08/10/20076- EN MEMORIA DE JUANA AZURDUY
La dulce libertad
Boletín quincenal Nº74 - En "El socialismo y el hombre nuevo en Cuba" el Che afirma duramente sin temor a perder la ternura: “El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor (…) Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar su amor a los pueblos. No pueden descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita. Los dirigentes de la revolución tienen hijos que en sus primeros balbuceos no aprenden a nombrar al padre; mujeres que deben ser parte del sacrificio general de su vida para llevar la revolución a su destino…”. ¿La radicalidad del cambio social debe partir de la negación del cotidiano, de la destrucción del sentido común que configura el poder? ¿Qué vale la pena conservar y qué merece perecer?
Un repaso por la vida de Juana Azurduy, revolucionaria de la independencia americana, nos deposita en el umbral incómodo del compromiso absoluto, aquel que no negocia días ni horas pero sacrifica vidas: la propia, la del enemigo, la propia nuevamente al enfrentar el desgarramiento de ver a sus hijos morir uno detrás del otro víctimas de la persecución y las enfermedades.
Corría el año 1780 y un lunar de plata engastado en la corona española empezaba a quebrarse, agotado en el corazón andino del imperio por el torbellino de una furia de siglos latiendo en los pies descalzos de indígenas y criollos pobres, estallando en la rebelión anticolonial de Tupac Amaru, Tupac Katari y Bartolina Sisa.
Juana Azurduy creció en el Alto Perú –hoy Bolivia-, hija de terratenientes radicados en las afueras de Chuquisaca. Habiendo muerto su hermano menor, Juana comienza a experimentar la subversión cuando su padre la familiariza con las faenas del campo, aprende a montar, a hablar quechua y aymara y ocupa el lugar del hijo perdido, del heredero deseado, en un mundo donde los papeles del varón y la mujer son igual que hoy una construcción social, pero además tienen rigidez y jerarquía feudales.
Las clases sociales se ven a sí mismas como castas infranqueables que impiden el contacto entre puros e impuros, entre negros, mestizos, indígenas y blancos, donde podemos pensar con Franz Fanon que “Cuando se percibe en su aspecto inmediato el contexto colonial, es evidente que lo que divide al mundo es primero el hecho o no de pertenecer a tal especie, a tal raza. En las colonias, la infraestructura es igualmente una superestructura. La causa es la consecuencia: se es rico porque se es blanco, se es blanco porque se es rico”. La mujer es un bien de familia, un objeto que puede venderse como un esclavo o una mula. Cuando los padres mueren y una tía se hace cargo de Juana, el bien de familia es enviado a un convento, que junto al lazo conyugal hacía las veces de cárcel del cuerpo y la mente para las mujeres de sangre española o criolla en las colonias. Allí pasa ocho meses donde, según sus compañeras de celda lee la vida de Sor Juana Inés de la Cruz y sueña con santos guerreros como Juana de Arco o San Ignacio de Loyola, hasta que es expulsada en 1797 del Monasterio de Santa Teresa. De regreso a la finca familiar, conoce a Manuel Ascencio Padilla y se casa en 1805. Padilla simpatizaba con los “abajeños”, los criollos rioplatenses que pululaban por las calles de Chuquisaca para comerciar, buscar esposa con apellido ilustre o estudiar en la universidad como Juan José Castelli, Mariano Moreno y Bernardo de Monteagudo.
En 1809 estalla nuevamente la rebelión anticolonial en Potosí, Manuel Padilla organiza un ejército indígena entre la parcialidad Chayanta y obtiene algunos triunfos, pero el movimiento es aplastado por las milicias enviadas desde Buenos Aires, las mismas que habían defendido aquella pequeña ciudad con su puerto empantanado de las tropas inglesas dos años antes. Juana debe esconderse cuando los realistas confiscan su hacienda, y en 1813 se suma activamente a la rebelión que se ha transformado en revolución no bien Napoleón invade España, el imperio queda acéfalo y las juntas criollas se multiplican en América cuestionando el lazo colonial.
Como Artigas en la Banda Oriental, Guemes en Salta o Manuel Rodríguez en Chile, Juana Azurduy debió armar milicias populares y practicar la guerra de guerrillas desafiando las jerarquías de la sociedad de castas, luchando por una América sin fronteras ante la desconfianza o el espanto de las oligarquías criollas. En marzo de 1814 Juana y Manuel vencen a las tropas realistas que persiguen a la pareja sin descanso, obligándola a refugiarse en una zona pantanosa donde sus cuatro hijos van muriendo de paludismo y disentería. Dispuesta a conquistar la libertad con su familia a cuestas, al final de la parábola que comenzaba con la sentencia del Che vemos el acto más radical de Juana, que arroja a la hoguera revolucionaria su propia imagen prefabricada de género –la madre sumisa y acomodada, la religiosa en el convento- para convertirse fugazmente en una mujer guerrera con poderes sobrenaturales sacrificando todo por una causa en la que paradójicamente no parece querer –y nadie le permite- liberar su cuerpo del simbolismo maternal: Pachamama para los pueblos originarios según algunas versiones, Virgen del ejército independentista para Mitre, Teniente Coronela embarazada que defiende su vida y alumbra otra con la espada que le obsequiara Belgrano, muralla en la puerta de los Andes para sostener el triunfo de la revolución continental de Bolívar y San Martín, muere pobre y olvidada en 1862 como tantos otros revolucionarios de la independencia que desafiaron al imperio y a las oligarquías criollas, incapaces de poner precio a sus sueños de libertad: “con mis armas haré que dejen el intento, convirtiéndolos en cenizas, y que sobre la propuesta de dinero y otros intereses, sólo deben hacerse a los infames que pelean por su esclavitud no a los que defienden su dulce libertad como yo lo hago a sangre y fuego".
Fuentes:
Pacho O´Donnell, Juana Azurduy, La Teniente Coronela.
Franz Fanon, Los condenados de la tierra.
Eduardo Anguita y Martín Caparros, La Voluntad (Tomo I).
Elizabeth Fernández e Irene Ocampo. Una biografía de Juana Azurduy en www.rebelion.org