15/01/20077-JEAN PAUL SARTRE Y EL TEATRO EN EL NUEVO MILENIO
A propósito de la pieza A puerta cerrada
Boletín quincenal Nº57 -Por Mariano Pachecho para Prensa De Frente.- Cecilia Escanés tiene 24 años y estudia en la Escuela de Teatro Roberto Arlt. El 16 de diciembre de 2006, en el marco de la exposición anual del trabajo realizado por los alumnos del taller Integral de Teatro, coordinado por los profesores Sergio Salicas y Alejandro Andrada, estrenaron, en La Ciudad de las Artes, la obra teatral
A puerta cerrada, de Jean Paul Sartre. Los personajes de esta pieza en un acto y cinco escenas son Garcín, Inés y Estelle, interpretados en la versión cordobesa por Gaspar Mir (22), Laura Tallone (26) y Escanés, respectivamente. La pieza fue escrita en tan sólo 15 días, durante el otoño de 1943, y estrenada por primera vez en Francia en 1944.
Cecilia cuenta que la dirección de la obra (al igual que la escenografía: una tela negra de fondo; unos palos simulando sillones y una tarima oficiando como piso) estuvo a cargo del grupo, que lleva por nombre Extr(a)ctos. También adaptaron el guión original, llevándolo de una hora y media de duración, a una hora.
Para concretar este “atajo”, el grupo suprimió las primeras cuatro escenas (en donde los personajes se van presentando y desarrollan un breve diálogo con un “camarero” del infierno), conservando completa la quinta escena. “Esto nos permite darle a la obra una idea de circularidad, ya que comienza con todos los personajes sobre el escenario y culmina igual, con las palabras finales de Garcín”, cuenta Cecilia. Se refiere a la frase: “Bueno... sigamos”.
Cuenta el dramaturgo, escritor y pensador francés, que la idea de la obra surge porque tenía tres amigos que quería que interpretaran una pieza suya. Así fue que pensó en escribir de manera tal que ninguno tuviera un papel más importante que el otro y para eso ideó que los tres estuvieran en escena todo el tiempo, sin salir del escenario. “Ahí, me surgió la idea de de ubicarlos en el infierno y de convertir a cada uno en el verdugo de los otros dos”.
Al principio, Estelle le da la razón a Garcín: el azar parece ser quién los reunió en ese sitio. Inés plantea que no, que todo está dispuesto; que ese cuarto los esperaba. Estelle se pregunta si no será un error. Sostiene que seguramente es preferible creer que es una equivocación. Todos se preguntan por qué estarán ahí. Resuelven hurgar contando sus historias. Resultado: todos son inocentes. Por supuesto: todos mienten.
Es Inés, finalmente, quien “descubre” que nadie llega. Que no hay tortura física. Que no hay verdugo. Y que, sin embargo, se hallan en el infierno. “Han hecho una economía personal –dice-. El verdugo es cada uno para los otros dos”.
De esta obra ha surgido la famosa frase existencialista: “El infierno son los otros”. En su momento, cuando se estrenó, Sartre no realizó declaraciones. Pero dos décadas después, con motivo de una grabación en disco de la obra, el autor grabó un prefacio en donde aclara lo que, para él, se había tornado un malentendido.
El planteo Sartreano tiene que ver con dos cuestiones fundamentales. Una, acerca de las relaciones entre las personas: sólo se cae en el infierno cuando las relaciones con los otros son retorcidas y permanecen viciadas. Otra, que los personajes no se parecen a él y sus contemporáneos. Aunque suene obvio, los personajes, a diferencia de ellos, se encuentran muertos.
Lo interesante sea quizás entender esa muerte en sentido simbólico: muchas personas vivas, enjauladas en sus costumbres, sus hábitos, son víctimas de una situación determinada, pero nada hacen para salir de ella. Al no poder romper las estructuras de pensamiento, las costumbres y preocupaciones, se encuentran como muertos. Como el mismo Sartre señala: “La muerte viviente es estar rodeado por la eterna preocupación de los juicios y de los actos que uno no quiere cambiar”.
Como vemos, lejos está esta concepción del fatalismo desesperanzado que se le ha atribuido, malignamente y durante años, al existencialismo. ¿Que quiso mostrar entonces con esta obra el autor de
La Nausea? Como el mismo expresó: “Quise mostrar por el absurdo la importancia que tiene en nosotros la libertad. No importa cuál es el círculo infernal en el cual vivimos, creo que somos libres para quebrarlo. Y si las gentes no lo quiebran, es que también libremente permanecen en él. De tal modo, que se meten libremente en el infierno”.
Nada de resignación. Por el contrario, una invitación a la acción, al compromiso. Algo de lo cual, el autor de la Crítica de la razón dialéctica, dio muestras permanentes a lo largo de su vida. Tanto que, entre sus contemporáneos, se transformó en la figura tipo del intelectual comprometido.