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26/03/2009
DERECHOS HUMANOS
Más acá de la pena de muerte

Por Esteban Rodríguez - Recientemente, tras las declaraciones de Susana Giménez a favor de la pena de muerte formuladas en estado de emoción violenta –un estado, hay que reconocer, cada vez más habitual entre los argentinos medio, que forma parte del tremendismo que nos caracteriza-, y las bravatas de sus pares (Marcelo Tinelli o Moria Casán por ejemplo), se ha reavivado el debate o, mejor dicho, la polémica en torno a las formas represivas del castigo.

En primer lugar, distinguiría la legalidad de la pena de muerte de su práctica concreta, toda vez que la pena de muerte no es una materia pendiente en el Estado contemporáneo. Se la puede encontrar en las ejecuciones sumarias o casos de gatillo fácil; en la tortura seguida de muerte –que, dicho sea de paso también, sigue estando a la hora del día en las comisarías y prisiones de la Argentina-; o en el abandono sistemático por parte de las autoridades o fuerzas de seguridad de aquellas personas privadas de la libertad que tienen bajo su custodia.

Ahora bien, si tenemos en cuenta lo que decía Michel Foucault en “Genealogía del racismo” sobre la muerte, entonces tampoco deberíamos percibir a la pena de muerte de facto como un castigo excepcional, sino más bien como una práctica ordinaria que se explica en gran medida en el desmantelamiento del Estado social y el deterioro institucional. En efecto, según Foucault, no habría que acotar la muerte a la muerte directa (muerte por gatillo fácil, por linchamiento de grupos de vecinos o ajusticiamiento o venganza privada, etc.). Muerte, también, es la muerte indirecta, es decir, todo aquello que crea las condiciones para la muerte. Me explico: la falta de vivienda, infraetructura urbana, trabajo digno o salud; la falta de hospitales o salas de primeros auxilios, de insumos, médicos o enfermeros o ambulancias, es muerte porque está creando las condiciones para actualizarla. Claro que se trata de una muerte invisible, intelevisable. No es una muerte espectacular, sino una muerte que hay que buscarlas en las estadísticas de las burocracias, en los índices de mortalidad infantil, en la población que queda debajo de la línea de la pobreza, con amplias necesidades insatisfechas.

En cuanto a la legalización de la pena de muerte me parece un debate que esconde otros debates, una operación de prestidigitación. La pena de muerte forma parte del repertorio favorito de la demagogia punitiva, una narrativa del crimen –dicho sea de paso- muy afincada en el sentido común de la ciudadanía entrenada frente a la TV y la crónica policial. Pero la defensa de la pena de muerte esconde otros objetivos. No apunta a su legalización –más aún cuando forma parte de las rutinas de las fuerzas de seguridad- sino que tiene como finalidad ir abriéndole el camino a otros ítems en la agenda de los legisladores. Continuar produciendo una serie de reformas tendientes a legitimar el estado de excepción para con los sectores marginales.

Es en ese sentido que, me parece, “la legalización de la pena de muerte” constituye un debate ficticio o por lo menos un debate con patas cortas, que no va a prosperar, en gran parte, por la trayectoria y el propio activismo de las organizaciones de DDHH y otros movimientos sociales.

El problema entonces, por el contrario, hay que buscarlo más acá de todos aquellos exabruptos. Por un lado, en las rutinas policiales que la practican periódicamente. Por el otro, en las narrativas satélites a la pena de muerte que sirven para actualizar una tendencia que verificamos en la inflación punitiva tendiente a criminalizar la pobreza, un nuevo paradigma que busca definir como problemáticas a determinadas situaciones cotidianas que si bien en sí mismas no constituyen delito estarían creando –dicen los paladines de la Tolerancia cero- las condiciones para el mismo. De esa manera, además de amplificar el repertorio de la policía, con esas reformas, se sigue buscando habilitar al poder punitivo para la persecución de colectivos de personas caracterizadas como peligrosas, como por ejemplo, a los jóvenes, morochos y pobres o los inmigrantes.

Publicado originalmente en: http://rodriguezesteban.blogspot.com/

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