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08/06/2009
3 - HABLA ERNESTO CARDENAL
Sueño de solentiname

Boletín quincenal 108 - Por Adriano Prandi desde Managua - Es difícil, recorriendo la Managua de hoy, imaginarse lo que fue Nicaragua a fines de los años setenta y ochenta, años de sueños y de lucha. Las mismas calles que en aquel mediodía de julio se llenaron de puños apretados, de banderas rojinegras, de necesidades postergadas, se han convertido en un triste reflejo de un mundo diseñado por unos pocos y para el disfrute de unos pocos.

Inmensos centros comerciales y ostentosos hoteles comparten el espacio urbano con un océano de casas bajas que se pierde hasta donde llega la vista. En esas barriadas vive la inmensa mayoría de los nicaragüenses, pueblo aguerrido que no dudó en entregar su vida por la revolución y que hoy intenta sobrevivir en un país que se ha convertido en el segundo más pobre de América toda.

“… mundo querido alíviame, sueño de Solentiname”

(Canción del grupo francés Mano Negra.)


¿Dónde encontrar en estos tiempos la punta del ovillo que nos permita volver a creer en un futuro distinto y comenzar a transformar este presente, que no es más que el legado de cinco décadas de dictadura somocista, una década de guerra sucia y dos decenios de las más crudas recetas neoliberales? Al fin y al cabo, Nicaragua es otra de las heridas abiertas de un continente que se ha puesto de pie ante el imperio, y que fue arrasado de manera impune para poder proseguir ininterrumpidamente con la dinámica del saqueo. Duele y mucho mirar atrás, pero también es necesario zambullirse en la historia reciente, aunque mucho cueste recorrer el dolor cuando aún está cerca, y rescatar aquellas experiencias cuya vigencia pueda ayudar a trazar nuevos caminos.

Ya aprendimos que no hay fin de la historia, y ésta es una de las razones que nos demuestra que Nicaragua y, por que no América Latina, volverá a ponerse de pie. En esa vigilia está la figura de Sandino, en lo más alto de Managua, como para recordarnos que la lucha sigue. Un poeta le cantó una vez a este gran ejemplo de la rebeldía y el coraje latinoamericano que fue Sandino: “Creyeron que te mataban con una orden de fuego, y lo que en realidad hacían era enterrar una semilla.” Ese poeta se llama Ernesto Cardenal y, junto con la comunidad de Solentiname fundada en lo más recóndita del Lago Nicaragua, es la semilla de esta historia.

Un poeta y una comunidad
Ernesto, de mirada serena y hablar pausado, nació en la ciudad de Granada hace poco más de ochenta y cuatro años. Su vida, como él mismo la define, atravesó dos grandes conversiones: la primera de ellas fue la conversión religiosa, que lo llevó al monasterio trapense de Gethsemani primero y luego al seminario, con el propósito de ordenarse sacerdote. La segunda conversión le llegó de la mano de su primer viaje a Cuba, en el que terminó de definir su opción por el socialismo. A partir de allí y durante muchos años, Ernesto Cardenal difundió un basto mensaje que conciliaba marxismo y cristianismo, acorde al proceso que por esos años iba vinculando a un importante sector de la iglesia católica latinoamericana con la teología de la liberación.

Poeta, sacerdote y revolucionario, Ernesto es un hijo digno de Nicaragua, país religioso hasta la médula y en el que los poetas –partiendo de Rubén Dario- son admirados y leídos desde la universidad hasta el mercado.

