02/08/2009VENEZUELA
Guerra es guerra: medios en la política
Por Periódico Proceso de Venezuela - Sólo una lectura de la realidad desde la naturaleza esencialmente política –luego parabélica– de la comunicación social de masas y el periodismo contemporáneo puede enfrentar los abusos que se cometen en el marco de la guerra mediática en curso, asegurando el diseño de tácticas apropiadas a la intensidad del enfrentamiento.
Si seguimos actuando a partir de juicios de valor basados en la ilusión de la normativa del periodismo –“eso no es ético”, o “esperamos que el colegio de periodistas condene aquello”– seguiremos articulando estrategias de comunicación basadas en la narrativa deseable de los hechos, y no en la naturaleza de los hechos mismos.
Para los actores de la dominación capitalista, la política no es otra cosa que la extensión de la guerra en tiempos de paz, y su objetivo no es otro que imponer los intereses de clase, a costa de la dignidad – y si es necesario, del exterminio selectivo – de las mayorías y pueblos explotados. Así lo fundamentaron sus grandes filósofos, empezando por John Locke, quien legitimó un pensamiento liberal que se extiende, bajo formas más “amables”, hasta el día de hoy; y que está basado en la igualdad contractual de los propietarios y la legitimidad de la esclavitud y el exterminio de los no propietarios.
En cuanto a la perspectiva de la lucha de clases, la vía política no es otra cosa que la alternativa a la insurgencia armada contra las relaciones de dominación. Aunque bajo las formas de la democracia existen mecanismos para evitar una confrontación armada, y esa es la apuesta en la que transitamos, tanto quienes defendemos una alternativa al capitalismo, como quienes combaten por la restauración de la hegemonía que lo apuntalaba, lo tenemos claro. No obstante, en la mayoría de los casos, sólo los segundos afinan sus estrategias y calibran sus instrumentos desde esa óptica – aunque la camuflen bajo burdos pero efectivos discursos de principios democráticos y de libertades.
De ahí se deriva la necesidad de dejar de pensar en la guerra mediática como una mera metáfora. El trabajo de los medios no sustituye a las bombas reales: es fuego real, aunque por suerte – y por ahora – su efecto sea distinto al de las explosiones de metralla. El uso intencionado de las tácticas de manipulación, difamación e incitación al odio y la violencia es el arsenal en la batalla de las ideas y en la construcción social de la realidad, como escenarios donde se compite por el control de las voluntades. Desde esta perspectiva, los medios son fortalezas armadas; los editores y directores son oficiales; los periodistas son su tropa.
Por recoger tan sólo uno de tantos ejemplos, la adecuada manipulación de un enfrentamiento entre fuerzas serbias y fuerzas insurreccionales albano kosovares por medios transnacionales del capital derivó en la noticia del asesinato inmisericorde de una población indefensa por parte de la nación cuestionada. Poco después, esa construcción mediática fue suficiente para activar el salvaje bombardeo contra Yugoslavia. Nada muy diferente al expediente de las armas de destrucción masiva de Irak; o en el plano de “la política”, de la agenda del Periódico El Mercurio contra Allende, o de los medios privados en el golpe de abril de 2002 ¿Qué vino después de la “victoria” del Mercurio? La represión y los desaparecidos de Pinochet.
¿Qué habría venido después del 11 sino se hubiera desatado el vendaval del 13...?
En los escenarios nacionales, los sectores dominantes mientras mantienen el control del gobierno, utilizan los medios a su servicio con un doble objetivo: moldear el rumbo de las políticas y acosar a la disidencia que enfrenta sus intereses. Cuando el gobierno deja de servir a esos intereses, reorientan su política editorial, para acosarlo y apoyar a los grupos económicos hegemónicos que buscan retomar el control del poder político. En cualquiera de estos escenarios, la acción mediática se orienta hacia el cometido para el que fueron creados: su uso como dispositivo ideológico de presión pública para la defensa – o reconquista, en su caso – del orden que les permite mantener el dominio.
En Venezuela, desde la toma del gobierno por una alternativa de poder contra la dominación tradicional del capital y sus representantes, los sectores dominantes desplazados han buscado retomar el control del Estado, desconociendo las reglas democráticas cuando consideraron las condiciones maduras para ello y vulnerando desde sus medios – en todo momento – los principios de sentido que se proponen bajo el aséptico (y “heroico”) acerbo del periodismo profesional.
Al fin y al cabo, esos principios fueron construidos por el poder económico, a través de otro de sus brazos ideológicos: la academia dominante, para crear un método de control que permitiera el manejo más dócil posible sobre los procesos comunicacionales hegemónicos y sobre los mensajes de la disidencia. Ese es, al fin, su verdadero sentido.
Mientras el poder económico se encuentra en posición dominante, sus medios de difusión tendrán mejores condiciones para maquillar su manipulación, pero cuando pierden el poder político – como es el caso en Venezuela y otras repúblicas hermanas – el ya de por sí acomodado apego a esos principios y convenciones será la primera víctima de la guerra que desatan contra la nueva democracia. Lo mismo sucede, al fin, con los principios democráticos que aseguraban respetar, mientras controlaban los procesos sociales y políticos de las naciones que insurgieron para reinventarlos y que hoy día les lleva a reiterar, patéticamente, que nunca participaron en un golpe contra el gobierno de Chávez.
Por fortuna, convivimos en un escenario de democracia, lo que permite evitar el enfrentamiento que sí vivió la nación, por ejemplo, bajo las guerras de independencia y las guerras federales y que los medios y sus dueños estuvieron dispuestos a propiciar en 2002 y 2003. Pero el control del poder dentro de reglas de la democracia no garantiza la decantación de las actitudes bélicas. Además, hay que ejercerlo.
Asegurar la nueva hegemonía como condición para consolidar la transformación estatal y la gradual transformación de las estructuras de poder, requiere que las instituciones públicas orienten su acción para controlar el “fuego mediático” adversario de la democracia: ejercer el control institucional – CONATEL para la supervisión, fiscalía para investigar los delitos y tribunales para castigarlos.
Para asegurar la victoria en el terreno político, no hay otro camino que asumir el escenario bélico adaptado al campo de la comunicación, como uno de los principales territorios donde se escenifica la confrontación. Y para ello, revisar permanentemente las estrategias desplegadas y el comportamiento y efectividad en el terreno de las fuerzas en juego: inventario balístico de “medios” y “tropa”, cálculo de equilibrio de fuerzas, evaluación de medidas para reforzar el arsenal propio (“capacidad de fuego mediático”), escrutinio de las estrategias en curso.
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