14/10/20085- HISTORIAS DE PARAGUAY DE PIE I
De la independencia a la república campesina del Dr. Francia (1811-1840)
Boletín quincenal Nº 98 - Si Bolivia parece la patria de la rebelión permanente donde se refugian las esperanzas libertarias, desde el punto de vista de los movimientos populares Paraguay era hasta hace muy poco tiempo una zona aledaña a los “pueblos sin historia” de Hegel. Un rincón olvidado donde el tiempo fluye muy despacio, liberado de la contingencia y el conflicto. Entre dictaduras interminables como la de Alfredo Stroessner –que gobernó al país guaraní con mano de hierro entre 1954 y 1989- y las imágenes trágicas de la Guerra de la Triple Alianza a fines del siglo XIX, las clases subalternas aparecen engañosamente silenciosas.
¿Qué pasa hoy cuando el intelectual orgánico de un movimiento campesino es elegido presidente, gracias a una alianza heterogénea de nuevos movimientos sociales y partidos ligados a la “vieja política”? ¿Por qué nos sorprende la radicalización de la protesta campesina en San Pedro, no muy lejos de la frontera con Brasil y cerca de la zona de mayor influencia del MST? Esta historia comienza hace varios siglos. Ya desde 1580, cuando las piedras transportadas desde Asunción fueron colocadas por cientos de guaraníes y mestizos para la primera fundación de Buenos Aires, en la época colonial el Paraguay desarrolló una cultura de “autogestión”, a partir de sus peculiares condiciones geográficas que la aislaban ya sea por la selva o por el río de sus vecinos.
En los siglos XVII y XVIII, los jesuitas lograron controlar la tierra y el comercio, impidiendo así que se desarrollara una aristocracia terrateniente o una burguesía comercial fuertes. Con la expulsión de la orden religiosa militar en 1767, la tierra fue distribuida por los gobernadores virreinales en grandes haciendas, pero también en pequeñas chacras. Sin embargo, los recursos crecientes provenientes de la exportación del tabaco, yerba mate y cueros eran girados hacia la capital virreinal de Buenos Aires desde 1776, o hacia la metrópoli ibérica, contradicciones que estallarían en 1810. La Primera Junta de Buenos Aires no fue reconocida por los hacendados paraguayos, que nominalmente apoyaron a Fernando VII pero en realidad deseaban emanciparse de las trabas fiscales a las exportaciones. Los pequeños propietarios, peones, artesanos y curas populares también coincidían con el rechazo al centralismo porteño, pero se aliaron para poner un tope al avance del latifundio y al potencial ingreso de manufacturas británicas, que amenazaban con destruir la artesanía local desarrollada bajo el aislamiento colonial.
El virtual frente criollo-español se vio obligado a convocar un Cabildo de notables, en el que las declaraciones más radicales son las del abogado Gaspar Rodríguez de Francia: “El Paraguay no es patrimonio de España, ni provincia de Buenos Aires. El Paraguay es independiente y república. La única cuestión que debe discutirse en esta asamblea y decidirse por mayoría de votos es como debemos defender y mantener nuestra independencia contra España, contra Lima, contra Buenos Aires y contra el Brasil; como debemos mantener la paz interna; como debemos fomentar la pública prosperidad y el bienestar de todos los habitantes del Paraguay”.
El Cabildo no declaró la independencia, pero su fidelidad realista basta para que la capital del Virreinato prepare una expedición militar comandada por Belgrano, que despierta una gran indignación popular y obligó a conformar las milicias populares que vencerían en 1811 a las tropas porteñas. La victoria militar fue sin embargo una derrota política para los realistas, ya que los generales paraguayos traban relaciones con Belgrano cuando este les promete eliminar los tributos. Los hacendados se aliaron con parte de las clases subalternas (intelectuales y milicianos), que con apoyo porteño empezaron a conspirar contra el gobierno realista.
El 14 de mayo de 1811 estalló una sublevación en Corrientes, se declaró la independencia de España y los sucesivos gobiernos locales depositaron cada vez más el peso de la administración en el Dr. Francia, que representaba los intereses de los chacareros. El estatuto autónomo y la eliminación de impuestos consensuada entre Asunción y Buenos Aires fueron sepultados gracias al centralismo porteño, que gravó a la provincia con nuevas cargas fiscales generando idénticos disgustos en el litoral y varias provincias. En 1813 se dio un experimento único en el continente: la convocatoria de mil diputados a un Congreso por sufragio universal y representación proporcional, lo que significaba una mayoría de funcionarios intermedios, peones, campesinos y artesanos deliberando en Asunción, ante el horror de la oligarquía. Esa mayoría popular colocó a Francia al frente de una dictadura revolucionaria, iniciativa forzada por la amenaza porteña que permitió una gran cantidad de reformas sociales: se confiscó a los realistas, se promovió el proteccionismo para la artesanía local y se expropió a los terratenientes para repartir la tierra a los campesinos.
También se respetó la autonomía de las comunidades indígenas a contramano del criterio liberal, o se crearon las “estancias de la patria” controladas por el Estado. En Asunción, se demolieron grandes casas de latifundistas y realistas para construir viviendas populares. Junto con la persecución a los enemigos del régimen, estas serían la propaganda más difundida por los emigrados de un jacobinismo tropical. Pero aquí y allá las clases populares compartían el poder gracias a la dislocación del orden virreinal, mejorando sus condiciones de vida: es el caso de la república artesanal del Tata Belzú en Bolivia (1848-1855), o el gobierno del general Melo en Colombia surgido tras la rebelión de los artesanos de Bogotá en 1854.
Quizás no sea para nada casual que el oriental Artigas -otro representante de la corriente radical-popular de la independencia- haya terminado pobre y olvidado refugiado en el Paraguay, mientras el Dr. Francia dejó con su muerte en 1840 sólo armas y libros, aparte de 36.564 pesos de sueldos sin cobrar en el tesoro estatal. Paradójicamente, si el aislamiento salvó por varios años a las clases populares del Paraguay de la “acumulación originaria del capital”, para rendirle un justo homenaje a su pasado rebelde hoy Paraguay puede y debe incorporarse a las experiencias más radicales de cambio social en Latinoamérica Exigir la libertad de los campesinos presos en Buenos Aires que se encuentran en huelga de hambre, y ganar la batalla contra los oligarcas sojeros que resisten el aumento de las retenciones, puede ser el puntapié inicial para que Paraguay se ponga de pie y se reencuentre con su mejor pasado.
Fuentes:
Sergio Guerra Villaboy, El Paraguay del Dr. Francia
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