Apenas fue nombrado sacerdote, Ernesto Cardenal –junto a dos compañeros del seminario- se retiró al archipiélago de Solentiname, sobre el Lago de Nicaragua, muy cercano a la frontera con Costa Rica, para fundar allí una pequeña comunidad contemplativa. Un sueño que Ernesto albergaba desde sus años en La Trapa junto al que allí fue su director espiritual, Thomas Merton, quién le recomendó sólo una regla para la fundación de Solentiname: “la única regla es que no haya reglas”. Y Ernesto la cumplió a cabalidad “Cuando iba a hacer la fundación de Solentiname, Merton me dijo que tenía que mantener siempre la preocupación por los problemas sociales y políticos. Eso hizo que no me olvidara de la lucha por la revolución”. Sin duda, uno de los más importantes puntales que enriquecen la experiencia de Solentiname es el equilibrio presente entre una vida contemplativa y religiosa con la acción para la transformación. Es el alejamiento de la sociedad, con su lógica de aceptación-opresión o rechazo-exclusión, pero no ya como un proyecto individual o de elite, sino de asimilación de un espacio o territorio desde donde interpelar a esa misma sociedad. “Lo que sucedió en esa pequeña comunidad es que comenzamos a hacer mucha obra social. Viendo la situación de los campesinos, muy pobres, con mucha necesidad, había que hacer algo con ellos”.

Encuentro con el otro
Eran años en los que la dictadura de la dinastía Somoza gobernaba Nicaragua como si fuera una finca personal. Sólo un pequeño sector de la sociedad, el más cercano a los Somoza, disfrutaba del orden de las cosas, mientras la gran mayoría del país malvivía entregada, en el mejor de los casos, a la mera subsistencia. Solentiname, fuera de las rutas turísticas y de comercio, era tierra olvidada para el poder. Sin escuela, sin un puesto de salud, sin un centro de abastecimiento, los solentinameños debían recorrer en bote las ocho horas que los separaba del puerto de San Carlos, donde podían vender los magros excedentes de la cosecha y aprovisionarse de los enseres más básicos. María Guevara, nacida en una familia campesina de Solentiname, cuenta: “Nosotros vivíamos casi de la nada. Mi padre era agricultor, sembraba mucho, pero casi todo se maleaba. Los campesinos aquí no recibían apoyo de ningún tipo, nadie se acordaba de nosotros. Pero en la misa de Ernesto, de a poco, se fue hablando de por qué vivíamos en la miseria, por qué no había escuelas, por qué no había puestos de salud, por qué no había nada. Poco a poco, nos fue explicando por qué el gobierno no estaba comprometido con nosotros”.

La misa que celebraba Ernesto todos los domingos en Solentiname fue el espacio principal de ese contacto con los campesinos. Una verdadera comunión, como era entendida por el cristianismo primitivo que Ernesto permanentemente rescata frente al poder eclesiástico. De las diferentes islas del archipiélago llegaban los campesinos a la misa, a veces remando horas. “Las familias que íbamos a la misa nos organizábamos y llevábamos comida para compartir en el almuerzo comunitario que luego se hacía”, dice Rafael Chavarría, campesino solentinameño, hermano de uno de los mártires de la revolución nicaragüense. “La misa era la manera que teníamos de reunirnos todo el mundo, de platicar. Todo el mundo iba contando las cosas que le pasaban y la gente veía qué hacer para ayudar. Había una unión increíble, a la gente le había nacido un corazón tremendo. Con tristezas, con alegrías, pero unidos”, agrega María.

Donde antes había familias campesinas desperdigadas en las diferentes islas, poco a poco fue naciendo una comuna. A su vez, la comunidad contemplativa de Cardenal se fue consolidando con el regreso de William Agudelo -uno de los fundadores que partió a Colombia para casarse y regresó con su familia para acompañar a Ernesto y terminar de definir una vida contemplativa y comunitaria-, y con la incorporación de varios muchachos de Solentiname: Alejandro Guevara, Elbis Chavarría, Laureano Mairena y otros. En comunidad se fueron definiendo momentos para la meditación y contemplación individuales, pero también lecturas colectivas, trabajos comunitarios y almuerzos grupales.

Muchos fueron los visitantes que tuvo la comunidad por esos años: escritores, intelectuales, revolucionarios. Y muchos de ellos han relatado la cotidianidad de Solentiname. Uno de los temas más presentes es la austeridad de la vida que allí se llevaba, una austeridad que permitía tomar distancia frente a la superficialidad de muchas de las necesidades creadas por un mundo regido por el mercado.

