05/09/2007LA INTERPELACIÓN DE LA CAPILLA DEL HOMBRE, EN QUITO
Guayasamín y una obra cuyos ecos gritan un sufrimiento aún ignorado
Por Adriano Prandi y Marcela Lescano.- Ascendiendo hacia los márgenes de la ciudad de Quito, en la cima misma de una cuesta desde la que se divisa un imponente y sordo paisaje de la capital ecuatoriana, se llega a la Capilla del Hombre, la última gran obra del genial artista plástico Oswaldo Guayasamín.
Como bien lo indica su nombre, este particular edificio delimita un ambiente extraordinariamente sagrado. Y hay que señalar que aquí se utiliza el término sagrado en el más literal de sus sentidos: la obra de Guayasamín se encuentra tan lejos de ser un museo como tan arraigados a ella se hayan valores profundamente religiosos. Un verdadero templo en el que sus ídolos nada saben de mandamientos abstractos y opresivos (y cuya redención les sirva de incuestionable pretexto para el dominio de un sector excluyente). Muy por el contrario, los altares de la Capilla del Hombre se erigen como comprometidos testigos del sufrimiento injusto y cíclico de un continente humillado. En cada mirada doliente se encuentran todos los padecimientos callados; en cada lágrima de sangre se encuentran todas las muertes impunes; en cada mano curtida se encuentra toda la carga del trabajo robado...
La obra de Oswaldo Guayasamín nos habla de una gran diversidad de pueblos indígenas, sometidos a una unificación voraz y predatoria capaz de soterrar sus sabias y milenarias canciones. Pero también nos habla de la inhumana explotación de los trabajadores urbanos y campesinos del siglo que a él le tocó vivir. Un siglo que asumió el coraje de hacer realidad los sueños y las utopías de vivir en un mundo mejor. Lamentable y trágicamente, el siglo XX fue también el escenario de la puesta en marcha de la más atroz maquinaria de destrucción, capaz de movilizar todos los tanques y estructurar todas las leyes que sean necesarias para trabar cualquier transformación profundamente revolucionaria.
En el interior de los silenciosos salones de la Capilla del Hombre aturden los dolorosos gritos de un sufrimiento jamás subsanado, de millares de vidas sacrificadas a la voraz deidad de lo absurdo. Sin dudas, quienes ingresan a este templo popular y se mantienen indiferentes ante esos angustiosos e interpelantes llamados, delatan una evidente complicidad con los organizadores del ritual de dicho sacrificio. Es que las voces de los retratados son oídas por todos y se derraman, desde este singular valle también llamado la mitad del mundo, hacia todas las latitudes de la tierra. ¿Quién puede atreverse a afirmar que desoye sus llamados?
En estos tiempos, herederos de la profunda crisis en la que se ha empantanado el modelo económico, social y político impuesto por los sectores dominantes, estos gritos silenciosos se convierten en una elocuente advertencia frente a los rumbos dictados por los caudillos que pretenden adueñarse del rumbo de nuestro malherido continente. Sus tibias reformas hacen muy poco por transformar el paisaje de explotación y de miseria que tan profundamente supo retratar Oswaldo Guayasamín. En el campo, las haciendas de ayer –y su improductivo sistema esclavizante de la vida campesina– se han convertido en las rentables empresas agro-exportadoras de hoy, cuya expropiación de tierras y expulsión de la mano de obra rural acorrala a las familias más pobres hacia los ya hacinados lindes de las ciudades. A su vez, las cada vez más populosas urbes nada tienen para ofrecer a los desplazados, más que optar entre empleos cada vez más precarios y peor pagos o por la marginalidad y su consecuente violencia.
Ante estos graves y estructurales problemas, de muy poco nos sirve una simbología vacía que levanta whipalas y nos habla de revolución y socialismo cuando lo único que socializa es la pobreza, y mientras se mantienen intactas las relaciones de producción y explotación. Mucho menos, una retórica nacionalista y estatista que se desentiende de la violencia institucionalizada y todo su aparato disciplinario y represivo. Ante estos tibios cambios, los ecos del dolor de los sectores trabajadores –arraigados en siglos de humillación e impotencia– conservan su grito más desgarrador. Una vez más, quien desoiga las voces que trascienden el sufrimiento pintado por Guayasamín seguirá delatando su complicidad en el renovado rito de exterminio.