otros organismos sociales de lucha, como los Comités de Agua, los Comités de Tierra Urbana, los Comités de Salud en las fábricas y sobre todo contra el más importante y extendido: el Consejo de Poder Popular.
La burguesía y sus aliados externos comprendieron desde 2001 que en Venezuela es muy difícil separar al movimiento bolivariano de base y sus cambiantes organismos, del rol individual que juega el líder-presidente Hugo Chávez.
Al comienzo apostaron a comprar o controlar al líder, aprovechando el vacío que dejaba la poca organicidad social y política de las masas que lo seguían. Con el desarrollo de esas vanguardias desde 2001-2002 el ataque los tiene a ambos como objetivo.
El gobierno y el movimiento social bolivariano viven defendiéndose desde 2001. Eso explica la aparición de conspiraciones a cada rato.
Entre el golpe de abril de 2002 y la conspiración de Puerto Rico se registran tres conspiraciones por año. La mayoría de ellas no ha pasado del intento o de las primeras escaramuzas. La última fue descubierta dos días antes del vuelo que iba a llevar al Presidente a la toma de posesión de Mauricio Funes, el nuevo mandatario de El Salvador. El conocido agente de la CIA Alejandro Peña Esclusa, la red de apoyo de Posada Carriles en Centroamérica, con el soporte del general retirado venezolano, Molina Tamayo, tuvieron el plan de derribar el avión presidencial.
Días más tarde se descubrió que esa acción criminal estaba conectada, como era previsible, con una acción interna. El 9 de junio, el diputado Mario Isea denunció el hecho y ofreció a la prensa mundial la grabación de la conversación de los conjurados: “Denunció un presunto plan desestabilizador por parte de sectores radicales de la oposición, ello con la iniciativa del vicealmirante retirado Rafael Huizi Clavier, presidente del ultraderechista Frente Institucional Militar. Se mostró una grabación telefónica entre Huizi y otro personaje no identificado, de nombre ‘Edgar’. Huizi Clavier declara el 4 de junio –explica Isea– que la mayoría de los miembros de la Fuerza Armada ‘no son indiferentes’ y los incita a la rebelión”.[4] En esa reveladora conversación el almirante evidenció una parte de la naturaleza de la conspiración, su carácter combinado entre el factor político y el militar.
En la grabación no aparecen el económico y el externo: “El país y todo el mundo está esperando una vaina, chico. Que alguien asuma... Yo le di la sugerencia a Antonio: alguien tiene que convocar a una vaina, los partidos políticos”. Este “Antonio” a quien hace referencia es el Alcalde Mayor de Caracas, Antonio Ledezma, ganador de la contienda en noviembre de 2008.
El 15 de enero de 2009 fue develada en Puerto Rico la reunión de dirigentes de la oposición venezolana y altos directivos del canal Globovisión, con gente del Comando Sur, del Pentágono y de la jefatura de Seguridad de Estados Unidos. Como relata el documento del encuentro, los oficiales estadounidenses les dieron orientaciones prácticas para ayudarlos a ordenarse y ganar lo que más han perdido en Venezuela: credibilidad social.
El diputado de la Asamblea Nacional Mario Isea, dijo en su declaración una frase que es todo un programa de advertencia: “Es una conspiración continua que no se detiene”.
Este asedio estratégico lo aplican a través de otros medios e instrumentos del sistema mundial de Estados. Las asambleas y comisiones sectoriales de las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos (OEA),