También, cuentan los visitantes del rol importante que tenía la reunión. Ya fuera para leer colectivamente algún texto y luego comentarlo, o simplemente para tocar la guitarra y cantar luego de la cena. El encuentro con el otro, para reconocer similitudes y diferencias y poder generar un crecimiento mutuo, es uno de los fenómenos más preocupantemente ausentes en la sociedad actual, en la que el espacio público va cediendo terreno frente a la incidencia de los medios de comunicación y a la progresiva prioridad del ámbito privado, cada vez más aislante.

Fue el espacio comunitario, como punto de partida para pensar y vivir un mundo diferente, lo que hizo que Solentiname se convirtiera en un punto de atracción para muchos de los que luchaban por revolucionar la sociedad en el continente americano y en el mundo entero.

Arte y transformación
Olivia Silva, campesina de Solentiname, cuenta en una entrevista que para ella la llegada de Ernesto Cardenal fue muy significativa. “Hasta ese momento yo no me había dado cuenta de lo hermoso del paisaje que me rodeaba”. Cardenal agrega: “se sentía como en una cárcel por la pobreza en la que vivía. En esos ranchos en los que se pasaba la lluvia, con lodo y con hambre. Y eso vale para todos los demás, porque ellos eran tan pobres como los otros”. Pero, lentamente, los campesinos se fueron dando cuenta que su vida también valía la pena ser vivida. Su pobreza, si bien era producto de la imposición de un sistema, éste –como toda relación social- era posible de ser subvertido.

En ese proceso de cambio en la conciencia de los campesinos de Solentiname aparece el arte como un agente transformador. Primero fue la pintura. Ernesto le dio unos lápices y papel a un campesino y éste le devolvió un dibujo muy bonito. Más tarde repartió unas telas, pinceles y óleos y se pintaron los primeros cuadros de una belleza primitivista excepcional. Cardenal cuenta: “la mayor parte de estos pintores primitivos eran jóvenes y llegaron a ser hasta cuarenta o cincuenta. Así se hizo la escuela de Solentiname, de muchos pintores y pintoras, que luego se impuso en todo el país y hay toda una pintura primitivista en Nicaragua derivada de la de Solentiname”. El lago, las islas, la naturaleza, todo el hermoso paisaje de Solentiname, sirvió de inspiración para esta naciente pintura popular campesina.

Luego fue también la escultura y la artesanía. Y más tarde la poesía. Tanto cuadros como esculturas y figuras artesanales se vendían en Managua, y fueron sirviendo de ingreso para los campesinos. “Yo no sabía para que podía servir la pintura, y ahí me di cuenta que se podía vivir mejor. Se regó la noticia y todas las mujeres de este lado de la isla nos reuníamos a pintar todas las tardes. Nosotros vivíamos en la miseria, y con la pintura y la escultura ya todo el mundo pudo ir superándose, comprar algunas cosas y mejorar la alimentación”, cuenta María con un entusiasmo incontenible en los ojos. Pintar, esculpir y tallar se fue convirtiendo en una nueva forma de relacionarse con el mundo exterior, un empoderamiento hasta entonces inimaginable.

Ese archipiélago, esa espesura selvática, ese mundo alrededor antes sufrido comenzó a ser apreciado, dando lugar a un paisaje cuya belleza merecía la pena ser retratado. Y quiénes mejor que los propios campesinos para resignificarlo y expresarlo. Quien define mejor esto es Oscar Mairena, también solentinameño: “el pintor pinta las cosas que vive. Siempre el monte tiene lindos paisajes; y el del campo, como mira el árbol nacer, así lo pinta. Nosotros miramos una gallina, una garza, un zanate, y sabemos cómo viven. Y eso es lo que mostramos, porque tenemos que mostrar cómo vivimos”.

Asumiendo un compromiso
Comenzaba a cambiar así la manera de ver el mundo, pero la realidad nicaragüense seguía su curso. La dictadura se eternizaba con la fraudulenta elección de un tercer Somoza, quizás el peor. La represión se hacía sentir cada vez más fuerte en las comunas campesinas del norte, donde más presencia tenía el frente sandinista. Y en Solentiname también comenzó a percibirse el asedio de la Guardia Nacional. La imperiosa necesidad de una ansiada y postergada liberación nacional fue cobrando fuerza progresivamente.

En Solentiname, este cambio gradual se puede ir apreciando en los comentarios del Evangelio que se realizaban en la misa dominical. Ya Ernesto había dejado su sermón tradicional, y mediante el consejo del sacerdote español De La Jara, había abierto un diálogo con los campesinos. “La misa comenzaba con cantos y guitarras, y luego alguien leía el evangelio. Y entonces era que se comentaba. Yo estaba sin ornamentos, sentado con los otros al pie del altar. Durante esa parte de la misa fumábamos para que hubiera un ambiente de conversación, relajado y espontáneo”. Los campesinos fueron dejando la timidez a un lado para comenzar a participar en el diálogo y comentar el evangelio de acuerdo a sus preocupaciones y sus inquietudes. “Era bien bonito porque uno sentía que podía entender la biblia y hasta compartir su opinión con los demás”, nos cuenta Rafael.

Ernesto Cardenal ha contado muchas veces que los comentarios de los campesinos solían tener una profundidad mayor que la de muchos teólogos, y una sencillez acorde con el propio evangelio. “No es de extrañarse, ‘evangelio’ quiere decir buena noticia, y en sentido dado por Jesús, quería decir buena noticia a los pobres, y fue escrita para los pobres, como los pescadores y campesinos de Solentiname, y por gente pobre como ellos”. En esos comentarios del evangelio, el tema de la revolución y de la necesidad de un cambio social comienza a tener un protagonismo progresivo. “El evangelio fue lo que nos radicalizó en Solentiname, y lo que más nos hizo revolucionarios, Como esos campesinos, al revés mío, no habían tenido interpretaciones preconcebidas, a ellos se le presentó el evangelio con toda su verdad y novedad”, reflexiona Cardenal. Una novedad que tenía que ver con el darse cuenta que ellos podían y eran los únicos capaces de cambiar su historia, para poder salir así del lugar de exclusión que les había asignado la sociedad capitalista.

Ya Ernesto mantenía, desde un tiempo atrás, contactos clandestinos con varios dirigentes del Frente Sandinista. Y algunos jóvenes de la comunidad sentían que era su deber ingresar a la guerrilla para aportar sus esfuerzos a la revolución. “Yo los tenía que estar deteniendo, porque también era importante la obra que llevábamos adelante en Solentiname y yo solo no la podía hacer. Por esos días recibimos un comunicado del Comandante Marcos diciendo que había que seguir manteniendo esa comunidad ya que tenía una importancia política, táctica y estratégica para el Frente. Así que los muchachos se quedaron”, recuerda Ernesto.

Pero para octubre de 1977, el ala Tercerista del Frente Sandinista tenía planificado un ataque coordinado en varios puntos del país y la dirigencia decidió que la toma del cuartel de San Carlos podía ser encargada a la vecina comunidad de Solentiname. La misma noche en que se iba a efectuar el golpe sorpresa, varios botes abandonaron el archipiélago. Eran las familias de los jóvenes solentinameños que iban a arriesgar su vida para desterrar por siempre la dictadura y poder soñar con un mundo distinto. En la quietud de la madrugada, familias campesinas enteras abandonaron todo lo que tenían, su tierra natal, para emprender remando el camino del exilio.

Arde Solentiname
El 13 de octubre de 1977, fecha fijada para el gran levantamiento, un grupo armado –conformado en su mayoría por hombres y mujeres jóvenes de Solentiname- irrumpió en el cuartel militar del puerto de San Carlos. En cuestión de minutos, tanto el cuartel como la ciudad quedaron en poder de los revolucionarios. Pero por incidentes inesperados, el levantamiento no se llevó a cabo en ninguno de los otros puntos previstos del país. Inmediatamente, las fuerzas militares de la dictadura se agruparon para arrasar con la resistencia rebelde en San Carlos. “A las seis de la mañana ya estaban los aviones sobrevolando el río San Juan, descargando indiscriminadamente ráfagas sobre el pueblo”, recuerda María.

Si algo no se había previsto era la retirada, convencidos de que la insurrección simultánea iba a tornar imposible el reagrupamiento de las tropas de Somoza. Ayudados por los pobladores, las muchachas y los muchachos de Solentiname cruzaron el río a nado y se refugiaron en Costa Rica. Elbis Chavarría hermano de Rafael, y Donald Guevara, hermano de María, no pudieron alcanzar la frontera y fueron capturados por la Guardia Nacional. En esos días fueron torturados y posteriormente asesinados.

Al día siguiente de la toma del cuartel de San Carlos, el ejército irrumpió en Solentiname, destruyó casas, quemó la biblioteca, el taller de pintura y artesanía y reprimió violentamente a los campesinos que allí se habían quedado. Ernesto Cardenal ya no estaba allí, había sido enviado por el Frente Sandinista a Venezuela, con el propósito de conseguir apoyo y reconocimiento para lo que en ese momento se pensaba que sería la insurrección final y, por ende, el pronunciamiento de la revolución. En el exilio, Ernesto no descansó ni un instante para trabajar en el proceso revolucionario que estaba viviendo su país. Y ya no volvió a Nicaragua sino hasta dos años más tarde, cuando finalmente el pueblo nicaragüense expulsó al régimen de Somoza para siempre.

Una realidad latente
Hoy, a tres décadas de la revolución sandinista, Solentiname podría ser considerado como una pequeña alegoría del presente que vive toda Nicaragua. Con un pasado que es ejemplo de lucha solidaria y de valor para cambiar unas condiciones tremendamente injustas, la comuna de Solentiname está sumida –en la actualidad- en un clima de desilusión y desgano. Ya no está Ernesto, quien se quedó viviendo en Managua, desde donde sigue luchando para defender los auténticos ideales sandinistas. Tampoco están los muchachos: muchos de ellos murieron en la lucha revolucionaria y en la posterior guerra que el país llevó adelante para defender a la revolución de la infame intervención norteamericana.

Pero estas páginas no pretenden ser una radiografía del fracaso nicaragüense para exponer una falsa inutilidad de todo proyecto revolucionario. Todo lo contrario. La lucha por la liberación que el pueblo de Nicaragua llevó adelante en los años setenta nos demuestra de lo que es capaz la dignidad y la rebeldía latinoamericana. Ahí están Ernesto Cardenal y su proyecto comunitario de Solentiname intactos, invitando a todo aquel que quiera aprender de ellos. No para imitar, porque cada experiencia debe atravesar sus propios procesos, pero sí para inspirarse en ese encuentro y reconocimiento con el otro, con la tierra, con la palabra y, por qué no, con el arte. Ahí está Ernesto con luz propia, para el que quiera acercarse y encenderse. Y ahí está Solentiname: un sueño, sí, pero también una realidad latente.

Comentarios:

Lunes 08, Junio 2009 - 12:28 hs.
Comentario de: Guillermo López [Visitante]
Cada vez que leo o releo a Ernesto Cardenal, me pregunto: ¿existiría Dios si no existieran hombres como Ernesto Cardenal?. En esta historia de la humanidad,¿que sería, en hipótesis, una América Latina pobre, miserablente excluída, sin el espejo de la Cuba de Fidel la mística del "Che" y la retroantropología revolucionaria de Tupac Katari? Sería otra revolución, por la misma lógica analítica, diriamos Dios existe porque lo creó el hombre en abstracto místico de sus necesidades. Así también nacen en las utopías, abstractos revolucionarios sobre creencias de un mundo mejor. Guillermo López Cultura Indígena
Martes 09, Junio 2009 - 00:50 hs.
Comentario de: Bocha [Visitante]
Es insoslayable el ejemplo del pueblo nicaraguense en la construcción de su revolución. Solentiname es un símobolo más de ese proceso. Un símbolo donde el mensaje cristiano se funde en la práctica transformadora. En donde la solidaridad se construye donde el opresor más hondamente dejó su huella miserable. Siempre es necesario rescatar estas historias, traerlas a nuestra cotidianeidad. Eso nos ilusiona aún más con la convicción de un mundo mejor es posible, siempre!


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